las sedes del PP suelen ser por lo general coquetas. Con acogedores despachos decorados en tenues colores azules y discretas gaviotas en los cristales. Pero carecen de amplias salas con sillas -aparte de la salita de prensa- para celebrar asambleas. No les hacen falta. Ni para los plenarios de puesta en escena -cuando se pueden contratar vistosos hoteles- ni para las sesiones asamblearias, pues el círculo de toma de decisiones se reduce a un ramillete de cinco o seis personas que caben cómodamente en una de esas salitas azules, y a veces ni eso, pues las resoluciones de cierto calado se adoptan -o simplemente se comunican- alrededor de un buen almuerzo. Como fue el ágape disfrutado el viernes en un reducido reservado de El Caserón de Armentia. Alfonso Alonso ya había apartado el cáliz -o el marrón- de la presidencia del PP vasco -su ambición sigue estando en la villa y corte de Madrid, tras dejar bien colocado de recadista a Iñaki Oyarzabal, un chico sin demasiado criterio pero hábil en los despachos- y en esa misma mesa Antonio Basagoiti resolvió entonces pasar los bártulos a su chica de los recados, mientras él atiende unos negocios del Banco Santander en México. Se levanta la sesión. Arantza Quiroga no ha necesitado nunca articular un discurso político de empaque ni tampoco bregarse en ninguna asamblea de partido, ni tendrá que hacerlo ahora. Le bastará con moverse con tiento por los despachos azules, llamar de cuando en vez a Génova para estar al día y no perder su sonrisa de chica formal.