Como buena pamplonica, este año por fin he podido empaparme de San Fermín y me he visto todos los encierros. Como buena periodista, me sigue alucinando que haya programas televisivos de más de una hora sobre algo que no dura ni tres minutos. Sin embargo, yo me trago esos programas con gusto y devoción porque en mi casa desayunar con los toros al galope es una tradición. Por supuesto, el encierro sigue siendo cosa de hombres. Hombres valientes, devotos de San Fermín, hombres que hacen bonitas carreras delante de los astados, hombres que vienen desde muy lejos para sentir la adrenalina de jugarse la vida delante de una manada que, paradójicamente, intenta huir de ellos como puede. La voz de los hombres entona los cánticos, la imagen de los hombres calentando minutos antes es la que yo tengo en la cabeza desde cría. Las mujeres en ese contexto son una anécdota, una pincelada exótica. Y, como tal, una corredora habitual fue entrevistada en uno de estos programas, también por una mujer. La periodista presentó a la corredora como madre de dos hijas, fíjate tú, le preguntó cómo era correr teniendo a dos criaturas y le soltó a bocajarro: “¡Pero no piensas en las niñas cuando te metes aquí, imagino!”. Un comentario que nunca hacen a un corredor, aunque lleve la foto de su hija en la camiseta. Como mucho, le preguntan por su madre o por sus amigos, también corredores. Como colega de profesión, supuse que esas preguntas fueron más fruto del directo que de alguien que piensa dos veces lo que está preguntando. Porque no deja de alucinarme cómo nosotras mismas perpetuamos el machismo. Y, si yo fuera una extraterrestre que basara mi estudio del ser humano en estas retransmisiones, concluiría que: las mujeres son las que deben preocuparse por sus criaturas y los hombres son los que se preocupan por sus madres y por otros hombres a los que llaman amigos.
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