No es una semana cualquiera. Uno ya siente el cosquilleo del debut del Baskonia en la Copa de Valencia. Se amontona el trabajo en días ciertamente muy movidos en la redacción deportiva y el estrés llega a pasar factura, pero los cinco sentidos ya están puestos en la competición que hizo en su día grande al club. Si hay un título a tiro hoy en día en medio de tantos tiburones que triplican o cuadruplican el presupuesto a la entidad azulgrana, ese no es otra que la Copa. Tres partidos a cara de perro para izar un título que se celebró por última vez en la Virgen Blanca en 2009. Desde entonces, excesivas decepciones e incluso sonadas ausencias en una cita sobrada de alicientes. El evento está vetado a las sorpresas últimamente y, pese a las admirables gestas del Unicaja de Ibon Navarro, resulta casi imposible que Real Madrid, Barcelona o el adinerado Valencia no se lleven el gato al agua. Lo positivo es que, dentro de la dificultad que encierra cualquier rival, el Baskonia circula por la parte benigna del cuadro. Ahora que llega la Copa, se agolpan muchos recuerdos en la memoria cuando el que escribe estas líneas era enviado especial y pudo palpar el evento en primera persona. Ni siquiera la Final a Cuatro de la Euroliga en 2019 fue equiparable a lo que viví en numerosas ediciones coperas.
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