Taiwán, la isla de las sorpresas

Agitada por muchas luchas intestinas, Taiwán es una referencia a nivel global de un desarrollo industrial y tecnológico que jamás pudo haber soñado

13.05.2020 | 21:18
Dos jóvenes observan desde un alto el centro de Taipei.

Algo tendrá la isla de Taiwán cuando los portugueses, al descubrirla en el siglo XVI, le dieron por nombre Formosa; es decir, hermosa. Realmente no la podían haber bautizado mejor, porque sus poco más de 36.000 kilómetros cuadrados tienen una geografía tan caprichosa como bella, que abarca también el archipiélago de los Pescadores y los islotes Matsu y Quemoy. Para que me entiendan, sitúense en la zona sur de la barriga con la que China mira hacia el Pacífico y a dos pasos de los territorios isleños de Japón.

"Pero, ¿eso no es China?", preguntará alguien. No crean que la respuesta es fácil, porque se le da el nombre de China al territorio continental propiamente dicho, mientras que a éste se le llama República de China. Hace años era la China Nacionalista que comandaba Chiang Kai-shek. Ahora tiene un régimen especial, si bien la mayor parte de sus cerca de 25 millones de habitantes se consideran chinos. Han leído bien: 25 millones de habitantes en un terreno tan pequeño. A pesar de que a veces el tráfico en Taipei, la capital, es infernal debido a tal densidad de población, estas gentes, que parecen ir de un lado a otro teledirigidas, siguen manteniendo un enorme apego a sus costumbres ancestrales.

No es cuestión de repasar su historia metiéndome en cuestiones dinásticas y en el continuo baile de poderes que ha tenido la isla. Me fijo más en los aspectos originales de sus costumbres, tan distanciadas de las nuestras, unas tradiciones que se pierden en los tiempos, cuando tribus chinas y malayas fueron asentándose en el lugar para ir transformando aquella pesca inicial en el emporio industrial y tecnológico que es hoy.

"La religión ha tenido siempre una influencia destacada", dice Hau-Wei, el guía. "Une a todos los micropueblos de Taiwán, cada uno de los cuales habla su propio dialecto. Siete son los principales, pero hay otros más de menor incidencia. Nos entendemos gracias al wenywn, que es el idioma unificado en el que vienen todos los documentos oficiales. Increíble para un terreno tan pequeño, ¿verdad?".

Una de las fiestas más arraigadas en Taipei es el Desfile de los Ocho Generales. Se celebra con toda pompa y esplendor, lo que equivale a decir que los cohetes y las tracas ejercen un protagonismo casi similar al de una comitiva que, portando armas simbólicas e instrumentos musicales, hace el recorrido por una importante zona de la capital con unos pasos misteriosos de cuyo origen nadie sabe el significado.

Miles de motoristas cruzan un puente en Taipei para ir al trabajo.

Plaza de la Libertad, y más


En realidad, estamos ante el homenaje que la población rinde a los dioses protectores para que el año sea propicio, todo un acontecimiento que puede ser rematado en Taipei con la asistencia a un buen recital en el Concert Hall o una representación en el Teatro Nacional. Ambos edificios, que arquitectónicamente son muy parecidos, se encuentran uno frente al otro, en la bella plaza de la Libertad, cerrada por otras dos emblemáticas construcciones, la Puerta de la Gran Centralidad y la Honradez Perfecta –tal es su nombre completo– y el monumento conmemorativo al general Chiang Kai-shek. En uno y otro punto nadie se resiste a fotografiarse.

Se entre o no se entre en cualquiera de los dos coliseos, hay otro espectáculo en el exterior que merece la pena verse: su arquitectura. El viajero quedará con la boca abierta cuando vea el detalle de las formas arquitectónicas del Teatro Nacional, con sus tejados curvos, olores llamativos y contornos intrincados. Es un estilo que combina formas rectangulares que varían en tamaño y posición según la importancia. Al parecer, todos los edificios de estilo tradicional chino tienen un exterior tan imponente como dinámico e intrigante.

Uno de los polos de atracción religiosa de Taiwán es el monte Tapachien, situado en la cordillera central, integrado en el popular Parque Nacional Shei-pa. Se le atribuyen propiedades milagrosas, por lo que es frecuente encontrar ante él a nativos que, con un impresionante respeto, hacen sus oraciones. "Las principales peticiones están dirigidas a la salud de los mayores. Aquí existe un gran respeto por los ancianos. Posiblemente la razón hay que buscarla en el reconocimiento a su experiencia, porque en los momentos extremos solo ellos saben cómo dejar a un lado o eliminar a los espíritus malignos. De nuevo entramos en esta mística", añade el guía.

Cuando una persona mayor taiwanesa va a celebrar su cumpleaños, la familia prepara el acontecimiento de víspera, y lo primero en lo que repara es en la tarjeta postal que le va a entregar acompañando al regalito correspondiente. Lo de la tarjeta –algo que nosotros casi hemos olvidado– es indispensable, porque en ella va escrito el deseo de todos los suyos de una gran longevidad. A estos mensajes le acompañan siempre citas de tres sabios, Fu, Lu y Sou, que según la tradición tienen recetas para prolongar las vidas.

Pero no es el texto lo que más nos llama la atención, sino los maravillosos dibujos que adornan las postales, obra de auténticos especialistas. Algunas son perfectas obras de arte.

