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Editorial

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Sometidos a hechos consumados

La consolidación de un nuevo orden global, en el que el derecho internacional ha sido sustituido por el imperio de los hechos consumados, no deja de sumar ejemplos trágicos. Las recientes maniobras en los escenarios más inestables confirman la imposición de una unilateralidad descarnada, ante la cual instituciones como la ONU, el G7 o el FMI se muestran inoperantes. A pesar de los estragos económicos y humanos, la diplomacia está paralizada frente a la ley del más fuerte. Entre los ejemplos más sangrantes figura la actuación del gobierno israelí de Benjamín Netanyahu. No hay acuerdos ni derecho humanitario que pongan freno a su ofensiva sobre Gaza ni a la ampliación de su campaña bélica en el Líbano. Vulneración de soberanía y éxodo civil no generan consecuencias. En la propia Europa, la Unión asiste a una peligrosa escalada de la tensión con Rusia, que multiplica sus operaciones de desestabilización para poner a prueba la vulnerabilidad de las democracias continentales. La estrategia del Kremlin proyecta las tensiones a los socios de la UE desde un control de la opinión interna incontestado mediante la manipulación de la opinión pública. Al otro lado del Atlántico, el tablero tampoco ofrece garantías: desde la Casa Blanca, Donald Trump rompió compromisos exteriores, impulsó el acoso comercial y amenaza con nuevas operaciones encubiertas en el Caribe, después de haber actuado en Venezuela para controlar sus recursos. En este escenario depredador, las opciones de contrapeso son escasas. El gigantismo económico y militar de China es una herramienta en favor de sus propios intereses. Pekín no es el aliado ético que requiere la estabilidad global, sino un actor más en la disputa por la hegemonía. De facto, se establece un marco de anarquía en tanto no se restauren unas reglas en términos de respeto a la soberanía y derecho al desarrollo desde principios democráticos. Si Europa quiere construir un dique de contención viable, la UE deberá asumir el liderazgo de un modelo alternativo que forje una nueva legalidad a base de acuerdos bilaterales con actores regionales. Una red que aporte certidumbre y equidad. Solo desde una unidad inquebrantable podrá Europa erigirse en el contrapeso ético y político capaz de evitar que el mundo sucumba a la arbitrariedad y a la fuerza bruta.