El día de Reyes, mágico donde los haya, amaneció con gran parte del territorio histórico bajo un manto blanco, dejando imágenes para el recuerdo. Ahora bien, tras la nevada, llegó el hielo, dejando situaciones que, no por conocidas, son menos reseñables. Avanzar el día 7 por la mañana por las calles de Gasteiz fue un poco complicado, tanto a pie como con el coche, aunque, como todo en esta vida, la alegría (o la desazón) va por barrios. Hubo vías y avenidas que amanecieron limpias como una patena y otras en las que ni con bastones se mantenía una digna verticalidad. Las primeras se ubicaban en la pretendida zona noble de Vitoria, con ejemplos como Dato, en la que parecía que ni siquiera había precipitado. Peor suerte corrieron los barrios, y más aquellos más alejados del centro, en los que casi que compensaba moverse con un piolet, unos crampones o a bordo de un trineo. Tardó en llegar la sal a las aceras, incluso, en zonas sensibles, como centros de salud. Aunque, finalmente, llegó. Supongo que es terriblemente complicado dar servicio a toda una ciudad y más en ocasiones de dificultades meteorológicas, como las vividas, en las que es imposible atender todas las necesidades urbanas y ciudadanas al mismo tiempo.