NO se dejen engañar por esa sensación de normalidad que a veces emana de la televisión. El mundo que les rodea se desmorona y ustedes viajan en alguno de sus bolsillos. Tarde o temprano les tocará mirarse al espejo y preguntarse qué demonios ha pasado para llegar hasta este punto, por qué no reaccioné antes de que la mierda me cubriera las orejas, dónde estaba mientras los cimientos de este sistema empezaron a quebrarse. Estoy convencido de que nada de lo que ocurre afecta de verdad a los gepettos que manejan los hilos del poder, esos que ensayan muecas de preocupación cuando tienen una cámara frente a la cara: su impostura es ofensiva, dolorosa y cruel. ¿Les parece normal un país que tiene el edificio del Congreso de los Diputados rodeado de agentes de la fuerzas de seguridad, inaccesible para cualquier ciudadano? ¿Les resulta comprensible que las instituciones que les gobiernan, las cercanas y las más lejanas, estén elaborando códigos éticos o leyes de transparencia? ¿Qué había antes? ¿Nada? ¿La opacidad? ¿Hacían de su capa un sayo? ¿O es que lo había era un engañifa para hacer el paripé ante esos borregos, nosotros, que les votamos cada cierto tiempo? Habrán percibido ya a estas alturas del texto cierto cabreo. Tienen razón. A veces me levanto con ganas vomitar porque siento que todo va a seguir igual, porque sé que si nada cambia mis hijos volverán a sufrir una crisis como ésta o peor, porque el punto de partida lo están hundiendo ahora mismo. ¿Qué hacer para acabar con esta anormalidad? Rebelarse.