Este fin de semana recibí un mensaje de un amigo iraní que supuse muerto o desaparecido. Ya había aceptado que no iba a saber más de él, así que ver su notificación fue una gran noticia. Me contó que su día a día era miserable y que para hablar conmigo estaba usando un VPN que había comprado. Tenía 2 Gb para ver cómo le había ido al mundo estos meses. Me preguntó qué piensan los españoles sobre la guerra y por qué no nos estamos uniendo todos para acabar con el régimen iraní. Soy periodista, pero fui incapaz de explicarle por qué hay tanta ignorancia sobre una guerra que se está llevando la economía mundial por delante y las vidas de sus compatriotas. ¿Cómo le dices a alguien que ha visto cómo mataban a sus amigos y a sus familias buscándolos en las morgues que, por aquí, la mayoría de la gente ni ha visto esos vídeos ni ha pensado en esas cosas ni un minuto desde que empezó la guerra? Para alguien que todos los días se pregunta si él o alguien querido va a morir, todas esas cosas que dicen los ministros y activistas son absurdidades. La conversación acabó tan abruptamente como empezó, pero antes me dio las gracias por escucharle y saber que estaba ahí. Algo insignificante, pensé, pero que recordaré la próxima vez que me pregunte si seguirá vivo.