No sé yo si esta es una forma muy católica de empezar este pequeño rincón editorial, pero no puedo evitar señalar que me he quedado ojiplático al comprobar la buena salud de las celebraciones, con coartada religiosa, que se organizan en este santo territorio histórico. Supongo que aquello de la falta de vocaciones que acostumbra a relacionarse con la Iglesia se desvanece cuando se trata de festejar a lo grande, por ejemplo, con primeras comuniones que hacen palidecer a alguna de las bodas a las que me ha tocado asistir los últimos años. En páginas interiores de este mismo ejemplar que tiene usted entre manos se explica con todo lujo de detalles que hay ceremonias inherentes a la liturgia católica que siguen al alza en número, aunque ello no suponga –intuyo– que la ciudadanía ha regresado al pasado para abrazar los valores tradicionales de sus abuelos. En esta sociedad de la apariencia me temo que conviene sacar a relucir a la descendencia con banquetes de postín, posados previos y posteriores en estudios de fotografía y viajes especializados para que los reyes de la casa se malacostumbren aún más y pierdan el hilo de la realidad y de la vida. En fin, supongo que, como para otras tantas cosas, soy ya demasiado viejo para intentar entender según qué cosas.