En nuestro mercado, la adopción del vehículo eléctrico mantiene su avance constante; y a pesar de que cada vez son más usuarios de este tipo de movilidad y de que existe más información al respecto, todavía hay algunas consideraciones que generan ciertas dudas, como la del proceso de recarga y cómo hacerlo de la forma más correcta posible. Y aunque, en apariencia, es una tarea sencilla, ya existen diversos estudios y la experiencia de fabricantes y operadores, que dejan entrever que el margen de mejora es amplio.

La situación recuerda a lo que ocurre con los cargadores de teléfonos móviles, donde la intuición del usuario suele pesar más que el conocimiento técnico. En el caso del coche eléctrico, esa intuición se traduce en dudas sobre potencias, tiempos, seguridad o incluso sobre si es mejor cargar cada día o esperar a que la batería baje del 20%. En definitiva, que la electrificación del parque móvil avanza, pero la cultura de la carga todavía está ‘en construcción’.

Uno de los puntos donde más confusión se detecta es la potencia necesaria para cargar un vehículo en casa. La mayoría de usuarios asume que basta con ‘enchufar y listo’, cuando, en realidad, la potencia contratada condiciona la velocidad de carga. En un hogar medio del estado español, la potencia habitual disponible (entre 4,6 y 5,5 kW) permite cargar un coche eléctrico durante la noche sin problemas, pero no siempre a la velocidad que el usuario espera. 

Para entenderlo, conviene recordar que la potencia (medida en kW) determina cuántos kilómetros por hora de carga se recuperan. Una carga doméstica típica puede añadir entre 20 y 35 km por hora, suficiente para el uso diario, pero muy lejos de lo que ofrecen los puntos públicos rápidos.

La confusión aumenta cuando se habla de carga rápida. Muchos conductores creen que cualquier cargador público es ‘rápido’, cuando en realidad existen tres categorías: lenta (hasta 7,4 kW), semi-rápida (11–22 kW) y rápida o ultrarrápida (50 kW en adelante). La diferencia no es despreciable: un cargador de, por ejemplo, 150 kW puede recuperar del 10% al 80% en menos de media hora, mientras que uno de 22 kW puede necesitar más de dos horas para el mismo proceso. La elección del punto adecuado depende del uso, del tiempo disponible y, sobre todo, de la capacidad máxima de carga del propio vehículo (cada modelo tiene un límite técnico que no puede superar, aunque el cargador sea más potente).

Otro mito extendido es el miedo a ‘dañar la batería’ por usar cargadores rápidos. Cedida

Otro mito extendido es el miedo a ‘dañar la batería’ por usar cargadores rápidos. La evidencia técnica indica que los sistemas actuales gestionan de manera automática la potencia para proteger la batería, reduciendo la velocidad cuando es necesario. La degradación existe, como en cualquier batería, pero está más relacionada con factores como la temperatura o mantener el coche largos periodos al 100% que con el uso puntual de carga rápida (si es un uso constante sí que, a la larga, puede que el estrés térmico al que se vea sometida de la batería cause una mayor degradación). Aún así, la percepción de riesgo persiste, igual que ocurre con los cargadores de móvil de alta potencia, donde muchos usuarios creen que ‘más vatios’ equivalen a más peligro.

También hay dudas sobre cuándo cargar. Una parte de los conductores espera a que la batería baje del 20%, mientras que otros la cargan cada noche aunque no sea necesario. Los fabricantes recomiendan mantener la batería entre el 20% y el 80% para un uso cotidiano (un rango que equilibra autonomía y salud de la batería), pero la realidad es que cada usuario desarrolla su propio ‘ritual’. En Euskadi, donde la orografía y los desplazamientos medios favorecen el uso del eléctrico, la carga doméstica nocturna sigue siendo la opción más extendida.

La convivencia en el hogar tampoco es ajena a la electrificación. Igual que ocurre con los cargadores de móvil (donde, según el estudio de Anker, un 40% reconoce haber discutido por ‘apropiarse’ el cargador), en los hogares con coche eléctrico empiezan a aparecer pequeñas tensiones: quién mueve el coche para enchufarlo, quién decide cuándo se usa el punto de carga o cómo se organiza la potencia contratada para evitar que salten los plomos cuando coinciden horno, calefacción y coche. Son detalles menores, pero reflejan cómo la carga se integra en la vida diaria.

Fuera del hogar, la infraestructura pública sigue creciendo, aunque con desigualdades territoriales. Euskadi se sitúa entre las comunidades con mayor densidad de puntos de carga por kilómetro cuadrado, pero la percepción ciudadana no siempre coincide con los datos. La falta de señalización clara, la variedad de aplicaciones necesarias para activar los puntos o la incertidumbre sobre si un cargador estará operativo generan una sensación de complejidad que no ayuda a la adopción masiva.

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A todo ello se suma la entrada en vigor de normativas europeas que buscan estandarizar la experiencia de carga, tanto en conectores como en métodos de pago. El objetivo es que cargar un coche eléctrico sea tan sencillo como repostar, pero la transición llevará tiempo. Mientras tanto, la información fiable y la pedagogía técnica son esenciales para que los usuarios tomen decisiones informadas.