CUANDO éramos chavales y nos reuníamos en el salón padre y hermanos alrededor de las croquetas para ver el partido de fútbol del fin de semana, es que la carne era jugosa. La frase no tiene mucho sentido sin una explicación: si en los tiempos de Roma había circo para mantener ocupada a la plebe, en casa, durante mi niñez y adolescencia, el fútbol por televisión se denominaba carne, carne que podía ser fresca, rancia, apetecible, poco hecha... siempre en función del partido que se fuera a emitir por televisión, carne que tranquilizaba a las fieras, nosotros. No soslayaré las profundas consecuencias de la primera frase: sí, me avergüenzo. Las croquetas -y en las ocasiones de carne espectacular, hasta tortilla de patatas con piquillos- sólo las devorábamos; imaginarán fácilmente quién las hacía y las traía hasta el salón; una pista: éramos seis, cuatro chicos y dos chicas. Tras este momento de sincera desnudez, me siento en la obligación de denunciar que desde hace unos años la carne ya ni siquiera descansa en verano. Antes veíamos alguna final de esos torneos estivales, si me apuran; en vacaciones sólo éramos fieles al Mundial, cuando tocaba, porque no había más. En este presente de carne eterna hemos visto partidos por televisión casi todos los días de la semana: los viernes, los sábados, los domingos, los lunes, la Champions, la fase de ascenso a Segunda... De hecho, hay hasta un torneo que desconocía, la Copa Confederaciones. Ahora ya sé qué es: carne innecesaria. Esta fiebre balompédica es ya sobredosis.
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