Han pasado muchos siglos desde que se dilucidó qué imperio dominaba el Mediterráneo. El asunto se resolvió en unas guerras que favorecieron a Roma a pesar de que la astucia del general contrario, el gran Aníbal, estuvo a punto de decidir el final de la contienda con resultado opuesto. Los vencedores arrasaron el terreno vencido y así se terminó con una cultura que sucumbió en deseos de conquista.
De aquellos puertos púnicos, prodigio de instalaciones navales en su tiempo, no quedan más que ruinas. Se mantiene, eso sí, el extraordinario clima que dio nombre a una zona privilegiada, bautizada acertadamente como Cabo Bueno, donde aquellos generales de leyenda ubicaron sus mansiones veraniegas. Mediterráneo de por medio, estaban las residencias de los patricios romanos, sus eternos rivales.
Supieron elegir el emplazamiento: playas con fina arena africana, temperaturas que no sobrepasan los 25 grados y una suave brisa marina que acaricia los cuerpos. Esto es lo que no ha cambiado ni se ha perdido. Es uno de esos lugares que todavía no ha descubierto el masivo turismo internacional. Todo está como si no hubiera ocurrido nada desde que la capital del mundo púnico no hubiera sido codiciada por sus conquistadores.
…y en medio, el Mediterráneo
El de Agathocle no es un nombre que brille en los libros de Historia por sus hazañas, pero tuvo una cierta importancia en la época de los césares. Era conocido como el tirano de Siracusa, un sobrenombre ganado a pulso tras las sangrientas incursiones llevadas a cabo en esta costa cartaginesa y que él justificaba porque sabía que aquí estaban las canteras de Gheir El-Kebir, de donde se extraía el material pétreo que servía para la ampliación de Cartago, la gran capital púnica, y para construir sus residencias de recreo en Kerkouane.
Los generales cartagineses trataban de emular a sus colegas romanos y entre ambos, como si de una insalvable frontera se tratara, un Mediterráneo dominado por quienes se miraban de costa a costa y no con buenos ojos.
Los ejércitos de uno y otro bando cruzaban la corta distancia que les separaba y se enzarzaban en luchas que hoy son recreadas por el cine épico. En la actualidad, una de las principales bazas turísticas de Italia la constituyen las ruinas que quedan en pie de aquel imperio. “Quien no ha visto el Coliseo no ha estado en Roma”, afirma el dicho popular. La otra parte de aquella historia está en Túnez.
Salambó, la hermana de Aníbal
Lo que queda de la Roma imperial lo conocemos todos, pero ¿qué ha sido de Cartago? Una de las novelas de época que mejor retrata aquella vida púnica de placeres es Salambó, original del francés Gustave Flaubert que ha tenido sus versiones operísticas a cargo de Musorgski y Reyer, y en el cine bajo la dirección de Sergio Grieco. La protagonista del relato, hija del general cartaginés Amílcar Barca y hermana del mítico Aníbal, fue elevada a la categoría de diosa con el nombre de Astarté y se le puso al frente del negociado de la fertilidad.
Salambó es hoy uno de los barrios de élite más importantes de Túnez-capital. Grandes mansiones con amplios jardines y unos ocupantes que gozan de la brisa marina y del espectáculo que ofrecen las ruinas de los puertos púnicos, aquellos de donde partieron las flotas que pretendieron acabar con los césares. La zona ocupa un litoral de unos 25 kilómetros y mantiene el carácter sagrado que tuvo en otro tiempo.
No hay unanimidad a la hora de dirimir quién fundó Cartago. Una leyenda apunta que fue la princesa Dido tras huir de Tiro por la persecución de que la hacía objeto su hermano Pigmalión. Otras fuentes aseguran que la ciudad fue fundada en 814 antes de Cristo por una expedición enviada por el rey de Tiro. Lo realmente cierto es que los romanos la arrasaron en 146 a. de C. dejando únicamente la magnífica estructura de su puerto y poco más.
La visita a Cartago resulta obligada a poco interés que se tenga a la hora de hacer un turismo que pide algo más que sol y playa. No en vano fue la ciudad más importante del Mediterráneo después de Roma y Alejandría, y punto de partida del cristianismo en el norte de África. El auge que experimentó la convirtió en fruta deseada de vándalos, bizantinos y árabes hasta que fue abandonada en el siglo VIII en beneficio de Túnez. Y a pocos kilómetros el gran milagro de la arquitectura, Kerkouane, amparada hoy con todo merecimiento por la declaración de Patrimonio Mundial.
