Mi interés por los animales no empezó con Disney, sino con Jack London. No con ciervos de pestañas largas ni perros simpáticos para aprender a llorar sin mojarse la pechera. Empezó con Buck y Colmillo Blanco: perros robados, golpeados, vendidos, obligados a recordar que bajo la alfombra doméstica latía algo ancestral. London no colocaba al animal como mascota. Lo ponía en el centro. Y desde ahí venía a decirnos algo incómodo: mirad bien, porque ahí también hay mundo.

La cultura está repleta de animales: cuevas, toros simbólicos, palomas de la paz, lobos feroces, perros fieles. El problema es que casi siempre los hemos utilizado para hablar de nosotros. El animal entra en el cuadro, la novela o el cartel de fiestas, pero rara vez entra en nuestra reflexión. Sirve como metáfora, amenaza, ternura o emblema. Está dentro de la imagen, pero fuera de la conciencia. Disney entendió muy bien ese negocio sentimental: acerca tanto el animal a nosotros que acaba borrándolo. Ojos humanos, lágrimas humanas, canciones humanas. Quizá no enseña a mirar animales, sino humanos disfrazados con orejas. London era más áspero: los metía en la nieve, el hambre y la brutalidad de los hombres, y dejaba que sus vidas pesaran.

Puede que a los niños les gusten más los animales porque aún no han aprendido esa soberbia adulta que ordena el mundo en categorías tranquilizadoras: personas por aquí, bichos por allá, y nosotros con la costumbre ridícula de creernos fuera de la naturaleza porque usamos zapatos. Quizá a mucha gente no le molestan los animales por lo distinto, sino por lo parecido. Nos recuerdan demasiado qué somos. Llevamos siglos levantando una frontera limpia entre “ellos” y “nosotros”: razón, lenguaje, alma, cultura, museo, hipoteca. Pero basta ver el miedo de un perro, el placer de un gato al sol o la tristeza de un animal abandonado para que la frontera haga aguas. También nosotros somos cuerpo, miedo, deseo, hambre, vejez, refugio. También somos animales, aunque lo disimulemos.

Aquí tampoco hablamos desde una cápsula urbana. Basta salir un poco de Gasteiz para que aparezcan ciervos, gatos asilvestrados, ovejas, caballos, jabalíes y esa naturaleza que tanto decimos amar cuando no nos estropea el plan. La cultura no se mide solo por exposiciones, conciertos o libros. También se mide por cómo mira lo vulnerable, lo que no habla, lo que no vota.

Por eso quizá no estaría mal volver este verano a Jack London. No por nostalgia juvenil, sino por higiene de la mirada. La literatura no sirve solo para entender a los humanos, que ya bastante trabajo damos, sino para sospechar que el mundo no empieza ni termina en nuestra especie. Un animal no necesita parecerse a una persona para merecer respeto. Tal vez hacerse adulto debería consistir en conservar aquella atención infantil hacia los animales, quitarle la cursilería y convertirla en cultura. Lo contrario, esa indiferencia tan seria, tan humana, quizá no sea madurez. Quizá solo sea una forma educada de ceguera.