Marta MiretArquitecta

"Las personas dan vida a las ciudades, son su pulso y deben volver a ser el centro"

Puede que la arquitectura sea el arte menos artístico por su alto grado de materialidad, pero eso no significa que deba quedar fuera del diseño del futuro pospandémico

22.08.2021 | 00:38
Marta Miret, con su libro en el que reflexiona sobre la función de la arquitectura. Foto: Ángel de Castro

Su modo de entender el urbanismo y la arquitectura, la vida en definitiva, se aprecia en Bilbao, en un edificio singular en la calle Jaén para quien quiera ir a conocerlo. La pandemia ha espoleado otra de las pasiones de Marta Miret (Zaragoza, 1981), la de comunicar y el resultado ha sido un libro de reflexiones para animar a recapacitar y a razonar: "Recuerdo pasear las calles desiertas, mirar su arquitectura como siempre, pero ahora de otro modo. No miraba los objetos, ni siquiera cómo se relaciona y vive la gente en el espacio. Buscaba resquicios de vida". "¿Por qué no aparecemos en los equipos que generan los nuevos protocolos?", plantea.

¿Pensó en sus arquitecturas durante el confinamiento?

—A veces al asomarme a aplaudir o cuando miraba los edificios para encontrar resquicios de vida a través de sus ventanas, me consolaba pensar que en la arquitectura que yo hice, sus habitantes se sentían cómodos y cuidados en sus hogares. Y así me lo hicieron saber muchos.

Dice en su libro que es el momento de una profunda reflexión en el mundo de la arquitectura...

—Soy viajera empedernida y a veces en esas urbes donde me ponía a hacer fotografías a lugares nuevos que me encontraba, con tanta aglomeración, la gente me molestaba. ¡Qué equivocación! Las personas son las que dan la vida a las ciudades, son su pulso y deben volver a ser el centro. Los edificios por descontado han de estar pensados, no solo por los gurús de la arquitectura ni por las economías. Y no debemos olvidar que el urbanismo hace fluir las arterias de la ciudad, hacen el bienestar de las personas, las calles, plazas, museos, colegios...

¿Y qué propone?

—La arquitectura no es solo el objeto construido sino la manera en que se habita. Y es ahí donde debemos profundizar. He echado de menos planes urbanísticos transitorios, tener mayor inercia para los cambios de usos, de igual manera que regulamos bares, terrazas y nos preocupamos de la economía, también podríamos haber mitigado el daño de la pandemia los arquitectos planificando los espacios de uso público, desde colegios a plazas, para cuidar a las personas y mitigar el daño. Socializar es sinónimo de salud mental.

En la década de los años 20 del siglo pasado Le Corbusier propuso sus cinco puntos para una nueva arquitectura (usos compartidos, ventanas corridas...) ¿A qué esperamos para actuar?

—Sería injusto decir que la arquitectura en cada pandemia no aportó cambios. Por ejemplo, durante el cólera se descubrió que en las clases sociales altas había menor incidencia que en las clases sociales bajas y descubrieron que el urbanismo y tipología de viviendas era tanto el problema por su carencia, como la solución. El agua y los conceptos de higiene pasaron a tener una importancia vital. Desde entonces el saneamiento de nuestras ciudades nos cuida y protege. Durante la tuberculosis los arquitectos propusieron hospitales con grandes ventanales y buena ventilación, cuando aún no existían antibióticos. Pero los seres humanos pensamos que ya no tendríamos más pandemias y en las últimas décadas la arquitectura no estuvo a la altura de las circunstancias. Debemos trabajar la inercia de lo construido. Los arquitectos tendríamos que haber estado en los debates, en la política, haber hablado de planeamientos, la densificación, gentrificación, densidad de población, nuevos usos, trabajar lo público...

A consecuencia de esta pandemia, ¿Qué cambiará más? ¿El espacio público o el privado?

—Deseo que el espacio público, es donde veo más carencias.

Y las terrazas, ¿se consolidarán o han sido como un amor de verano?

—Ja, ja, ja, en algún aspecto como un amor de verano. Lo fundamental es hacer hogares que no sean cajas de zapatos, que tengan una buena relación con el exterior.

Las casas se han tenido que transformar de un día para otro para convertirse en oficinas y en aulas. ¿Cambiará esta pandemia la forma de construir?

—La manera en la que vemos nuestras casas y hogares, es ahí donde hay que cambiar la mirada. Sin lugar a dudas el confinamiento nos ha cambiado. Se ve lo que es imprescindible en un hogar y lo que no. Quizás menos objetos inútiles y más confort.

Y quienes tenemos piso, aunque sea a medias con el banco, ¿deberíamos ir pensando en hacer reforma? ¿Más cocina para compartir con familia y amigos? ¿Menos salón para evitar el sedentarismo?

—El hogar es algo muy serio y debe responder a las necesidades de la familia. Ha de ser un lugar de encuentro para toda la familia, tiene que ser un lugar confortable y un refugio. Y aunque hay básicos comunes para todos, cada uno debe hacerlo suyo. Contratar a un arquitecto es fundamental para crear ese cobijo. Porque somos los que escuchamos esas necesidades humanas de los que habitan.

Leí el otro día una entrevista con dos arquitectos [Senet y Seandra] y decían que la ciudad no se hace con dinero ni con infraestructuras sino con el uso que se hace de ella. ¿Está de acuerdo?

—Construir y habitar, no existe lo uno sin lo otro.

Su firma es visible en Bilbao (Glas Eraikuntza en la calle Jaén y, al ladito en Ametzola, el edificio teñido de rosa fucsia). ¿Teme que la villa se convierta en un espacio impersonal, una ciudad de personas sin ciudad?

—Bilbao no lo está haciendo mal, está recogiendo lo mejor de la arquitectura internacional. Hace mucho que tiene un proyecto de futuro, de transformación, de industrial a residencial, y no se ha olvidado del espacio público, de reconvertir espacios como la antigua Alhondiga o del cubrimiento de las vías ferroviarias con zonas verdes y paseos. Recuperar la gran ría de Bilbao como eje vertebrador de la nueva ciudad desde el casco antiguo, pasando por el centro y terminando con Zorrozaurre. Abrir la ciudad al mar valorando los núcleos de población del entorno, como Getxo. He sido muy sensible a este proceso de transformación, poniendo en valor la vivienda individual con el espacio colectivo en los trabajos que he realizado y estoy realizando en Bilbao. Como decía al principio, me sentía bien pensando en que los habitantes se sentían a gusto y así me lo hacían saber.

"Me consolaba pensar que en la arquitectura que yo hice sus habitantes se sentían cómodos"

"He echado de menos planes urbanísticos transitorios, de igual manera que regulamos bares y terrazas"

"Lo fundamental es hacer hogares que no sean cajas de zapatos y tengan buena relación con el exterior"


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