Historias de antaño y de hogaño

Aitor y la ninfa

Las tradiciones respecto a la figura de Aitor tienen fuerte raigambre en el territorio histórico

02.11.2020 | 00:42
Recreación de Aitor y la ninfa en el río Zadorra.

La idea más aceptada actualmente entre los eruditos es que, la leyenda de Aitor es fruto de la imaginación de Agustín Chaho, que en 1845 publicó una novela titulada Aïtor-Légende Cantabre. Pero, tanto si es reciente como si tiene su origen en una epopeya antiquísima, la figura de este patriarca vasco ha pasado a formar parte intrínseca de la mitología de nuestra tierra y, aunque sean innumerables las fábulas que aún se cuentan al calor de la chimenea de muchos caseríos, todas ellas comienzan con la llegada del Noé de los vascos desde más allá de los Pirineos, para enseñar a los pobladores de nuestra tierra cómo pastorear y cultivar la tierra, el mejor modo de pescar en el Cantábrico, el arte de la forja del hierro, los bailes, las leyes y hasta el idioma, siendo este el origen de cada una de las particularidades que han llegado a conformar la identidad del pueblo vasco.

Pero, ante todo, no podemos olvidar que Aitor era humano, y como tal, envejecía igual que el resto de los hombres. Quizá por eso, y conocedor de que pronto dejaría esta vida, repartió todas las tierras entre sus siete hijos, consciente de que ya no podría recorrerlas con la misma presteza que en sus años de juventud.

Llegado a este punto, aunque cansado y torpe, el anciano se dedicaba y disfrutar de los hermosos paisajes, teniendo un cariño especial a la provincia de Álava, y más concretamente a las veredas que recorren el cauce del Zadorra, por las que podía caminar a pesar de sus achaques.

En uno de esos paseos, escuchó tras de sí un chapoteo en el río, que le hizo girar la cabeza, encontrándose con el bello rostro de una muchacha que nadaba a la luz de la luna. La joven, lejos de sentirse turbada por la presencia del anciano, no dudó en salir y mostrarse desnuda ante él. Aitor, prendado de su hermosura intentó acercarse a ella, pero la muchacha se zafaba ágilmente de los intentos vanos del viejo por agarrarla. Finalmente, ella volvió al agua, y el anciano, temeroso de que desapareciera y no pudiera volver a verla, le pidió que, al menos, le dijera su nombre y donde encontrarla.

"Mi nombre es Zuria, y siempre que quieras podrás encontrarme en este río, pues soy la ninfa del Zadorra y aquí he de permanecer para iluminar a los poetas que vengan en busca de inspiración, dar respuestas a quienes necesitan de un oráculo y sanar a los enfermos que beban de estas aguas".

Aitor se sentía confuso y quiso achacar a la excitación de haber observado a una mujer desnuda, la sensación de vitalidad que recorría todo su cuerpo. Se sentía de nuevo joven, y, envalentonado, no dudó en quitarse la ropa y lanzarse a las frías aguas del Zadorra para perseguir a la jovencilla. La ninfa, con la agilidad propia de un ser acuático, jugó con él durante largo tiempo, dejando que se acercara para volver a alejarse con una rapidez inaudita. Y así fueron pasando las horas, mientras que la corriente llevaba a los dos, primero hasta el río Ebro, y después, cuando los primeros rayos de sol comenzaban a despuntar, hasta el mar Mediterráneo.

Solo entonces se dio cuenta Aitor de lo lejos que se hallaba de su hogar, aunque lejos de sentirse perturbado, una euforia hasta entonces desconocida, recorría todo su cuerpo.

Nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió después, pero cuentan que los dos bucearon hasta un lugar en el que ambos continúan viviendo y disfrutando de una juventud infinita, siendo esta la razón por la que nadie ha podido volver a ver a Zuria en las aguas del río Zadorra.

Hay quienes han dudado de la veracidad de esta leyenda, y se han dedicado a buscar incansablemente la tumba de Aitor, el primero de todos los vascos, para demostrar que nunca existió, mientras que otros, creyentes en la realidad de su vida entre los mortales, se han lanzado a localizar alguno de los siete tesoros que, dicen, el primero de todos los vascos, escondió por la geografía de Euskadi. Y es que se cuenta que en una sala secreta de la biblioteca del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, guardadas en un cofre, cerrado con siete llaves, se guardan setecientas tablillas escritas por el propio Aitor en las que relata la historia de la humanidad, así como la localización de los siete odres gigantescos repletos de ingentes cantidades de oro.