Antonio Lucas: "El marino es un hombre hecho de extrañamientos"

Antonio Lucas ha volcado en 'Buena mar' la experiencia y las emociones que se colaron en su interior tras hacer un viaje de 21 días en un arrastrero por los caladeros de Gran Sol. asegura que No va a volver a un lugar donde cielo y mar se convierten en una prisión.

04.10.2021 | 09:22
El escritor madrileño ha escrito sobre su dura experiencia en el caladero Gran Sol.

En Buena mar resuenan los silencios, aunque parezca una contradicción. Antonio Lucas se embarcó en junio de 2018 en un viaje a Gran Sol, ese lugar que todos conocemos de oídas pero que puede convertirse en una prisión con barrotes de agua y nubes. En el libro, el narrador madrileño habla de la vida de once personas que viven la mayor parte del año pendientes de las capturas y capeando todos los temporales que el Atlántico Norte les puede deparar entre marea y marea de pesca. Buena mar es también mala mar. El libro pone en valor la dureza de un trabajo que sirve para alimentar millones de estómagos y que está salpicado de ausencias y muchos silencios.

Su libro Buena mar nace de un viaje a Gran Sol con el fin de hacer una serie de reportajes...
Y Gran Sol es uno de los caladeros más peligrosos de pesca de altura del mundo. Es una de las zonas más intempestivas y diabólicas del mar. Estuve embarcado y se hicieron los reportajes, pero quedaba algo más que contar.

¿En qué sentido quedaba algo más que contar después de varios reportajes narrando su experiencia, la convivencia en un barco y cómo se trabaja en alta mar?
Los reportajes son la mirada de un testigo que es periodista y que se embarca para relatar esa aventura, pero en ellos faltaba una parte muy emocional que el periodismo no admite. Lo que faltaba tiene mucho que ver con los sentimientos que inspira esa experiencia en alguien que ha vivido con intensidad el viaje por los caladeros de Gran Sol, así que después de los reportajes me puse a escribir de nuevo sin saber muy bien hacia dónde iba.

Y le salió una novela.
Sí. Me di cuenta de que la literatura era lo que necesitaba. La ficción por un lado, lo real por otro y un personaje, el narrador, que es un tipo que se puede parecer mucho a mí. Con estas luces y sombras se fue armando Buena mar.

¿Es usted?
No exactamente, pero la voz de ese narrador lleva dentro muchas de mis experiencias en aquel viaje. No sabía muy bien hacia qué puerto iba ni por qué, pero escribir sobre todas esas emociones era algo que tenía que hacer. Tenía que contar todo sobre aquellos once marineros que estuvieron conmigo y que fueron los seres más auténticos que me he encontrado en mi vida.

Buena mar es un título que nada tiene que ver con lo que viven los marineros en el Atlántico Norte. Quizá hubiera sido más real Mala mar.
Ja, ja, ja€ Eso es. Gran Sol es muy mala mar, terrible mar. Es una mar muy feroz que siempre te mantiene alerta. Hay un permanente chantaje de miedo, de incertidumbre, incluso de desamparo, en medio de aquella masa de agua de más de veinte días que duró la marea a la que fui.

Y con unas condiciones muy limitadas.
La habitabilidad es muy limitada en un arrastrero. Son barcos llenos de peligros, así que tienes razón, mala mar. Buena mar es lo que ellos en su mejor estímulo se dicen cuando se despiden: Que haya buena mar. Pero saben que su viaje y su destino es a uno de los peores mares del mundo.

Usted es de Madrid. ¿Qué hace un hombre de tierra adentro enrolado en un pesquero que recorre el inhóspito Atlántico Norte?
Y además mi experiencia marinera es mínima. Fue de una manera muy inconsciente y por azar, por un amigo, el periodista Manuel Villanueva de Castro, cuyo padre es marinero en Gran Sol y su hermano murió en estos caladeros cuando tenía 29 años, en su primera marea. Cuando me contó esa aventura, en un arrebato le dije que iba a hacer la travesía de su hermano. Tuvimos una discusión y él me decía que no, que era una locura.

