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Supervillanos

Autoridad viene del latín autoritas y comparte raíz con autor. No significaba mandar, sino fundar, hacer crecer, dar forma. La autoridad no se imponía: se reconocía. Venía del saber, de la experiencia y de la cultura. Europa se contó durante siglos como cuna del humanismo y de la Ilustración, el lugar donde el poder debía justificarse y el argumento pesar más que el volumen. Hoy ese pacto cultural está roto. La autoridad se confunde con visibilidad y el liderazgo con ruido. Se premia la frase rotunda y se castiga el matiz. La cultura, en lugar de incomodar, se gestiona como distracción: acompaña, entretiene, rellena tiempos muertos, pero rara vez interrumpe. Pensar cansa. Dudar resta. La complejidad estorba.

Durante décadas, incluso en la cultura popular, el poder se narró como responsabilidad. Los superhéroes estadounidenses no eran perfectos, pero tenían código: Superman representaba el límite moral, Batman la contención frente al caos. Fuerza, sí, pero con culpa, reglas y conciencia. Hoy ese imaginario ha cambiado. Ya no vivimos en la era de los superhéroes, sino en la de los supervillanos. El modelo dominante ya no es quien salva el mundo, sino quien consigue apropiárselo. El Joker no quiere gobernar, quiere incendiar. Lex Luthor no cree en la justicia, solo en el poder sin freno, envuelto en retórica. No hay ética: hay cálculo, ego y espectáculo. El villano no pide legitimidad, exige atención.

Ese giro cultural no es inocente. Encaja demasiado bien con el cuñadismo político: seguridad sin conocimiento, aplomo sin datos, soluciones simples para problemas estructurales. El salvador ha sido sustituido por el opinador con mando. El mito ya no es “con gran poder viene gran responsabilidad”, sino “con gran poder hago lo que se me pone”. Mientras nadie me frene, obviamente.

Trump es un supercuñado global, pero también líderes que operan como villanos de manual: Netanyahu y Putin, cada uno con su épica de fuerza. No gobiernan para cerrar conflictos, sino para administrarlos y sacar beneficio para él y sus compinches.

Europa observa este cómic desde la grada, incómoda con su propio legado. Relativiza la Ilustración, sospecha del humanismo y confunde neutralidad con silencio. Mientras tanto, la extrema derecha avanza adoptando estética de villano: identidades blindadas, enemigos claros, castigo como respuesta. Menos ideas, más gesto. Menos política, más pulso. El resultado es visible. Instituciones que existen pero no mandan. Normas que se citan y se incumplen. Conflictos convertidos en escenografía. Cuando falta autoritas, el poder recurre al músculo, económico o militar. Cuando falta cultura, la fuerza es el método.

No es solo una crisis geopolítica. Es una crisis cultural. Hemos perdido a los superhéroes no porque fueran ingenuos, sino porque exigían límites. Y lo que manda hoy no quiere límites, quiere aplausos. El problema no es que gobiernen los villanos. Es que el público empieza a confundirlos con protagonistas.