El Partido Popular ha redoblado su presión para que los socios de investidura retiren su apoyo a Pedro Sánchez, externalizando una responsabilidad que, en democracia, compete a la principal fuerza de la oposición. Exigir al PNV o a Junts que dejen caer al Gobierno mientras Génova elude el riesgo de presentar una moción de censura no pasa de ser una estrategia de desgaste por delegación. Alberto Núñez Feijóo obvia deliberadamente su propio déficit estructural: su incapacidad para establecer vías de comunicación y tender puentes con otras fuerzas políticas más allá de Vox. Esta dependencia táctica de la extrema derecha, reproducida y reiterada en las últimas elecciones autonómicas y en las políticas que sustentan sus pactos de gobierno, constituye una línea roja que excluye a nacionalistas vascos y catalanes, imposibilitando a fecha de hoy que el PP sea un socio fiable. Entretanto, practica la ficción argumental de equiparar este escenario con la moción de censura de 2018. Mariano Rajoy fue desalojado del poder tras una sentencia judicial firme que condenaba al PP como partícipe a título lucrativo de una extensa trama de corrupción institucional, llegando a cuestionar por escrito la credibilidad del propio presidente. Hoy, el cerco judicial al entorno familiar de Sánchez y las investigaciones a exdirigentes socialistas, aun revistiendo una innegable gravedad política, se encuentran en fase de instrucción o descartan el lucro del PSOE. No obstante, Sánchez cometería un grave error de cálculo si fía su supervivencia a esta diferencia jurídica. Su mayor factor de debilidad no reside en los tribunales, sino en la incapacidad para impulsar iniciativas de gobierno que mantenga activa la legislatura. A esta impotencia legislativa, el presidente no puede permitirse el lujo de añadir la sospecha de que respaldarle pueda ser un error que acabe por trasladar a sus socios sus propias debilidades y el coste reputacional. Limitarse a denunciar la existencia de lawfare –sea real o no– es insuficiente. El presidente está obligado a ser proactivo frente a la ciudadanía y frente a sus socios, ofreciendo absoluta claridad y explicaciones exhaustivas, sin zonas de sombra, sobre los asuntos que salpican al partido y a su círculo más íntimo. El miedo a la llegada de la derecha, por sí solo, es poco activo para la legislatura.