Locura de la que no desistió.
La verdad es que no sabía dónde me metía. No sabía lo que suponía para un tipo del centro de Madrid llegar hasta Gran Sol. Solo tenía sobre ese lugar unas vagas referencias a través de Ignacio Aldecoa.

Gran Sol, considerada su mejor novela.
Él también se embarcó, lo hizo en un pesquero vizcaíno, a mí me fascinó esa novela y fantaseé con hacer lo mismo. Pero es algo que se te olvida cuando tu vida no está cerca del mar. Cuando se presentó la oportunidad, que como digo fue bastante azarosa, volvieron todas las lecturas de aquel Aldecoa fangoso y genial. Además comprobé que tampoco se había hecho mucho sobre Gran Sol. No vi mucho más desde dentro, algún reportaje, no novelas.

¿Compensó la aventura sus expectativas?
La mitología que hay sobre esa zona del mar es tal como nos la cuentan los marineros o la hemos visto en documentales. Doy fe de que vivir en aquel lugar es hacerlo en uno de los peores territorios del planeta.

¿Se arrepintió del viaje en algún momento?
Sí, desde el minuto uno. Embarqué en Castletownbere, en el suroeste de Irlanda, un puerto pesquero muy chiquitín. Es el lugar donde las flotas descargan el pescado que capturan en cada marea. Desde que llegué allí vi la dureza de esa vida, vi los barcos llenos de cicatrices, de soldaduras, de óxido, de abolladuras€ Viendo todo aquello dije: Caray, qué hago aquí. Y dentro del barco ya, me arrepentí todos los días varias veces.

Aunque una vez dentro no podía dar marcha atrás, ¿frustrante?
No. Se compensaba mi asombro y a veces mi terror con la enorme bondad y la inmensa generosidad de aquellos once marineros, que para mí fueron padres, hermanos, amigos y mi salvoconducto para volver a tierra con el cuerpo entero.

Le conocemos como periodista y sobre todo como poeta. ¿No daba su experiencia en Gran Sol para hacer poesía?
No, en absoluto. Por lo menos a mí no. Quizá haya otros hombres y mujeres que sean capaces de armar metáforas, pero creo que Gran Sol, como todos los mares tan feroces, tan salvajes y con tanta personalidad, no acepta ni a los poetas ni a los héroes. Esos mares atienden a aplastar poesía y heroicidad y convierten a los poetas y a los héroes en lo único que pueden ser en esos lares, en náufragos.

Esta es una novela para la que habría necesitado poca documentación, porque con el viaje la tenía toda.
Efectivamente. Buena mar está hecha evocando más que consultando. De aquel viaje de 21 días solo traje un cuaderno con siete u ocho páginas escritas y, además, muy esquemáticas. Eran datos técnicos del barco. Allí no me concentraba para escribir nada; el mar te exige alerta permanente y en los buenos momentos€

¿Hay buenos momentos?
Sí, claro, son los momentos más plácidos del agua. Esta es una novela que he escrito porque lo he vivido todo, no soy exactamente el narrador. Pero también me he despertado a cualquier hora de la noche, he pasado días de dormir tres horas, que es lo máximo que se duerme en un barco de ese tipo... Incluso he estado veintitantas horas sin poder dormir por un temporal.

¿Cuestión de expulsar lo que había quedado dentro después de los reportajes?
Exacto. Era una novela que tenía que desalojarla de dentro. Me traje todo aquello y me lo traje en la humedad, en el frío, en los buenos ratos y también en los momentos más inclementes.

Un barco suele tener poco espacio de habitabilidad. ¿Es difícil la convivencia dentro?
Es muy respetuosa. Ellos tienen unos protocolos muy singulares, no son los que tenemos en tierra. La convivencia consiste en que ante algo malo se convierten en un solo hombre, ante los problemas son un grupo compacto e inquebrantable. Pero en el día a día, en la faena de la pesca de altura, es gente que abre muchos pabellones de silencio. La gente que pesca en Gran Sol no es muy dada a hablar. Los silencios los entiendes pronto y aprendes a no romperlos, a no alterarlos; entiendes esa forma que tienen ellos de mirar al horizonte cuando hay un rato libre.

¿Silencios para recordar lo que hay en tierra?
Puede ser. El marino es un hombre hecho de extrañamientos. Extraña la tierra, extraña a la familia, extraña el hogar€ Extraña todo lo que no es estar allí.

