Los moteros más aventureros de Vitoria se suben este sábado a sus joyas sobre ruedas para ir hasta Valencia y volver hasta la capital de Álava en ocho etapas, de unos 150 kilómetros cada una. Pero no lo harán por autopistas ni autovías, sino por pintorescas carreteras tan olvidadas como increíbles, y a 50 kilómetros por hora, como mucho, “si es en bajada y el viento a favor”, porque irán en ciclomotores de 49 centímetros cúbicos, “que tienen sus años”, y refrigerados por aire, en vez de por agua, por lo que son más delicados. Se trata de los once alaveses que se han animado este año a participar en The Moped Route, que organiza Gazteizko Classic Club y que empezó a hacerse en 2018, cuando el destino fue Santiago. El año pasado fue Finisterre y otros han ido a Oporto o a Andorra.
Como cuenta Sergio Hierro, presidente de este club, el más mayor de sus participantes ronda los 67 años y el más joven los 48, y todos tienen en común que van a disfrutar del trayecto, porque el propósito no es ir lo más rápido posible y en línea recta, sino buscar una ruta que sea bonita, “porque estas motos no sirven más que para andar despacio”.
Sin furgoneta de apoyo
Y qué mejor manera que hacerlo acompañados, dejándose llevar por rutas alternativas, comer algo en medio del camino, pasando por aldeas de postal hablando con sus lugareños que amablemente les señalan dónde están los compañeros que han llegado ya al punto de control. Una “gente maravillosa” que se encuentran a su paso y que se ofrecen a venderles las motos que tienen en el desván, tras oírles hablar en el bar de una fatal avería. Por eso, el humor es otro compañero indispensable en esta aventura que este año harán, además, sin furgoneta de apoyo.
“El año pasado ya nos dio más que guerra. La tuvimos tres días avería, así que, teóricamente, algo que nos debería dar más garantías, nos complica la vida, por eso, lo mejor es quitar la furgoneta”.
No les quedará otra que llevar un ligero equipaje para tan largo de viaje, como cantaba el valenciano Nino Bravo, “pero mucho mejor, porque habiendo sitio, lo que hacemos es siempre llevar de más. Así, no hay problema. Cada uno lleva su equipaje y fuera”.
Tampoco tienen miedo del precio de la gasolina, disparado por la guerra de Irán, ya que “estos cacharros gastan muy poquito”.
Las etapas
La ruta que hacen de ocho días intentan que caiga en semanas como la de San Prudencio y Estíbaliz, con dos festivos de por medio. En plena primavera, “que siempre es una invitada que hace las cosas más interesantes: Sol, agua, lluvia, nieve...”
La hora oficial de salida de esta primera etapa es a las diez de la mañana, desde Urko Taberna (Duque de Wellington, 8), aunque una hora antes, a las nueve, quedan ya para hacer el primer ‘repostaje’ conjunto tomando allí el primer café.
Por delante, les queda un largo camino que les hará pasar por Alfaro, Calatayud, Teruel... Hasta que lleguen a Valencia el mismo día del patrón de Álava.
A Vitoria tienen previsto llegar el día 2, tras una última etapa de 150 km, “por lo que esperamos llegar al mediodía, a la hora del vermú. Es como muy vitoriano esto -cuenta con una sonrisa-, aunque intentar dar un horario concreto es complicado”.
"Cualquier cosa"
Porque siempre se rompe algo. “Puede pasar cualquier cosa, porque estos cacharros, tienen 30 o 40 años encima. Entonces, es tute para ellos. Y la zona de la Valencia tiene montañicas”.
Así que lo que no fallará son las averías. “Creo que cada año tenemos decenas de ellas. Al final, se hacen un máster en mecánica en las cunetas”.
Además, es bastante normal “que uno vaya comprando motos por camino. El año pasado compramos una Derbi por ahí. Y en otra ocasión, pasó lo mismo con un Vespino, que la canibalizaron. Algunas vuelven todas y otras pues se saca lo que se puede”.
Hierro, que va todos los años, este 2026 lo hará con Honda: “Es un 49 centímetros cúbicos refrigerados por aire y tiene unos 36 años”.
"Como ir en bici"
Pero lo bueno de viajar “como si iríamos en bicicleta, prácticamente” son “todo ventajas. Uno puede marcharse hoy a Galicia o a cualquier sitio de España y el viaje es solamente un trámite que hay que sufrir. Y da igual que lleves un coche buenísimo con aire acondicionado, hay que sufrirlo, es un tostón. Sin embargo, esto es totalmente diferente. Tú vas viajando por carreteras secundarias, terciarias o cuaternarias, y preguntando a la gente, y te ven al pasar”.
Se va conociendo gente por los sitios, “que tiene talleres, que uno tiene alambre, el otro tiene no sé qué. Todo el mundo tiene una sonrisa porque recuerda a ese tipo de motos. Entonces, viajas por sitios donde en un viaje normal no pasarías nunca. Y es muy bonito. Puedes ir 40 veces a Valencia y seguro que no pasas por los mismos sitios que nosotros”.
Punto de control
Otro momento clave de cada etapa comienza cuando bajan a desayunar en el hotel en el que se hospedan. “Lo que pasa es que conocemos el punto de control del día. Eso lo damos por las mañanas. De esta manera, cada mañana tienes que hacer el cálculo de por dónde vas o por dónde vienes. El punto de control determina todo”.
Y es importante cumplir las pernoctas y los puntos de control para optar al trofeo.
No en vano, otra de los grandes cosas que no tiene precio de esta aventura es su entrega de premios. “Es muy bonita porque los otorgan los propios participantes. En la última cena se hace una votación entre todos aquellos que hayan cumplido los puntos de control y las pernoctas”.
Son “muy chulos”: Hay al piloto más seguro, al más divertido y al mejor compañero de viaje. “El valor que tienen, más allá de lo que es el trofeo, es que te lo otorga la gente con la que has estado en un Gran Hermano ocho días. Y a la vuelta cuando llegamos al Urko Taberna, con un micrófono y un poco de música, se dan a los ganadores”.
Una buena recompensa. La misma que cuando lleguen a Valencia, “cuando comamos la paella, porque cuando llegamos al destino siempre hacemos algo, daremos a conocer a qué lugar vamos el año que viene”.
Aunque lo mejor, sin duda, será compartir tiempo, ruta, café, anécdotas, y ese gintonic cuando se bajen cada día de la moto. Ese ir despacio y saborear el paisaje, para ver el mundo de otra manera.