José Luis Rodríguez Zapatero llegó a Moncloa en 2004 al grito de “no nos falles”. Fueron algo más de 72 horas funestas, tristes, vertiginosas, esas que transcurrieron entre los brutales atentados yihadistas del 11-M en Madrid, las muertes, las maniobras del Gobierno Aznar para intentar imputar la responsabilidad a ETA, la movilización y la victoria de Zapatero merced, en buena medida a un voto prestado de última hora que aquella noche del 14 de marzo de 2004 gritaba en Ferraz “no nos falles”. Aquí estamos, más de veinte años después, con la imputación del expresidente por supuesto tráfico de influencias. Y el eco de aquel “no nos falles” llega hasta nuestros días. El PSOE vive una semana horribilis en la que la imputación de Rodríguez Zapatero ha puesto la guinda al naufragio electoral sin paliativos de los socialistas en el que fue su feudo, Andalucía. Rodríguez Zapatero no es cualquiera, es un expresidente y ha sido uno de los principales activos de las campañas de Pedro Sánchez. Por eso que esté en la diana judicial es un golpe a la línea de flotación del Ejecutivo Sánchez, cuyo proverbial manual de resistencia está siendo puesto a prueba hasta límites insospechados. En plena cadena de caídas electorales, la respuesta que Zapatero, y Sánchez y el PSOE por extensión, den a esta crisis no puede quedarse en excusas o cortinas de humo si quieren evitar un probable hundimiento total y para evitar daños mayores a la democracia.
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