¿Y qué es estar allí?
Una condena muchas veces. Es algo muy desapacible. Además, es muy raro vivir en el mar. Estas personas pasan 300 días al año en el mar, y el mar no es un lugar para vivir, es un lugar de paso. Cuando un marinero entra en el mar su única obsesión es volver a salir, y volver a salir entero.

A veces decimos: Peor es trabajar en la mina. Escuchándole parece que es mucho peor ir a los caladeros de Gran Sol.
Pero sin quitarle ni un gramo de dureza a la mina, ni tampoco de peligro. Yo también se lo he preguntado a ellos, y es un oficio tan jodido y tan cabrón como el de la mina, pero hay una salvedad: el minero va a dormir a casa todas las noches y está con su pareja, con sus hijos, con sus amigos€ Los marineros, no. El marinero que sale de puerto sabe que hasta después de dos meses y medio, si todo sale bien, no regresará a su casa. Son más las noches que duermen fuera que las que lo hacen en su habitación.

¿Su experiencia no concilia con la mar?
Es una experiencia que te hace ver que el mar no es el que vemos desde la costa, desde la playa. Es cierto que hay navegantes que saben manejar los códigos del mar, pero no hay conciliación, no hay reconciliación, lo que hay es una exaltación de la dureza del mar. Es como cuando uno ve un jardín y se imagina cómo será la jungla.

¿El mar puede ser una prisión?
Es que no hay nada alrededor. Si lo ves desde un pesquero de arrastre, desde donde estaba yo, es muy abrumador. Tú solo ves cielo y agua. Durante todo los días, que en mi caso fueron 21, todo es cielo y agua; cielo y agua. Eso arrasa mucho el ánimo. El cielo en plena mar es un elemento muy invasivo, parece más bajo de lo habitual. Te da la sensación que el cielo y la mar son fauces que si en un momento dado se juntaran, te partirían por la mitad. Aunque te parezca que estando en la cubierta del barco es todo libertad porque ves todo abierto, puede ser muy claustrofóbico tener solo cielo y mar.

Así que su próxima experiencia marina será un crucero de lujo.
Ja, ja, ja€ Más en una zodiac. Supongo que un viaje marino que pueda ser utilizado en periodismo o literatura no va a ser una opción. Lo que sí sé es que después de haber cumplido este objetivo de escribir sobre Gran Sol, no volveré.

¿Va a insistir en escribir novela?
No lo sé, me gustaría, pero nunca sabes por dónde te va a llevar la vida. Lo que voy a hacer es prestarle atención a la poesía, porque he estado apartado de ella mucho tiempo. Me apetece volver.

¿Ritmos diferentes?
Sí, son procesos más lentos, más imprevistos€ A la novela uno se entrega con un ritmo de horarios. Es diferente.
En alta mar se relativizarán las convulsiones políticas o económicas€ Nada tendrá la misma importancia.
Esas cosas no tienen cabida en alta mar, y mira que hay momentos vacíos, pero no. Todos los pequeños adornos que están en tierra firme allí no importan para nada. Esos ruidos que tenemos en tierra, redes sociales, comentarios, declaraciones, todos estos jaleos de nuestro a día a día, allí no existen. Solo importa lanzar y recoger cada tres días las redes. No hay ruidos de los que escuchamos aquí. En ese sentido sí que alta mar es un lugar plácido. 

PERSONAL
Edad: 45 años (28 de diciembre de 1975).
Lugar de nacimiento: Madrid.
Familia: Su pareja es la periodista y también escritora, Lara Siscar. Son padres de gemelos, un chico y una chica, de seis años.
Formación: Estudió Ciencias de la Información.
Trayectoria: Es director de La esfera de papel (El Mundo). Comenzó a trabajar como periodista en este diario en 1996. La poesía es una de sus pasiones y ha sido reconocido por ella en varias ocasiones.
Publicaciones: Antes del mundo, Lucernario, Las máscaras; Los mundos contrarios, Los desengaños, Vida de santos, Fuera de sitio, Hacia la luz del fondo y Los desnudos. Este año ha publicado su primera novela: Buena mar.
noticias de noticiasdealava