Entre dos mundos es una invitación a enfrentarse al espejo de las decisiones de nuestros otros yo para aceptar, sin juzgar demasiado, nuestro presente tangible. Este poemario bucea de manera displicente y cómplice en la búsqueda de respuestas planteadas por la juventud, desde la madurez, con cierta inquietud contenida: «¿cómo pude vivir sin entenderlo? / ¿cómo pude salir del laberinto sin escribir el epitafio?». Es en estas zonas de fricción, en este recorrido entre la inercia y el impulso, donde se forja la identidad, el lugar donde se tensiona al individuo tornándolo vulnerable, a la par que lúcido.
Los contrastes laten verso a verso en un pulso constante. Como un observador omnisciente, el poeta navega entre lo esperado y lo vivido, desde un presente consciente, sostenido entre el deseo de avanzar y el impulso de mirar atrás. La vulnerabilidad no se enmascara y las preguntas priman sobre las respuestas, invitando al lector a reconocerse en los caminos universales del individuo. El poeta observa, registra y expone, sin artificios «siempre intentó mostrar la perspectiva / de que todo fue bien / consigo mismo».
Acompañados por una exquisita propuesta musical en un recorrido por los mitos del siglo XX, la sensación de irrealidad traspasa los versos en ese acto tan valiente que es reconocerse. Las emociones discurren por ciudades de paso, en una deliciosa analogía vital, transitoria y sobredimensionada. Se busca la quietud en la algarada, el silencio en el tráfico intenso; la ausencia en las masas, a través de infinidad de contrarios secuaces, el rayo que no cesa y que aferra al mundo, a ritmo de una bossa-nova cadente, cuando la vida es tan bella que parece irreal, como disimulando el momento: «para hacernos creer en ese sueño / de ser parte del viaje y de perderse / esperando a que nunca se termine».
El lector se siente funambulista, reequilibrándose en el recorrido de una grieta en la que se proyecta el lugar que habita y el que le habita por dentro. Revisa las fotografías antiguas de su historia, con una mezcla de cercanía y nostalgia, pero alejado de la autocomplacencia: desarrolla una mirada crítica, asumiendo que crecer implica emborronar certezas y aprender a cohabitar con ese nuevo yo que se le antoja extraño: «mi casa ya no es mi casa/ más, a pesar de todo/ hay algo que siempre me empuja a regresar».
Julián Borao evoca olores que transportan a ese tiempo de inocencia que resguarda del frío, a modo de cobija, con los recuerdos entretejidos de los primeros años de ruta, del momento vital en el que la experiencia aún no ha herido de bala al aprendizaje y se pregunta de qué se disfraza la vida para camuflar la tristeza que, sin avisar, se extiende de una manera inexplicable, como una mancha de aceite en un lienzo aparentemente perfecto: «la realidad o el sueño / de la duda feliz de haber vivido».
El poeta desgrana la vida en poemas inconclusos, nutridos por lo que todavía puede ser, añorando incluso el futuro, en un anhelo de ser sin importar, olvidar sin necesidad de resarcir, planteando un análisis sin imposturas, lúcido y asertivo, momento preciso en el que rescata el recuerdo entre líneas. Redescubre la calma desde la fluidez del verso libre, en una escritura casi teatralizada, donde la reflexión de lo vivido dialoga con la conciencia del ahora, buscando comprender, sin pretensiones de emocionar, a pesar de lograrlo: «¿y por qué estoy aquí / y no en otra parte / si me siento vivir todas las vidas?».
Estamos ante una lectura hondamente introspectiva, en una obra tan íntima como universal, real en una existencia plena y consciente, donde el lector se reconoce, lacerado quizá por ese azote incontenible que es la vertiginosidad de un tiempo escurridizo que no siempre evidencia las respuestas. Invita a aceptar la finitud, a sentirse bien sabiéndose caduco: los lugares nos recordarán cuando todos se hayan marchado. Borao escribe desde la serenidad, sin metáforas imposibles ni un atisbo de oscuridad o indolencia resignada: «Nacer para morir / y, mientras tanto, amar / todo lo que tenemos / de cierto entre lo incierto / de la vida».
Exhorta a potenciar la luz de cada paso, a seguir avanzando pese a la incertidumbre. En esta voz poética, la fragilidad no se disfraza y las preguntas pesan más que las respuestas. La magia de los versos de Entre dos mundos radica en su transparencia: el registro, la observación y la exposición sin artificios, dejando espacio a la interpretación abierta y a una aguda emoción, camuflada en la sobriedad de los retratos de lo cotidiano: «Muchos de ellos sonríen / saludan a quien pasa / o, incluso, se detienen / para hablar de detalles /de la felicidad intrascendente».
Los contrastes laten verso a verso, en un pulso constante entre la expectativa y la vivencia, entre la calma y el desasosiego, entre el deseo de avanzar y el impulso de mirar atrás. Cada desplazamiento implica una pérdida. Cada movimiento y cambio de escenario obliga a redefinir la mirada, a romper con lo conocido y a abrirse a lo incierto. Las fronteras emocionales nos protegen y condicionan, construyendo un muro de contención que nos disocia de nuestro yo y del entorno, distancia existencial que recrea un limbo donde nada es definitivo y el nuevo yo está en proceso: «Todo es tan relativo / mi nostalgia, tu ausencia, mi memoria/ la alegría, la luz, la oscuridad».
El poemario es una invitación a reconocerse en una certeza incómoda y valiosa: la identidad no se alcanza, se transita. Y es en ese camino de fronteras, contrastes y versiones donde se construye la vida. Provoca un estremecimiento recrear en la memoria los objetos, los amores, los lugares y las fechas pasados. Son historias verdaderas gracias a las cuales el lector ve su propio reflejo, abierta su mirada gracias a imágenes en verso proyectadas de manera sencilla a partir de ideas complejas que desencadenan la certeza de «el poder de soñar en ese mágico instante que nos acerca a la vida».
Hay libros que se leen y libros que se cruzan. En éste se tiende un puente por el aprendizaje de ese lugar incómodo y fértil que se antoja el implacable paso del tiempo, sostenidos y alados siempre por el amor, el motor universal de nuestra historia, ese que propone «que pese más que nada / que nos haga infinitos / por encima de todos los actos y gestos / que sople entre los mundos / que hayamos de existir».