Prueba superada. El reto se cumplió y el exigente espectáculo de Zetak, que aunó música, narración, tecnología, danza, electrónica y folk euskaldun, fue aplaudido y bailado por 40.000 personas que vivieron arrobadas y bailonas el primero de los dos espectáculos interdisciplinares que el grupo de Pello Reparaz ofrecerá este fin de semana en San Mamés con todas las entradas vendidas. El show, de gran formato, con un despliegue técnico de altura, un ritmo discontinuo y con el estadio como un agente más del evento, mezcló lo teatral y musical en un discurso distópico pero hedonista liderado por las exitosas canciones de los navarros, de Errepidean a Akelarretan, Hitzeman, Aaztiyen o Aralarko dama, que cantaron con el apoyo de múltiples colaboradores, del Txopo Iribar a Erramun Martikorena, la Sociedad Coral de Bilbao, Albert Pla y Grison.

Zetak, sus más de 200 colaboradores y las 40.000 personas que llenaban San Mamés anoche y volverán a hacerlo este sábado, no estábamos allí por casualidad, sino porque somos parte de una historia, que, en el caso de Euskal Herria, Pello Reparaz fija en el año 1.400, cuando surgió la primera canción en euskera. Él únicamente recoge ahora el testigo –en clave de éxito masivo– en ese largo viaje cultural de un país “partido en varios trozos” y que sus habitantes mantienen vivo a través de canciones “escritas en la piel” porque han decidido hablar, vivir, sobrevivir y soñar en euskera.

Tras el éxito de Mitoaroa I y II, el reto volvió a cobrar vida anoche en el estadio del Athletic Club, donde el pasado de quienes abrieron el camino –de Mikel Laboa a Lourdes Iriondo, Fermín Muguruza, Berri Txarrak, Oskorri y hasta los Kalakan que colaboraron en la gira internacional de Madonna, si me apuras– confluyó con la propuesta de presente de Zetak. Los de Reparaz recogieron el testigo en esta carrera sin meta en el horizonte para hacer historia, al igual que cada una de las 40.000 personas que gozaron con un espectáculo interdisciplinar de carácter pionero por estos lares y que marca un antes y un después en Euskal Herria gracias a un artista vasco que, además, canta en euskera.

Mitoaroa III está lejos de ser un concierto al uso, sí un espectáculo de difícil catalogación donde lo musical se entronca con la historia de un pueblo, el teatro, la danza y la tecnología desde el momento en que Deskrontola, donde ya escuchó la palabra “askatasuna”, arrancaba el evento entre barridos de luces, vuelos de drones y un Pello que era sacado de una celda a la fuerza para subir al escenario y se rodeó de dantzaris y la Sociedad Coral de Bilbao transformada en un coro siniestro. Antes, un tipo era sacado también de una jaula y conducido por unos soldados armados y vestidos como una de las últimas distopías de Mad Max.

El orgulloso desafío, un hito que apoya la Diputación Foral de Bizkaia al considerar que supone “un gran altavoz para la cultura vasca”, prosiguió con el alegre Zoriontasuna (la vida es de verdad) en un San Mamés reconvertido en un lugar de intervención catedralicio, más allá del propio y mastodóntico escenario levantado –de color blanco y con dos gigantescas pantallas de video laterales de alta definición lanzando imágenes constantemente– que se introducía entre el público desde su centro en un largo provocador (prolongación) en forma de cruz en el que los artistas podían notar el aliento de los fans.

Control y distopía

Mitoaroa III, que cuenta con un presupuesto de 5 millones de euros, tiene como hilo argumental los peligros del totalitarismo, la vigilancia masiva, el control del pensamiento y una manipulación de la verdad –¿les suena, verdad?– que ya imaginó George Orwell en su profético 1984, aunque trasladados al futuro de 2084 sobre las melodías y los ritmos de la banda sonora de las canciones de los de Arbizu y el añadido de la mezcla de mitología y carnaval vasco que ha convertido a Sugaar, Zezengorri, Basajaun y la Diosa Maddi en personajes recuperados y vigentes en 2026.

Los pasajes más teatrales del espectáculo –dividido en cuatro capítulos y que en varias ocasiones ralentizó su ritmo en exceso– no siempre resultaron asimilables en el mismo momento, pero el mensaje era claro: estamos jodidos y, como ya aventuraba Orwell, depende de ti si permites que dejemos de ser/sentirnos libres. “Sentir, pensar y actuar”, clamó el navarro mientras las pantallas, cual Nodo, transmitían mensajes totalitarios, con “ez improbisatu” al frente. Y mientras se sucedían las canciones –Errepidean, Anguleele, Begi beltzel público fue embelesándose más y más, no pocas veces con la boca abierta ante un espectáculo luminotécnico y de sonido de gran formato que haría palidecer a no pocas producciones internacionales. “Una locura”, en palabras de su impulsor; y no exageró, en absoluto.

