El pasado 31 de marzo, en la celebración por el aniversario de la creación del Parlamento Vasco, tuve el privilegio de saludar al Lehendakari Garaikoetxea, quien, tal día como hoy hace 45 años, juraba el cargo en la Casa de Juntas de Gernika. Tras casi 40 años de dictadura y represión, Euskadi comenzaba una nueva etapa, marcada por la ilusión y la esperanza, pero también por las dudas y la incertidumbre. No era para menos. Tocaba levantar un País y un Gobierno en una situación de máxima inestabilidad y crudeza, con un riesgo de involución democrática evidente.
Aquel año, 1980, la violencia de ETA alcanzó su macabro techo histórico con casi un centenar de personas asesinadas. Grupos de extrema derecha como el Batallón Vasco Español, la Triple ‘A’ o GAE mataron a casi 20 personas en Euskadi. Los sectores más reaccionarios, herederos del Franquismo, fomentaban e instrumentalizaban la violencia y la inseguridad, instando a los militares a ‘poner orden’, lo que desembocó al poco tiempo en el 23F.
A los pocos meses de ser nombrado Lehendakari, una explosión de gas en un colegio de Ortuella se llevó la vida de 50 escolares de entre 5 y 6 años, y de 3 adultos, en una de las tragedias más duras que ha padecido nuestro Pueblo. También tuvo que lidiar con las inundaciones de 1983, que dejaron 34 víctimas mortales y cuantiosísimos daños materiales.
A ello hay que sumarle el impacto de las crisis económicas del petróleo de 1973 y 1979 y el declive de nuestra industria, entre otros. El propio Garaikoetxea lo resumía sin paños calientes en distintas entrevistas en las que rememoraba aquella época: “El País estaba destrozado en todos los órdenes: cultural, lingüístico, infraestructural, económico, sometido a un expolio fiscal tremendo… había que darle una medicina de urgencia”.
El Lehendakari partía de cero, con todo por hacer, máximo responsable de un Gobierno sin estructuras, personal, sede, capital, ni recursos suficientes. La Comunidad Autónoma Vasca nacía sin autogobierno económico y absolutamente desequilibrada en este sentido, con dos Territorios Históricos, Bizkaia y Gipuzkoa, dependientes de la Hacienda estatal, y el tercero, Araba, con Concierto Económico y Hacienda Foral.
La visión política, la habilidad negociadora y la buena sintonía de Garaikoetxea con Adolfo Suárez, clave para desencallar desencuentros y puntos de fricción, permitieron alcanzar un acuerdo para restablecer el Concierto para Euskadi en diciembre de 1980, pocos días antes de la dimisión de Suárez, aunque no sería aprobado de forma definitiva hasta mayo de 1981.