Un día como ayer, 30 de julio, es una fecha que huele a verano. Nos hace recordar con nostalgia la recién vivida semana de San Fermín. Mientras tanto, se cruzan las familias que vuelven dando fin a sus vacaciones con las que inician su ruta hacia el esperado descanso. Todo esto, con tintes de festejo y brisa marina, muy lejos de la realidad de este día reconocido por la ONU como el Día Mundial Contra la Trata de Personas.

Trata de personas: el grito ahogado en consumo de sustancias

Un momento, ¿qué es esto de la trata de personas? En pleno ecuador del verano, dejando de lado la toalla y la sombrilla, no está de más una pequeña aclaración al respecto para poder dedicarle unos minutos. En primer lugar, este tema nos puede sonar lejano y añejo, siendo la esclavitud de personas negras lo primero que nos viene a la mente. En segundo lugar, lejos de ser escenas de un pasado tan lejano, hace tan solo diez años la ONU asignó este día a esta cruda y no menos cercana realidad. De hecho, los datos nos revelan que la mitad de las víctimas de trata son menores de edad y que dos terceras partes son mujeres, un 80% de éstas sometidas a explotación sexual. Y aquí abrimos el gran melón: la prostitución.

El debate sobre la prostitución está en auge los últimos años. Lejos de ser un tema que ofrece un cordial abordaje, se nos presenta con una enorme carga juiciosa sobre el cual parece que todo el mundo tenemos voz y opinión. Por un lado, una opinión cargada de las etiquetas y prejuicios que nos atraviesan a todas las personas. Por otro, dirigida, cómo no, a la mujer y a cuánto de digno o no es el desempeño de su labor. Es por esto que, como con toda problemática social, requerimos de una visión estructural al respecto para poder realizar un análisis quizás más justo.

Así pues, convendría tener en cuenta las características y condiciones estructurales que engloban a la tan nombrada profesión más antigua. Entre otras, las ineficaces leyes de extranjería, la transfobia o la precariedad laboral de los trabajos feminizados. Condiciones de alta responsabilidad social que empujan a muchas de estas mujeres hacia la búsqueda de alternativas económicamente sostenibles por pura supervivencia. A esto hay que añadir las políticas de criminalización que las penalizan directamente, exponiéndolas además a mayores situaciones de riesgo, exclusión y violencia.

Por otra parte, conviene tener en cuenta la desigualdad existente por cuestión de género. Y como esta norma afecta al modus operandi de las relaciones sexuales que se establecen, donde el deseo de la mujer aún no obtiene validación si no es a través del hombre. Con este escenario social de base, no es difícil imaginar que el precio que una paga por entregar su cuerpo es alto. Es ahí donde entran el alcohol y otras drogas ofreciendo una vía de escape de las emociones desagradables, como manera de disociación o aguante. También los psicofármacos, que permiten anestesiarlas y descansar. Ofreciendo así un preciado elixir que mantiene la maquinaria de la explotación y la trata en marcha mientras favorece que ellas puedan desarrollar en muchos casos un problema de adicción.

Por si fuera poco, es importante resaltar cómo el estigma juega un papel demoledor en su identidad, alejándolas de pedir cualquier tipo de ayuda. Ya que sobre ellas recae un mayor estigma que se le añade al de adicta: el de puta. El enorme juicio social que esto conlleva las deja al margen e invisibilizadas. Además, no podemos olvidar que el consumo, la mayoría de las veces, les ayuda a sobrevivir a las condiciones que sufren, lo cual complica cualquier propuesta de abstinencia. Así, queda ahogado, la mayoría de las veces mediante los consumos, el grito de las mujeres a las que nadie escucha pero todo el mundo se permite juzgar.

En el otro lado de esta realidad tenemos que si el trabajo sexual existe es porque hay una demanda. Y ahí el foco ya no está en las mujeres, sino en los hombres. Si enmarcamos esto en las normas relacionales anteriormente citadas, entenderemos la permisión y normalización social sobre la utilización de los clubs y pisos, como desahogo o búsqueda de placer desde una posición de poder. En este escenario vuelven a aparecer el alcohol y otras drogas. Ya sea como herramienta desinhibidora para acceder, o como un añadido al placer desenfrenado del hombre. Es ahí donde aparecen en escena los usuarios con problemas de adicción, siendo alto el número de los que acuden a clubs o pisos.

Para terminar, cabe resaltar una extrema necesidad en cuanto a la concienciación social y de las/los profesionales, para lo que es crucial un trabajo desde la perspectiva de género, así como la coordinación entre entidades que trabajamos con estos grupos sociales. Además, nos parece importante visibilizar las diversas realidades de las mujeres que ejercen la prostitución, ofreciendo un marco más amplio y justo con ellas. Para poder así acercarnos, trabajando en red con las entidades que les apoyan, y facilitar a estas mujeres en situación de exclusión por las condiciones mencionadas, un acceso a los tratamientos que ellas necesiten.

Creemos pues, entre todas las personas, un espacio de reflexión con menos juicio y más comprensión. Un mundo donde las personas para las cuales es más difícil pedir ayuda, puedan tenerlo algo más fácil.

Psicóloga de Aldatu - Fundación Proyecto Hombre Navarra