ayer se acabó el mundo... y empezó. Todo en apenas un segundo. El tiempo efímero como la mecha del cohete que da inicio a la fiesta. Hay un big bang telúrico y orgánico, en blanco y rojo, inexplicable e inabarcable por muy poética que pueda ponerme. Ayer 6 de julio en Pamplona el tiempo se detuvo durante 204 horas. Un estado de suspensión que bien podría ser, no lo descarto, una especie de recordatorio anual de nuestra propia mortalidad. Una licencia que los dioses nos concedieron para disfrutar como si no hubiera un mañana, como si el mal no existiera; como si sólo hubiera que entregarse a las cosas buenas de la vida, a los amigos, a las liturgias, a la mesa, a la familia, a la compañía, a la risa, a la emoción, a todas esos momentos fugaces que, por serlo, son valiosos. Una fiesta de la mortalidad, un big bang con principio y fin, pobre de mí. San Fermín es mitología en estado puro, es la quintaesencia de la lucha del ser humano y sus dioses -o demonios-, la sublimación de por qué éstos envidian a los pobres mortales. Y el eterno retorno. Porque ya falta menos. Desde el segundo uno después de esas 204 horas, todo está a punto de volver a empezar. Porque, aunque no sea muy nietzschesiano, es la esperanza. Chorradas, dirán. Quizá, probablemente. Nada soluciona. Pero precisamente por eso, que nos quiten lo bailao. Una vez al año, en Estafeta o en la Virgen Blanca. El lugar es lo de menos, el santo también. Lo importante es la compañía. El tiempo pasa. No perdamos un segundo, atesoremos instantes, no nos arrepintamos cuando sea tarde.