El frenesí carnavalero rural atrapa a la Llanada
Zalduondo ha revivido la la tradicional quema de Markitos, símbolo de todo lo mano en los Carnavales de la localidad, mientras que en Agurain curiosos personajes han formado parte del Carnaval Rural
El frenesí carnavalero ha atrapado a los habitantes de la Lautada. En las diferentes localidades que conforman la comarca se ha dado rienda suelta a la fiesta tras máscaras y ropajes de toda índole. Zalduondo ha revivido la tradicional quema de Markitos, símbolo de todo lo malo en los carnavales de la localidad, mientras que en Agurain curiosos personajes han inundado de color y misterio sus calles.
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La llegada de la Cuaresma viene precedida por la celebración del Carnaval, fiesta que aúna magia, danza y color. En las diferentes localidades que conforman la comarca se ha dado rienda suelta a la fiesta tras máscaras y ropajes de toda índole.
Zalduondo ha revivido la tradicional quema de Markitos, símbolo de todo lo malo en los carnavales de la localidad, mientras que en Agurain curiosos personajes inundaron de color y misterio sus calles en su decimoséptimo aniversario.
51 años de Markitos
Un año más, y ya van 51, Markitos ha vuelto a convertirse para su desgracia y alegría de los zalduondarras en protagonista del carnaval rural de la localidad, uno de los más antiguos del territorio. Su final en la hoguera es la crónica anunciada del mítico personaje, un muñeco que representa todos los males y penas.
El Carnaval Rural de Zalduondo es mucho más que una fiesta popular. Tras él se mueven fuerzas rituales ancestrales que deambulan entre la evidencia y el misterio. Es uno de los más antiguos del territorio desde su recuperación hace 51 años por Blas Arratibel y Martiniano Martínez de Ordoñana con la ayuda de Joaquin Jiménez.
Máscaras, música y danzas se dan cita en los pueblos alaveses, sobre todo en Zalduondo, envolviendo el ambiente en una magia seductora.
La pequeña localidad de la Llanada, cuna también de otro histórico alavés, Celedón, se ha llenado de visitantes que no han querido perderse la tradicional quema de Markitos, un muñeco grotesco de tamaño natural, embutido de paja y disfrazado con chaqueta negra y pantalón negro, como un señorito de ciudad, que porta en el cuello un collar de trece huevos pintados en verde, rojo y blanco y al que se le acusa de todos los males que sufre el pueblo y, por ello, debe pagar con su vida.
Un año más, a la una del mediodía, el protagonista ha ido paseado por Zalduondo. Llevaba una gran txapela negra y un collar de trece cáscaras de huevos cocidos teñidas de rojo, verde y blanco.
Como un condenado antiguo, le han llevado a la grupa de un burro y exhibido por las calles. Dos mozos, ataviados con caretas y pelucas de viejo y gabardina, lo han acompañado por su recorrido. Tras ellos, otros dos han portado el mástil o lata en el que ha permanecido empalado hasta las cinco de la tarde.
Acompañado por la música el mítico personaje zalduondarra ha compartido recorrido por las principales calles de la localidad seguido de superhéroes, princesas, vaqueros o personajes de cómics, mezcla del antiguo carnaval rural y de los nuevos tiempos.
A la altura del palacio de los Gizones o Lazarraga, Markitos ha sido desmontado y empalado en un largo mástil de entorno a cuatro metros al que llaman “lata”.
Allí ha meditado durante unas horas sobre su culpa. Como todo rito de purificación, el carnaval de Zalduondo necesita un sacrificio simbólico y Markitos conoce su suerte: la hoguera que expíe los pecados colectivos.
Curiosa cuadrilla en Agurain
El Carnaval Rural se ha extendido también a Agurain. Después de dos días en los que personajes como payasos, superhéroes, personajes de dibujos animados, piratas, indios o vaqueros han inundado las calles.
La plaza Euskal Herria de la localidad se ha convertido en centro de reunión de extrañas criaturas ataviadas con pieles, sangre brotando por los cuatro costados y puntiagudos tridentes bajo el embrujo de la música.
La fiesta de los carnavales en Agurain goza de una gran tradición. De ella se tienen noticias al menos desde 1678.
Un año más la representación ha servido para rememorar los tiempos antiguos donde todos vivían el Carnaval con gran ilusión, sobre todo los jóvenes, que eran los actores principales de la misma.
Astas, rudimentarias armas, cencerros, caretas o sombreros con pañuelos que han tapado completamente la cara han servido a los participantes en el espectáculo para dar mayor dramatismo al momento.
La música ha animado a los presentes a participar en el desfile por las principales calles del Casco Histórico de la localidad. Un año más Agurain y Zalduondo han estado atrapados por el frenesí del carnaval rural.
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