Entre las paredes de nuestro amado templo del cortado mañanero se aprendió hace mucho que uno puede no querer hablar de la muerte, pero la muchacha se empeña en aparecer en escena cada dos por tres, así que mejor mirarla, cuando se puede, sin caer en la desesperanza. Se hace cuando las malas noticias nos tocan entre los habituales del bar, situaciones en las que los rituales siempre son los mismos: no falta la organización de la comitiva pertinente a velatorios, conducciones y funerales –únicos momentos en los que se intenta mantener las formas para parecer gente normal–, y la realización de un almuerzo o cena de recuerdo, acto en el que nuestro querido escanciador de café y otras sustancias prepara el plato más pedido en vida por el finado y hasta ahí llega su único detalle, porque no invita ni al postre. También se comparten chanzas cuando quienes se van son conocidos de esta tierra, como pasó hace poco con Sosoaga o con Ortiz de Guinea. Eso sí, en el local me preguntaron el otro día por Víctor Quintas, muy conocido en nuestro oficio de juntaletras y sacafotos. Y solo pude contestar que siempre nos reíamos porque siempre nos encontrábamos los dos trabajando. Eso y que, más allá de un gran fotógrafo, era una persona buena. Y de esas, cada vez nos quedan menos.
- Multimedia
- Servicios
- Participación