“Hacía ya tiempo que no iba a Vitoria”, recuerda José Sacristán. Los próximos 20 y 21, el actor regresa a la capital alavesa para ofrecer, en el Félix Petite (centro cívico Ibaiondo) El hijo de la cómica, de la que también es autor y director. La figura de Fernando Fernán-Gómez, sobre todo en sus años de niñez y juventud, se convierten en el eje principal de una propuesta que se estrenó en Avilés y que cuenta con una importante gira que pasa la próxima semana por Gasteiz.

Se pusieron a la venta las entradas para las dos sesiones que tiene la próxima semana en Vitoria y volaron en cuestión de minutos. 

–Eso sigue siendo una suerte. Pobre de aquel que confíe porque en este oficio estar seguro es temerario. Y aburrido, además. No hay fórmula, no hay secreto. Por eso aprovecho la ocasión que me das para dar otra vez las gracias a la gente ya que, desde hace bastante tiempo, cuento con la fidelidad de un alto número de personas que me permite hacer lo que quiero hacer. Es el caso de El hijo de la cómica. Desde que estrenamos en Avilés hasta ahora, en todos los sitios ha sido lleno. Pero, y esto también lo aprendí de Fernando Fernán-Gómez, no hay que caer en espejismos sobre la fama, el éxito, el triunfo. Pobre de aquel que caiga en eso porque puede resultar patético si confía en eso.

Proyecto personal

Este es un proyecto muy personal con usted como intérprete, autor de la idea y director, una propuesta que se adentra en su relación con Fernán-Gómez. ¿Cómo conecta algo tan propio con ese tercer invitado que es el público?

–Siempre he intentado ser una buena correa transmisora a través de historias que tienen que ver con personajes de a pie, gente de mesa camilla, de andar por casa, como yo digo. Me ha gustado siempre contar historias en las que la gente se reconoce y que son más o menos familiares. El recuerdo que mucha gente tiene de la figura de Fernando es el de un hombre un tanto airado, el de váyase usted a la mierda y esas cosas. Pero tanto al leer El tiempo amarillo [libro de memorias de Fernán-Gómez] como al recordar las conversaciones que teníamos como amigo, mi intención, haciendo este montaje, era que la gente descubriese al niño Fernán-Gómez, al adolescente, al joven... y que vea la gente que le rodeó, quién era aquel muchacho y cómo veía él la España de su tiempo. Todo eso contado de una manera más o menos hábil es lo que se ofrece y así lo está siguiendo el público que ha venido hasta ahora.

Ante todo, es una obra que habla de vida. 

–Y de una forma de vida tan, en fin, en la precariedad de los años 20, 30 y 40, una vida tan elemental, de tanta necesidad, de tanta ilusión...

Son dos personas que han hecho de la cultura su oficio, un sector que es precariedad, inestabilidad, horarios terribles... 

–Yo no me puedo quejar. Sería un cabrón si me quejara. Desde que empecé, sabía que esto era difícil. Imagina, un hijo de campesinos en la España de la posguerra que decide que quiere ser Tyrone Power o Errol Flynn... pues ya me contaras. Pero aquí estoy. Y sí, fue difícil durante un tiempo pero sería un cabrón si hoy me quejara. No, no. Llevo ya 70 años en esto y todavía tengo curiosidad e inquietud, todavía me divierto y juego a que la gente se crea que soy el que no soy, y en este caso concreto, además, tengo la satisfacción no sólo como actor, sino como ciudadano, de rendir un homenaje a alguien a quien quise y admiré tanto. Voy vislumbrando el fin de mi carrera y de la vida, y quiero celebrar el hecho de ser un cómico.

De todas formas, en el montaje habla también de la madre de Fernán-Gómez, de su abuela, de... ¿Qué papel tienen en la obra las mujeres? 

