Ficha práctica
- ACCESO: Urruña queda junto a la carretera RN-10, que une Hendaia y Donibane Lohitzune.
- DISTANCIA: 3 kilómetros.
- DESNIVEL: 100 metros.
- DIFICULTAD: Fácil.
“Cara ancha y juanetuda, esqueleto fuerte, pómulos salientes, distancia bicigomática –latero lateral de la cara–, fuerte, grandes ojos azules o verdes claros, algo oblicuos. Cráneo braquicéfalo, tez blanca, pálida y pelo castaño o rubio; no se parece en nada al vasco clásico. Es un tipo centro-europeo o del norte. Hay viejos de Bozate que parecen retratos de Durero, de aire germánico. También hay otros de cara más alargada y morena que recuerdan al gitano”.
Con esta definición tan brutal presentaba el escritor Pio Baroja a una de esas razas malditas que hemos tenido en Euskal Herria: los agotes. Una comunidad, profundamente maltratada por la incultura y el odio, que ha dejado huellas en la geografía vasca. Conozcamos una de estas trazas, y de paso los bellos parajes que la acogen. Nos vamos a Urruña.
Mecida por el salitre del cercano mar Cantábrico, la localidad labortana de Urruña se agazapa plácidamente entre el océano y los Pirineos. En su centro, la iglesia de San Vicente guarda las trazas de este aislamiento al que fueron sometidos los agotes; pero vayamos por partes.
Comenzaremos un sencillísimo paseo que, a cambio, nos regalará bellas vistas sobre el entorno de Urruña, desde el aparcamiento habilitado en el centro de la localidad. Girando a la derecha nada más salir del parking, descendemos en dirección N., por la rue Chemin d’Aguerrenborda. A los pocos metros, topamos con un cruce donde continuamos por la derecha sin abandonar la carretera principal. Caminamos junto a bellas casa labortanas de blanco inmaculado mientras abandonamos el núcleo central de Urruña. Ascendemos hasta un bonito robledal y encontramos un cruce, cuando llevamos caminados unos 400 metros. Un nuevo desvío sale a nuestro encuentro, donde optamos por seguir a la derecha, teniendo unas preciosas vistas de Urruña recortándose sobre el pico Larrun. Otro cruce nos obliga a girar a la derecha, entre el bosque, y continuar ascendiendo hasta un marcado cruce. A nuestra izquierda, alcanzamos en breve la ermita de Nuestra Señora de Sokorri.
La ermita data del siglo XVII, cuando el puerto de Hendaia pertenecía a Urruña y los marineros de la localidad solían navegar hacia el puerto francés de Ré. Este puerto se encontraba en manos de los ingleses, con los que Francia mantenía un enfrentamiento. Cuentan que, un buen día, hallándose un grupo de marinos labortanos en Ré, se vieron de frente con la armada inglesa. Tratando de huir, de pronto el viento dejó de soplar, dejando a los de Hendaia a merced de los británicos. Los marinos comenzaron a rezar a la Virgen María pidiéndole un viento favorable. Juraron que, si conseguían huir, le construirían una iglesia con el nombre de Nuestra Señora del Buen Socorro. Sus oraciones fueron atendidas y el viento comenzó a soplar de nuevo. A su regreso, los hendayeses cumplieron con su promesa construyendo la ermita en la que estamos.
El descenso lo realizamos por la calle rue Notre Dame de Socorri, que nos lleva directamente a Urruña. Una vez en el pueblo, buscamos la céntrica iglesia de San Vicente, para visitar uno de esos misterios de nuestra geografía insólita. Una vez dentro, a mano derecha, vemos una curiosa aguabenditera, datada en el siglo XVI, con tres huecos para meter la mano. Esto se debía a un objetivo claro: por uno metían su mano los paisanos y, por otra, los agotes, de forma que sus manos no chocaran.
Varias de las tesis coinciden en que el origen de los agotes pudiera estar en descendientes de leprosos, que fueron marginados durante la Edad Media. Otra versión los sitúa como descendientes de godos, que se asentaron en la zona sur de Francia, desde la que llegarían a tierras vascas. Se ha barajado la posibilidad de que fueran cátaros, movimiento cristiano considerado como una herejía por la iglesia. También judíos, musulmanes, e incluso miembros de ejércitos Albigenses que llegaron a Nafarroa desde Italia, vinculados con los cataros ya mencionados, o gentes fugadas de la justicia.
Hasta el propio nombre es un misterio, barajándose igualmente varias opciones para explicar su origen. En occitano bearnés a la voz cas gotsse le da el significado de “perros godos”, que por contracción dio origen a la palabra cagots con la cual se conocía a ciertas comunidades de agotes.
No solo esta aguabenditera era la forma en que se marginaba a los agotes en varios puntos de la geografía vasca. Debían entrar por una puerta diferente a la iglesia, no podían subir al altar a realizar una ofrenda durante la misa, tenían un sitio aparte de la comunidad en el templo y no podían ser ordenados sacerdotes. Sólo podían casarse entre ellos, tenían que vivir fuera de los núcleos habitados, debían vestir ropajes diferenciados y hacer sonar una campanilla a su paso para que los no agotes se apartaran.
En el hipotético caso de que un agote se casara con una mujer no agote, algo prohibido, por supuesto, sus descendientes pasarían a ser automáticamente agotes.
Se les llevó a marcar físicamente, para identificarlos y poder alejarse de ellos. La marca que se les imponía era una señal roja en su espalda con forma de pisada de gato, animal unido tradicionalmente con las brujas y el diablo; no es casualidad. Se pensaba que el contacto con su piel contaminaba prados y sembrados; por ello, si a un agote se le pillaba descalzo sobre una heredad pagaba serias consecuencias. Era azotado, multado e incluso se le podía expulsar del pueblo. O ir un poco más allá, ya que en ocasiones se le taladraba el pie con un hierro candente. Esta práctica se eliminó debido a que comenzó a causar alarma el excesivo número de agotes cojos, entre quienes los utilizaban como mano de obra barata. Solo nos queda retornar al parking, dando por concluido el paseo.