Es impresionante la capacidad que tiene el ser humano para parecer lo que no es. Lo acabo de comprobar en persona hace apenas unas horas. No engaño a nadie cuando digo que de fútbol entiendo lo justo y que la actual edición del Mundial me está llegando únicamente a retazos, por aquello de los horarios, de las obligaciones personales y del cansancio acumulado a estas alturas del año, que me coarta a la hora de añadir vivencias extras a un día a día ya saturado. Y, sin embargo, y pese a esos endebles mimbres, he sido capaz de impartir cátedra balompédica a varios parroquianos con los que he coincidido en la panadería. Superando mi propia sorpresa, me he visto defendiendo, casi con vehemencia profesional, mi postura en una conversación que versaba sobre el fútbol que están desplegando las favoritas en el campeonato que se celebra en Canadá, EEUU y México. Supongo que la clave de las apariencias pasa por la desvergüenza metódica y militante y por echar mano a cuatro espacios comunes, muy socorridos, que valen tanto para un roto, como para un descosido. Con ello, se logran milagros. Y si no me creen, fíjense en lo que hacen todos aquellos que viven del cuento, que son legión, y acostumbran a ocupar cargos significativos sin saber darle un palo al agua.
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