Un púlpito hacia el mar
Kerkouane tuvo una vida efímera. En tan sólo dos centurias se convirtió en uno de los rincones más ricos en cultura. Las continuas batallas que se libraron en la zona acabaron con aquellas construcciones espectaculares y sus ruinas quedaron sepultadas durante mucho tiempo. Fue necesario el interés de los historiadores para descubrir el misterio que escondía aquel mirador.
“No hay la menor duda de que el perfecto trazado urbano de esta ciudad fue obra de un gran equipo de arquitectos. Sus ruinas aportan testimonios materiales de gran valor”, me comenta Nadir, el guía que me acompaña.
La historiografía contemporánea le da dos nombres a su abandono: el ya citado tirano de Siracusa, que semi-destruyó la ciudad antes de proseguir su ruta hacia Cartago, y el cónsul Marco Atilius Regulus que, en el año 256 antes de Cristo y por encargo del senado romano, remató la faena antes de caer muerto ante la capital púnica. Kerkouane no pudo sobrevivir esta vez y se dejó enterrar bajo las arenas.
El resurgir
La ruta de Túnez-capital hasta Kerkouane es una de las más agradables de la ribera tunecina. En este lugar se daba cita la opulencia y aquí vivían los propietarios más distinguidos de Cartago que gustaban de sus riquezas y de los placeres de la vida. Hoy es un emplazamiento que evoca permanentemente la vida cotidiana y la arquitectura doméstica de este período. Llaman la atención las técnicas de construcción utilizadas y que se advierten en capiteles, estucados, moldes de decoración interior, pavimentos…
Las avenidas, con anchuras superiores a los cuatro metros, favorecieron la circulación peatonal. Son rectas y están cortadas perpendicularmente, como si un damero se tratara, formando manzanas con las viviendas. Los establecimientos religiosos y sociales disponían de amplios espacios en sus antesalas… Las salas del baño públicas se encuentran en excelente estado de conservación y no necesitan explicación alguna. Disponen de un vestidor y una bañera, ambos con suelo de mármol blanco, y un perfecto sistema de drenaje de aguas.
Las calles tenían su dedicatoria. Aún se puede leer el nombre de Sphinx en una de ellas. En la puerta de acceso, señalada con su número correspondiente, también ponían el anagrama o el dibujo del dios que les debía proteger, Tanit en la mayor parte de los casos.
El sistema de distribución de las habitaciones en las viviendas no se diferenciaba mucho de las actuales: vestíbulo, baño, la cocina con su asador y depósito de brasas, y el salón del que se pasaba a los dormitorios. Es indudable que tal planificación fue realizada por un arquitecto que sabía lo que se traía entre manos.
Desenterrar la Historia
Los trabajos de investigación sobre lo que fue la gran ciudad del ocio comenzaron en 1953 bajo la dirección científica del arqueólogo Pierre Cintas, inspector de antigüedades púnicas de Túnez, con la ayuda de su prestigioso colega Ernest G. Gobert. Las excavaciones llevadas a cabo desde entonces han sacado a la luz una gran cantidad de jarrones de forma cerrada relativamente bien conservados.
El templo de Kerkouane parece haber estado abierto al culto de más de una deidad, a juzgar por las dos capillas y las figurillas de terracota. Junto a un culto dirigido a Tanit, parece ser que también se adoraba a dos deidades masculinas, una con cabeza barbuda y otra sin ella. Hay quien opina que el primero bien pudo haber sido Baal, el dios de la tormenta. El material más viejo encontrado en Kerkouane se remonta al siglo VI antes de Cristo, si bien hay historiadores que apuntan su nacimiento en época anterior. Hoy es causa de admiración de cuantos se acercan a conocer lo que fue la Marbella de Aníbal.
La cruel diosa Tanit
Cuando los romanos arrasaron Cartago respetaron el santuario dedicado a la diosa Tanit, tal vez por temor a represalias religiosas ya que se trataba de la diosa más seguida en la mitología cartaginesa. Sus poderes abarcaban terrenos tan amplios como la sexualidad, la fertilidad, la guerra y la luna.
En la actualidad, este lugar es un área sagrada donde antiguamente, sobre todo en épocas de conflictos bélicos, se sacrificaba al primer recién nacido de una pareja para que la suerte les fuera propicia. Los cadáveres eran introducidos en una especie de minúsculos sarcófagos de piedra y así es como se encuentran hoy, con el lógico desorden provocado por los saqueos sufridos a lo largo de la historia. Tras esta visión, choca encontrar algunas representaciones maternales de Tanit sentada, sosteniendo a un niño junto a su pecho.