La implantación del sistema democrático y la pérdida de dinamismo de los movimientos comunitarios, la atención pública se centró en la política, considerándola la panacea de nuestros males. Sin embargo, años de democracia han demostrado el error cometido: la política no sustituye a la comunidad; ambos ámbitos se necesitan y se complementan. El dinamismo participativo, la creatividad y la implicación de las personas son imprescindibles, especialmente en los actuales momentos de cambio social, y la política se nutre y enriquece de ese dinamismo.

La comunidad llega allí donde no lo hace la política: profundiza en la democracia económica y comunitaria, utiliza recursos ociosos y abandonados, genera economía social, recupera mercados de proximidad, atiende a la marginación social y, además, afronta cambios estructurales transformando amenazas en oportunidades e implicando a la ciudadanía en tareas emprendedoras. La comunidad se ocupa más de emprender y transformar, mientras que la política se enfoca principalmente en administrar lo existente.

La revitalización del comunitarismo comienza por reforzar lo ya existente y, para ello, debe hacer frente a dos realidades diferenciadas: la existencia de sólidas “experiencias consagradas” y la multitud de “movimientos emergentes” (ONGs).

Las “experiencias consagradas” nacieron de la necesidad, han generado instituciones, se han consolidado económicamente y se han expandido territorialmente formando federaciones. Todas ellas responden a principios similares: prioridad de la persona, organización democrática, inserción comunitaria y vocación de transformación social. La efervescencia militante de los inicios ha derivado en principios asumidos que ya no plantean nuevos retos. Alcanzados los objetivos iniciales, los desafíos actuales se centran principalmente en la gestión económica. Revitalizar el espíritu originario exige asumir desafíos más ambiciosos y abordar la vocación de transformación social aunando esfuerzos. Se trata de que los “principios” no se limiten a ser simples “señas de identidad”, sino que se conviertan en auténticos “motores de transformación”.

Movimientos ONG

Por su parte, los “movimientos emergentes” (ONG) están iniciando caminos que antes recorrieron las experiencias consagradas. Nacen en condiciones precarias, cuentan con soporte comunitario y van abriendo nuevas sendas. Se enfrentan a problemas estructurales de la sociedad, pero sus limitaciones les obligan a aplicar “parches” a situaciones especialmente graves. Representan lo más genuino de la vocación comunitaria y mantienen viva la tradición del auzo-lan. Su misión se vería fortalecida con el apoyo de las “experiencias consagradas” y con la colaboración de entidades de cobertura que respondan a fines humanistas. Con estos respaldos, las soluciones parciales actuales podrían convertirse en transformaciones estructurales capaces de abordar problemas sociales enquistados.

La recuperación del espacio comunitario no se logra únicamente con “remover sus brasas”; requiere mucho más. Su dispersión actual refleja la situación de entidades que comparten la vocación de transformar la sociedad, pero poco más. La creación de una “confederación comunitaria” que defina una vocación común y disponga de capacidad operativa daría visibilidad al conjunto y orientaría los caminos a emprender. Esta confederación completaría la arquitectura comunitaria: añadiría la cúpula necesaria a las distintas experiencias y conformaría un espacio en el que sembrar, fomentar y desarrollar proyectos avanzados.

Se trata de dar “un paso más”: trascender de la “experiencia comunitaria” a la “arquitectura comunitaria” como paso previo para afrontar el reto de la transformación social. La proclamada voluntad transformadora adquiere así pleno sentido, enriquece y renueva el espíritu originario y motiva a las personas en la búsqueda de soluciones imaginativas. De este modo, se renueva la identificación con unos principios que dejan de ser meras declaraciones para convertirse en verdaderos motores de transformación social.

Este intento no es una utopía: cosas más difíciles se hicieron en el pasado y, además, se cuenta con la cobertura de experiencias arraigadas y entidades sólidas que le dan soporte. La vocación humanista, la participación comunitaria y el afán de progreso pasan a formar parte de la construcción de un nuevo orden social que sitúa a la persona en el centro de su atención.