Las religiones más practicadas, el confucionismo, el taoísmo y el budismo, convergen en el culto a los antepasados. Esta temática se encuentra incluso en los espectáculos de títeres, que en Taiwán son muy populares. Es más, cuando se asiste a alguno de ellos es seguro el asombro ante la habilidad manual de quienes ponen en movimiento los muñecos. Hay que prestar atención también a las cabezas de estos, porque en la mayor parte de los casos son rostros de porcelana artísticamente elaborados y con unas expresiones tremendamente efectistas. En los últimos años, los títeres taiwaneses han adquirido fama universal merced a la importancia que sus realizadores le han ido dando a la iluminación de color, con la que crean atmósferas de impresionante dramatismo.

Jade, regatas, faroles...


Pero a Taipei no se va únicamente a ver teatro de títeres. La ciudad dispone de un Museo Nacional que recoge más de 200.000 obras de arte milenario chino, la mayor parte de las cuales son únicas en el mundo. Las piezas se han ido coleccionando con auténtico esmero a lo largo de cientos de años, por lo que su visión requiere una especial atención. A la salida es difícil sustraerse a la tentación de comprar una pieza de jade, barata o cara, solo sea por inmortalizar el hecho de haber pasado ante semejante exposición. En realidad, el jade tiene aquí una simbología muy especial, ya que representa la nobleza en el hombre y su caballerosidad.

Otros elementos característicos son las lacas, que requieren innumerables horas de esfuerzo para los artesanos. Cuando están en pleno trabajo recuerdan a los árabes, que se dejan las dioptrías haciendo los dibujos de las bandejas en cualquier rincón de los bazares. Tal vez aquí el artesonado sea más pausado y refinado, pero la habilidad de sus ejecutores es la misma.

Los hijos y nietos de estos auténticos artistas se toman la vida de otra forma. En Taiwán existe una gran afición por el circo, por lo que no es raro encontrar a numerosos jóvenes haciendo gala de su agilidad en cualquier espacio libre del agobio multitudinario. Aprovechan para la práctica de saltos y la exhibición de habilidades dignas del mejor circo. Aquellos volatines de nuestra niñez y adolescencia están aquí ampliamente superados por amateurs dispuestos a formar parte de cualquier espectáculo. ¡Y qué decir de la maniobrabilidad sobre una bicicleta!

Las Regatas del Dragón y el Festival de los Faroles son dos citas anuales que los jóvenes nativos siempre tienen presentes. Importa poco que unos sean de una etnia u otra, porque el entendimiento es unánime. Llama la atención el espíritu que reina en las regatas, porque en el fondo, más que competir –que también–, lo que se hace es rendir homenaje a Chu-Yuan, el primer poeta chino de importancia. Vivió en tiempos anteriores al cristianismo, pero a pesar del tiempo transcurrido sigue siendo todo un icono entre la juventud.

Luces al cielo en el Festival de los Faroles.


"Se rebeló contra el régimen político de su época denunciando las injusticias que se cometían. A pesar de pertenecer a la nobleza fue desterrado a una zona intrincada de la selva virgen donde escribió la mayor parte de su obra literaria. Se suicidó ahogándose en las aguas del río Miluo para convertirse involuntariamente en poco menos que un gurú. Cuenta la leyenda que, al enterarse, muchos jóvenes de la región acudieron al lugar en canoas turnándose. Con los gongs que portaban armaron un ruido infernal cuyo fin era alejar del lugar a los peces para que no mordieran el cuerpo del poeta", concluye Hau-Wei.

El alboroto es más propio del Festival de los Faroles que congrega a miles de jóvenes en la ciudad de Tenshui, provincia de Tainan. Empieza suavemente, cumpliendo con otra tradición: lanzan al cielo una especie de farolas de papel en las que se escribe un deseo. La acción de una lamparilla encendida en su interior hace que el artilugio ascienda al cielo y se pierda en la lejanía. La brusca irrupción de la música marca el comienzo de la segunda parte del festival, que viene a durar toda la noche. 

Un consejo como regalo


A pesar del guirigay que se suele armar en horas punta de determinados días, sobre todo en la capital, Taiwán dispone también de rincones para la intimidad; lugares como el espectacular acantilado de Chingshui, en la provincia de Hualien, en la costa Este, donde la vista del horizonte desde lo alto de sus imponentes acantilados permite meditar sin que estorbe el ruido de las olas al estrellarse contra las rocas.

Vista del acantilado de Chingshui.

Taiwán es mucho más que camisas de algodón y sucedáneos baratos de productos occidentales. Sus gentes, de carácter sencillo a pesar del estatus en que viven gracias a sus principales fuentes de riqueza, el carbón y el petróleo, te dejan una impresión de confraternidad como pocas veces se encuentra en otros países.

Una anciana de una aldea, donde principalmente se cultiva la colza, me hizo un regalo de despedida que nunca olvidaré. No me obsequió, como suele ser habitual, con fruta ni con la artesanía que ella practica. Aún la recuerdo en pleno campo amarillo. Nos cruzamos las manos a sabiendas de que nunca más volveríamos a vernos. Me susurró unas palabras. Volví mi cabeza al guía y escuché la traducción: "Si quieres agrandar los campos de tu felicidad, comienza por nivelar tu corazón".