Pujol elude el banquillo, Trump las balasE. P.
Los tribunales volvieron ayer a llamar nuestra atención. En algunos casos, fueron escenario de la materialización de una evidencia; en otros, de una trama chirigotesca. Llegó Jordi Pujol a que le dijeran lo que se sabía: que un anciano de 95 años con principio -como mínimo- de alzhéimer no está para que le juzguen. Se cae el morbo de ver al expresident en el banquillo, pero no el caso, ya que hay 25 acusados, entre ellos sus siete hijos.
Pero, más que el juicio, lo que sería digno de seguir es la cena de Nochebuena en esa casa, con los cinco vástagos y dos vástagas y sus respectivos cuñados y cuñadas mirándose de soslayo, puesto que el origen de la investigación fue el despecho de la expareja de Jordi Pujol Ferrusola, que cantó los viajes del primogénito a Andorra. En el juicio se verá si les constaban al resto de hermanos.
La gota que colma
Dolores, 25 años después
Reparación. El Ministerio de Igualdad reconoció ayer a Dolores Vázquez a los 25 años de que la investigación de la Guardia Civil y un juicio mediático previo al que la condenó construyeran una mentira que la sentenció por el asesinato de Rocío Wanninkhof. Año y medio de cárcel, linchamiento público y criminalización por su condición de lesbiana retratan a aquella sociedad española que se creía moderna y nadaba en el caldo de prejuicio en el que hoy sigue flotando. Sin reparación, a Dolores se le reconoce que su caso aflorara esa podredumbre. La misma que ahora muchos exhiben con orgullo ideológico.
Porque, lo que es en el del caso Kitchen, a nadie en el PP le constaba la operación que protegió al partido espiando y robando documentación a Bárcenas. Ni Rajoy ni Cospedal, la semana pasada, ni Soraya Sáenz de Santamaría o Javier Arenas, ayer mismo, habían oído hablar de la operación político-policial en torno a ese tesorero del que usted me habla, que les giraba el sueldo a todos. Coincidieron a bloque en que el caso Gürtel, por el que acabó condenado su partido, no les causaba inquietud. Hombre, teniendo a una cúpula de Interior afín en esos menesteres, la tranquilidad material es casi lógica. Otra cosa es la de conciencia.
Quien debería tomarla de su situación es Donald Trump. Cole Allen, su frustrado magnicida más reciente, le acusa de pedófilo, violador y traidor. El presidente respondió negando las dos primeras con vehemencia, pero de la de traidor no dijo nada explícitamente. ¿Patinazo del subconsciente? A cambio, mintió al inventarse que el manifiesto de Allen es anticristiano. Con tres ataques frustrados, Trump es ya el inquilino de la Casa Blanca al que más estadounidenses quieren... ver muerto.