Este domingo, en una de esas maratonianas jornadas laborales que no recomiendo a casi nadie por jugar el Baskonia a la mañana en Manresa y el Alavés a la noche ante Osasuna, recibí bien entrado el día una llamada de mi hermana para relatarme una aparatosa caída sufrida por mi padre en su lugar de descanso durante esta Semana Santa. Un inoportuno tropezón con una acera le ha originado una pequeña lesión de hombro. Tras la pertinente placa, no hubo que lamentar por fortuna más consecuencia que tres-cuatro semanas con el brazo en cabestrillo. Gajes del oficio cuando uno se despista o va cumpliendo años, si bien él cuenta con una salud de hierro que seguro le permitirá seguir dando guerra durante mucho tiempo. La gente se solidarizó con él mientras yacía en el suelo –para ellos, por cierto, mi máximo agradecimiento–, los nietos ya le han llamado para interesarse por su situación y, aunque todavía tiene los lógicos dolores, en breve volverá a recuperar un estado de ánimo algo alicaído en estos instantes. Un susto sin importancia que le obligará, eso sí, a estar con las orejas tiesas en el futuro. Las personas mayores necesitan cariño y toda la atención del mundo. Si podemos contar estas cosas es, en parte, porque en su día dieron su vida por nosotros.
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