Hay padres que, en cuanto nuestros hijos pisan un terreno de juego –a veces me incluyo entre ellos sin que jamás haya traspasado una línea roja– nos transformamos por arte de magia en expertos. De repente lo sabemos todo: la técnica individual, la táctica, la estrategia, el ritmo, la postura… Absolutamente todo. O, al menos, eso creemos. Desde la grada damos órdenes, corregimos, exigimos y hasta regañamos, como si el simple hecho de ser padres nos otorgara un título invisible de entrenador profesional. Así lo he comprobado una vez más este fin de semana en un torneo multitudinario donde participó mi hijo pequeño. El problema no es que queramos ayudar, sino que con esta actitud confundimos ayudar con dirigir, y dirigir con imponer. No entendemos que nuestros hijos ya tienen un entrenador de verdad y alguien teóricamente formado, aunque se puede alegar en este sentido que las elecciones de algunos clubes no siempre son las más atinadas y muchos pequeños están abandonados a su suerte. Y todo ello sin obviar el comportamiento incívico de más de uno. Algunos son ciertamente incorregibles y no deberían pisar ningún recinto deportivo, pero no tendría líneas suficientes en este espacio para explayarme sobre esta auténtica lacra.