–Uno fundamental, sobre todo las que mencionas. Bueno, y la bisabuela, que era de Valdelaguna, que está al lado de Chinchón, que es de donde soy yo. La dificultad que he tenido a la hora de hacer la adaptación es que he tenido que cortar cosas de las memorias de Fernando porque no podía darle voz a todo. Recuerdo conversaciones con él y mi deseo, a la hora de hacer esta obra, era que al público le pasase lo mismo que mí cuando yo le escuchaba hablar de su madre, de su abuela, de los colegios, de las pensiones, de lo que fue el golpe de Primo de Rivera, de la proclamación de la República, de la Guerra Civil...

Un país distinto...

¿Una España muy diferente a la actual o no tanto? 

–No, no, muy diferente, jodida, con momentos muy chungos. Fernando nace en el 21. Llega el golpe de Primo de Rivera y después la proclamación del espejismo de la República, la Guerra Civil, la posguerra... joder, son años jodidos. Ahora, lo jodido es ver cómo aparecen o se reproducen los ecos de voces que uno creía ya que se habían apagado. Pero, no. Ahí están las elecciones extremeñas y ahora las de Aragón, donde a los de la extrema derecha –o sea, los que están tratando de blanquear el franquismo– la gente les vota. La izquierda tiene que pensar de una puñetera vez qué coño está haciendo. ¿Qué coño le pasa a la izquierda?

José Sacristán en 'El hijo de la cómica' Diego Miranda

Vuelvo, si me permite, a la relación entre Fernando y usted. En realidad, se llevaban unos 18 años, que se dice pronto. 

–Hubo una persona que hizo de Celestina porque estaba harta de que yo le hablase de Fernando y él le habrá de mí. Me dijo que éramos dos tímidos de mierda. Así que nos presentaron. En nuestra relación, tengo que decir que Fernando siempre era el héroe. Yo pensaba en la suerte que tenía por poder estar a su lado. Aunque no quisieras, eras mejor persona porque no cabía la impostura, ni podías ir de listo, ni de inocente... Alrededor de Fernando pasaban cosas más allá de la admiración al talento del escritor, dramaturgo actor... en fin, a todo lo que era Fernando en sus diferentes manifestaciones.

Cualquier gira es complicada, sobre todo si tiene éxito y la agenda no para de crecer. Pero a los 88 años, ¿cómo se lleva? 

–Bueno, pero no es esta cualquier gira. Hombre, yo pongo mis condiciones. Voy, actúo dos días seguidos en el mismo sitio y si voy a otra localidad cercana después, siempre tengo un día de descanso. Quiero decir, he vivido la época de hacer dos funciones diarias, siete días a la semana. Sin parar, una tras otra, cantándome las 14 Cardona de Doña Francisquita. Eso no tiene nada que ver con lo de ahora. Hoy, esto es de señoritos (risas). Voy en un coche estupendo que me recoge en la puerta de mi casa, me deja en el hotel... Para mí, hacer una gira así es un privilegio. No soy idiota, lo valoro y lo agradezco. Bueno, y lo celebro porque me hace mucha ilusión mi trabajo, me gusta mucho lo que hago, y veo que la gente acude a verme. Eso es muy importante. Y en los teatros a los que voy, ahora exijo que los espacios a los que acudo a actuar tengan lo que tiene que tener un teatro para que el trabajo sea bueno y confortable. No me entiendas mal en esto, eso sí. Yo no pido gilipolleces, no quiero flores en el camerino ni la alfombra de no sé qué. Esto ya lo decía Fernando, no hay que caer en esas tonterías. Yo soy un currante de esto y sé perfectamente que este negocio del teatro no es como para andar con esas cosas. Ni muchísimo menos. A partir de ahí, para mí salir de gira no es ninguna fatiga ni nada de eso. Todo lo contrario. Además, me encanta, después del gran momento de la actuación y de que el público haya aplaudido, irme a cenar con mis compañeros. Estamos en compañía, cenando tranquilos, tomando un vinito, una copita... eso es la hostia.