Luna de gusano

(IV) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

21.03.2020 | 01:21
Ilustración: Kiko Pérez

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Desde que pasó lo que pasó con su marido, Teresa hablaba en sueños. Pero Teresa jamás lo supo, ni lo sabrá, lo más probable es que no, es casi imposible que alguna vez lo sepa. El único que podría decírselo era él al dormir juntos. Pero Alberto tenía Alzheimer en grado acusado, y su memoria inmediata era como un paisaje blanco de la Antártida donde solamente se reconoce el color. Un eterno color blanco al este. Un largo color blanco al oeste. Un inmenso color blanco al sur. Un color profundo y blanco al norte.

En medio de la noche se escurrían por los labios de Teresa frases inquietantes. Durante la cuarta de la cuarentena habló más de lo habitual. Una de las frases que más se oyó en el dormitorio de Teresa y Alberto durante las horas más inertes que jamas tuviera en su colmena de la pequeña ciudad, fue, pero dime cómo quieres. Aquella frase sonó a pulsos de metrónomo, compás dos por cuatro. Tempo Adagio. Pe. Ro. Di. Me. Co. Mo. Quie. Res. Por momentos, incluso parecían las notas de una melodía íntima con la que se procuraba consuelo a sí misma la madrugada. Fueron tantos los tiempos de aquella noche en los que la voz alta, jadeante e inesperada de Teresa dijo cosas como pero dime cómo quieres o ven estoy aquí no sufras, –ven, es, toy, a, qui, no, su, fras- que en uno de esos instantes su marido abrió los ojos. Teresa nunca supo de esto, porque su marido, aunque estuvo un buen rato despierto escuchando con los ojos abiertos, al poco volvió al sueño.

A la mañana siguiente, Teresa le notó más raro que de costumbre, sobre todo, porque no paraba de arrimar una silla al ventanal desde el que se veía un gran cacho de la Avenida Gasteiz. Teresa, mientras pasaba las páginas de un álbum verde de fotos familiar con tapas de cartón acolchado, podía oír el rasguño contra el parquet de las patas de la silla cada vez que Alberto la empujaba de a pocos en dirección a la ventana. Teresa procuraba que él no se diera cuenta de que ella estaba viendo lo que él intentaba conseguir. Pasados unos minutos de inactividad, Alberto movía de nuevo la silla en dos tiempos. Rass. Rass. Teresa entonces le miraba acechante. Pero al detenerse, Teresa giraba bruscamente su mirada a las fotos del álbum y pasaba alguna página para disimular. Alberto esperaba un poco. Con un mirar pulposo se cercioraba de que Teresa no se estaba dando cuenta, ni le vigilaba, de que estaba a lo suyo. Alberto era paciente. No las tenía todas consigo. Se mantenía inmóvil, las manos asidas fuerte al respaldo de la silla, los hombros rectos, el torso girado en tres cuartos y la mirada tersa y tensa puesta en Teresa. Tensa. Tersa. Teresa.

Al adoptar esa actitud y al parar cada poco su migajoso arrastre de silla hacia la ventana grande del salón, Alberto ya sabía que Teresa no se estaba enterando de nada. Teresa, por su parte, sabía de sobra lo que ocurría, pero aunque no tenía del todo claro qué es lo que quería conseguir llevar a cabo Alberto, cuál era el objetivo de todo aquello, dejaba que sucediera lo que fuera mientras pasaba a otra nueva página del álbum y se quedaba embobada en una foto concreta. Ellos dos en el Gorbea. Hace años. De cuando se hacían fotos. De cuando iban al monte. Y la foto le llevó a un recuerdo de hace poquito tiempo.

Teresa se apuntó al curso Aprende a manejar tu tablet en uno de los Centros Socioculturales de Mayores de la pequeña ciudad, y al mes ya se manejaba con soltura en internet. Descargaba sus apps. Se bajaba juegos. Leía la prensa. Leía todo tipo de revistas digitales. A las que más tiempo dedicaba era a las revistas de ciencia, de naturaleza, de ecología.

Saltando de una a otra web, navegando una tarde sin astrolabio mental, con cierta desgana, y con un interés creciente a medida que se dejaba enrollar por la red como si hubiera entrado en un laberinto ajardinado del que no daban ganas de salir, Teresa cayó por casualidad en lurrapatxamama.eus. Bicheó la página. Se trataba de una revista de ciencia. Por lo que leía en los titulares no hacía falta ser una experta en el tema para seguir aprendiendo. Pero. Era curioso. Todos los artículos estaban firmados por la misma persona. Javier Matos. Frunció el ceño. Le sonaba. En ese momento una frase de Alberto le devolvió al presente. No hay nadie. Y otra vez. No hay nadie. Alberto estaba sentado en la silla frente a la ventana. Teresa se levantó. Se puso a su lado. Alberto volvió con lo mismo. No hay nadie. Es normal, cariño, todo el mundo está en sus casas, mi amor. No hay nadie, pronunció bajito Alberto. Teresa cerró los ojos y deseó con toda su alma que apareciera alguien por la calle. Se los abrió una nueva frase de Alberto. Es un indio apache. Teresa vio al hombre. Llevaba un perro negro atado con una correa. El perro no paraba de saltarle. No es un indio, mi amor, es alguien que ha salido con su perro, alguien normal. Como tú. Como yo. Ambos observaban atentos la escena mientras amo y perro se alejaban. Casi cuando estaban a punto de desaparecer tras una esquina Alberto dijo, el pelo, un Apache, que sé lo que a ti te digo yo, Teresa. Es un apache. Continuará...