EL personal anda revuelto con el anuncio de la Diputación de Gipuzkoa de poner peajes en todas sus carreteras de cierta enjundia, incluida la A-1. No voy a entrar en si es necesario o no para el correcto cuadrar de cuentas, si es que el motivo es ése, pero lo que está claro es que a nadie le gusta pagar por pisar asfalto lejos de las autopistas. Será necesario, pero sólo pensar en ello ya jode. Porque esa carretera, la A-1, es el único camino posible hacia las playas guipuzcoanas o de Iparralde sin que haga falta sacar la cartera, y eso sin necesidad de insistir en que si hay un atasco, cosa que ocurre a menudo, esa vía es una verdadera trampa. El caso es que el otro día regresé de Hondarribia y comprobé una vez más que toda la señalización que conduce a Gasteiz lleva irremediablemente a los conductores hacia la AP-1, esa maravillosa autopista de a doblón que no acaba de arrancar, esos túneles y viales que pocos utilizan y que aún hoy sigue siendo motivo de encendidos debates políticos tanto en Álava como en Gipuzkoa. Evitarla sólo está en manos de quien conoce bien la geografía vasca y saca matrícula en el laberinto de señales. La única manera de ahorrarse los diez eurazos, si no son ya más, es seguir las indicaciones que llevan hacia Pamplona por la A-15, porque si uno sólo mira los paneles azules que anuncian en grandes letras Vitoria-Gasteiz se encontrará de repente atrapado en la A-8 camino de Eibar, y una vez allí la suerte está echada: a pagar más. Y qué quieren que les diga, me parece un engaño innecesario para los profanos.
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