En el corazón de la capital alavesa, la fiesta por la Copa del Rey se respiró en cada esquina. Desde los bares del centro hasta los locales más emblemáticos de los barrios, los aficionados del Baskonia no quisieron perderse una de las fechas más señaladas del calendario. Aunque el equipo disputa el torneo lejos de casa, en Valencia, Vitoria-Gasteiz latió al mismo ritmo que el balón naranja.

Bufandas al viento, camisetas azulgranas y mesas repletas de cuadrillas pendientes de cada jugada convirtieron la tarde de ayer en una auténtica previa de pabellón. Los cánticos habituales del equipo azulgrana se trasladaron de las gradas del Fernando Buesa Arena a las pantallas gigantes de los bares, donde cada triple de Markus Howard, cada mate de Mamadi Diakite y cada contraataque del equipo se celebró como si se estuviera a pie de pista.

Los aficionados con menos suerte, aquellos que no pudieron acompañar al equipo hasta la ciudad del Turia, también supieron convertir la distancia en un motivo más para reunirse. Porque si algo caracteriza a la hinchada baskonista es su capacidad para hacer de cada partido una celebración colectiva, esté donde esté el equipo.

La atmósfera desde el salto inicial fue un reflejo de la tensión propia de unos cuartos de final. El ruido no tardó en imponerse al sonido ambiente de los televisores: golpes en la barra, palmas acompasadas y algún que otro silbido espontáneo cada vez que el rival, el Tenerife, encontraba el aro con demasiada facilidad. Sin embargo, al principio a los baskonistas les costó animar; se les notó contenidos, casi como si el respeto por lo que había en juego les tuviera agarrotadas las gargantas. Más pendientes del marcador que del cántico, más analíticos que pasionales.

Los bares de Gasteiz vibran con el triunfo del Baskonia Pilar Barco

Del silencio al rugido

Cada decisión arbitral tenía su propio colegiado a más de 500 kilómetros de distancia. En los bares del centro se sentenció y se juzgó cada acción como si un grupo de colegiados improvisados se hubiera reunido alrededor de una mesa alta. “¡Eso es falta aquí y en Valencia!”, protestaba uno; “¡Revisa el contacto!”, replicaba otro, mientras el murmullo crecía hasta convertirse en un clamor colectivo.

Pero a medida que avanzaba el partido, algo cambió. Quizá fue un triple liberador, quizá una defensa intensa que devolvió la confianza. Lo cierto es que la grada improvisada fue soltándose poco a poco.

Las conversaciones dieron paso a los cánticos, y los análisis tácticos, a los aplausos sin reservas. Los indecisos se unieron a los más ruidosos en los bares Toba’s Taberna Irish Pub; el Uno y el Siete terminó convertido en una pequeña réplica del pabellón.

Y en ese tramo final, cuando el reloj empieza a pesar y cada posesión se convierte en un examen de nervios, los bares enmudecieron por segundos eternos antes de estallar al unísono.

Los bares de Gasteiz vibran con el triunfo del Baskonia Pilar Barco

Ya no había entonces rastro de aquella timidez inicial: los mismos que al principio observaban con gesto serio se levantaban ahora de la silla, abrazaban al de al lado y coreaban el nombre del equipo como si pudieran empujarlo desde la distancia. 

La tensión se transformó en fe, y la fe en una comunión colectiva que traspasaba pantallas y kilómetros. Porque más allá del resultado, la tarde dejó una imagen clara: Vitoria-Gasteiz volvió a demostrar que, cuando el Baskonia se juega algo grande lejos del Buesa, la ciudad encuentra la manera de estar presente, de hacerse oír y de sentirse, aunque sea a cientos de kilómetros, parte del mismo partido.