Síguenos en redes sociales:

Kolaborazioa

Carmen Torres Ripa

Perdón para ti y un infarto para mí

LA noche de San Juan tiene brujería, quizás por eso sea la más bonita del año. El fuego purifica y viene el solsticio de verano con el ardiente calor de estos días. Como todos los años, he puesto en la terraza un cuenco con agua y flores. Durante toda la noche se perfeccionan y en la mañana, al levantarme, voy adonde han dormido pétalos de rosa y margaritas con hierbabuena; me lavo la cara una, dos, tres veces. Está fresca y me revive. De eso quería escribir, de volver a vivir.

Anoche estuve sentada mirando el cielo y las estrellas; aunque no las veo, sé que están detrás. Suspiro y doy gracias al mundo porque he vuelto a nacer. Hace unos días tuve un infarto. Es la primera vez que me doy cuenta: tengo un corazón; sin corazón no se puede recordar ni vivir. Recordar es volver a vivir. Abrir la memoria y pasar un pañuelo de seda para quitar el polvo acumulado y, ese milagro, lo he vivido. Mi corazón dolorido ha recuperado el lazo que me une al mundo.

Me han hecho un cateterismo cardiaco, me han puesto dos stents, un procedimiento cada vez más realizado en los quirófanos. Un tubo delgado y flexible (catéter) se introduce a través de una vena de mi muñeca y se guía hasta el corazón. En el lenguaje médico, es una endoprótesis vascular, una pequeña malla metálica en forma de tubo que se implanta en una arteria coronaria obstruida para mantenerla abierta. El cardiólogo ve por un monitor el estado de mi corazón y misteriosamente lo arregla. Igual las palabras no son exactas, pero qué más da. Con la operación vuelvo a sentir que estoy en el mundo. Antes, no hace tanto tiempo, tenían que abrir medio cuerpo para llegar al corazón; operación a corazón abierto, se decía. Ahora mi cuerpo vuelve a empezar, sin sentir un bisturí en mi pecho ni tener una cicatriz. La medicina ha investigado tanto que los milagros, ese parón del tiempo, existen.

El cerebro, que custodia mi memoria, abre una nueva ventana, igual que los ordenadores, para guardar los recuerdos de estos días. Mi nueva vida me ha regalado una cara mejor dentro de un cuerpo descansado y sin estrés. Mis flores —caídas y mimosas— esperaban mi llegada; ellas también han tenido un infarto. Si las descuido sin agua se mueren, creo que resucitarán. La noche de San Juan he meditado más, agradeciendo cada minuto que llega a mis venas. Enciendo una vela de gardenia y el olor ha entrado en cada rincón de la casa, llenando de aroma este despertar sin tubos ni vías en los brazos. Ayer me dieron el alta. Cuando lea usted estas líneas, se habrá pasado la fecha, es igual. Celebro mi ritual con las hadas celtas y los dioses nórdicos, para dar gracias por estar aquí.

Gracias a la vida, por volver a vivir, y perdono a quien cortó la vida y asesinó a mi marido hace 48 años. 48. El tiempo pasa y, a veces, se queda quieto, como el sol en el solsticio. Cada mes de junio, el día 28, se para unos segundos el reloj de mi minutero. A ese reloj del alma no le pueden dar el alta. Vuelvo a recordar aquel día y todos los que han venido después. Mi corazón ha estado a punto de pararse igual que el sol. Vuelvo a oír tres tiros, después el silencio. Un silencio largo de 48 años. Y sí, perdoné con 33 años y cinco hijos. Ahora siento ternura por aquella mujer desamparada y a punto de perder el latido del corazón.

El perdón es un regalo que hace más sencillo el dolor. Un dolor que queda en la memoria. Perdonar sí, olvidar nunca. Quien le mató quizás esté aún vivo. Con mi corazón recién arreglado, le mando un perdón lleno de lágrimas y que un momento, muchos momentos, sienta el arrepentimiento por matar a un hombre bueno. Pero en la memoria, pude encontrar a mi segundo marido, valiente al casarse con una viuda con cinco niños. Tuve la recompensa de otro hijo, que aparcó el dolor al ver una nueva cuna de color azul. Dani llegó después, mucho después.

Perdonar, sí. Olvidar, nunca.

Mi corazón sigue mágicamente con su tic tac.