Reparaz, que se cambió de vestuario en varias ocasiones y tardó en interaccionar con el público al seguir el férreo guion marcado, era seguido por las cámaras en un despliegue maratoniano que logró la primera respuesta masiva del público –y el primer “eskerrik asko” del navarro– con Zeinen ederra izaongo den, con el público adueñándose del estribillo mientra Pello se llevaba la mano al corazón. Detrás, aportando el ritmo, el trío de ‘desconocidos’ que integran Zetak: Gorka Pastor, lugarteniente principal y responsable de sintetizadores y programaciones, y Leire Colomo e Iban Larreburu, ambos a las percusiones electrónicas y columna vertebral rítmica del repertorio.

Y entre odas del sistema totalitario a la productividad, juicios por atreverse a improvisar y llamadas a sentir, pensar y hacer, llegó la segunda cumbre de la velada, un Akelarretan que Pello encabezó, cual kalejira, con múltiples personajes mitológicos vascos y rescatando el trombón que tocaba en Vendetta. Cuando rescató Hitzeman ya había salido a escena Albert Pla, haciendo de sí mismo, el actor de la escuálida figura Javier Botet, Jon Plazaola y Fillas de Cassandra.

El espectáculo fue desarrollándose entre cuidados juegos de luces, cámaras a lo Gran Hermano, desfiles de momotxorros, las campanas de los zanpanzar, la mezcla de sintetizadores y percusiones electrónicas con txalapartas, Pello jugando a ser batería y las colaboraciones de Samantha Hudson y dos mitos vascos como Iribar y Kortabarria, valientes pioneros que volvieron a lucir orgullosos una ikurriña, nada menos que 50 años después, y la enseña del Reino de Navarra.

Además de guiños a la Polla Records, Oskorri, Zarama y Eskorbuto, a los exiliados, a quienes han dicho adiós recientemente, a quienes no pudieron pagar la entrada y, por extensión, a quienes conforman el universo Zetak, hubo consignas políticas también, defensa del euskera y de la identidad vasca, con alusiones a Sabino Arana, Palestina y a ese Sáhara que se desangra, al mismo tiempo que espacio para la comedia. Pello, que se adueñó puntualmente de la pista del estadio y de sus tribunas, ofreció unas imágenes surrealistas tras comer unas viandas y vivir unos minutos inclasificables en uno de los baños del estadio junto a varios habituales de ETB, entre ellos Antton Telleria y Aitziber Garmendia.

Rave’ final

A ellos se unió Grison, que ataviado con txapela se marcó un beat box junto a Pello y su Itzulera, ambos rodeados y jaleados en uno de los vomitorios de la grada. Hubo tiempo para que “mis amigos de Arbizu” ofrecieran un tributo al punk con una versión sucia de Errepidean y el rescate de Zu atrapatu arte de Kortatu. En la recta final del espectáculo, que superó las más dos horas y media de akelarre folk y rave electrónica, volvió a tener presencia el veterano Erramun Martikorena y fue la más coreada y aplaudida, la más cercana al concierto al uso.

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El público, una mezcla intergeneracional con txikis incluidos y cuyos miembros más jóvenes agotaron las baterías de sus móviles pensando en explicitar su presencia allí en redes sociales, respondió más si cabe ante Itzulera, que el navarro cantó atravesando la pista de San Mamés justo después de recordar a su amama vizcaina, Karmele, presente en el concierto a sus 90 años, y cerrar con Aralarko dama.

Sin restar ni un ápice de valor a tal espectáculo, acabamos tocados ante tantos estímulos y en no pocas ocasiones, tantas ínfulas de trascendencia a lo largo de casi tres horas. Al contrario que músicos legendarios como Ramones, Reparaz, más cerca de la filosofía de los Pink Floyd de The Wall y los Genesis de Peter Gabriel, no cree que el menos sea más, lo que sugiere que su próximo proyecto, que ha reconocido está en periodo de gestación, puede ser incluso más ambicioso si cabe. El segundo y último akelarre de Mitoaroa III se repetirá este sábado aunque el concierto se iniciará 30 minutos antes, a las 22.00 horas.