Cada vez que los Reyes Magos llegan de Oriente, siempre me viene a la cabeza cómo me enteré de la noticia que por entonces supuso un pequeño jarro de agua fría. Fue uno o dos años más tarde de lo habitual sin que tenga ningún reparo en contarlo. En mi adolescencia era el clásico niño inocente que renegaba de la maldad existente en este mundo y vislumbraba el futuro como una especie de cuento de hadas. Hasta que un buen día, un vecino que en paz descanse decidió acabar con mi tontería y hacerme ver que estaba viviendo en los mundos de Yupi. Sin tapujos me aseguró que la bicicleta que había pedido a Baltasar –era mi favorito– había estado esa noche en su casa mientras se partía a carcajadas. Mis padres no sabían dónde meterse. A partir de ese día, empecé a madurar y cerciorarme de que en esta vida pueden producirse desilusiones por las que uno no debe venirse abajo. Mi hija mayor descubrió el gran secreto hace tiempo mientras que el pequeño aún no tiene sospechas más allá de preguntar si sus Majestades están casados o no son muy mayores para llegar con sus regalos a todas las casas. Cuando el clásico listo le haga saber la verdad en el colegio o donde sea, le comentaré que las cosas no son siempre como uno quiere y le tocará sortear los obstáculos para seguir adelante en la vida.
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