Hace unos 15 años llegó a mis manos un magnífico libro titulado como este artículo, es decir, José Antonio Ardanza. Pasión por Euskadi. Memorias. El compromiso del lehendakari que gobernó para todos los vascos. Siempre le he dado gran importancia a los titulares, tanto de los libros como de los artículos, me gusta que el titular refleje y responda al contenido posterior que le sigue. Este libro se publicó en Ediciones Destino, colección Imago Mundi, volumen 208. Este libro fue posible por la estrecha colaboración del periodista Bingen Zupiria en su día director de prensa del mismo lehendakari José Antonio Ardanza y hoy en día Consejero de Seguridad del Gobierno Vasco, aunque antes tuvo diferentes responsabilidades en Euskal Telebista por ejemplo, o como Consejero de Cultura y Política Lingüística en los gobiernos del lehendakari Iñigo Urkullu, e incluso portavoz del Gobierno Vasco.
José Antonio Ardanza nació hace unos 85 años, concretamente un 10 de junio de 1941 y falleció en Sukarrieta un 8 de abril de 2024. Hijo de Damián Ardanza y Maria Garro. La dedicatoria personal del lehendakari nos da más pistas de su entorno familiar más estrecho. Así se manifiesta el lehendakari: ”A mi mujer Mari Glori Urtiaga, por su entrega y lealtad ante un compromiso compartido; a mis hijos Nagore y Aitor, que tanto les tocó sufrir a causa de las responsabilidades políticas de su padre; a mis nietos Aritz, Ekain y Beñat que podrán mirar al futuro desde las raíces de sus antepasados; a mi padre Damián, gudari en la guerra civil que me inculcó desde niño el amor a la Patria, Euskadi y su libertad, y con él a tantos hombres y mujeres de este país que creyeron y sufrieron por ese ideal al grito de GORA EUSKADI ASKATUTA”.
Es decir José Antonio Ardanza nació estos días hace 85 años. Y yo en este 85 aniversario me acuerdo de él, y mucho, como lo harán, estoy absolutamente convencido de ello, todos sus familiares más cercanos. Y por ello me he permitido volver a coger el libro mencionado entre mis manos y retomar de nuevo su lectura, su apasionante lectura diría yo. Es obvio que la recomiendo a toda aquella persona que tenga una mínima curiosidad respecto a la historia institucional y política de nuestra Euskadi. Recomiendo esa lectura, si, y lo hago, también, apasionadamente. Es el testimonio de un protagonista de un período clave para entender un poco mejor la historia reciente de Euskadi y España. Un documento clave para ello.
Es sabido, obvio, que Jose Antonio Ardanza estuvo vinculado durante toda su trayectoria política al Partido Nacionalista Vasco. Fue elegido alcalde de Mondragón en las elecciones de 1979, las primeras elecciones municipales de la democracia, y en 1983 designado presidente de la Diputación Foral de Gipuzkoa. En 1985 tras la dimisión de Carlos Garaikoetxea ocupó el cargo de Lehendakari del Gobierno Vasco y que duró hasta 1999. Su presidencia estuvo marcada, entre otros acontecimientos, por la colaboración del PNV con los socialistas vascos y por la firma del Acuerdo de Ajuria Enea en 1988, que por primera vez unió a todos los demócratas vascos frente al terrorismo y en pro de la normalización política de Euskadi.
“No queremos una sociedad dividida, crispada, enfrentada. No queremos vencedores ni vencidos. Queremos la paz, una sociedad abierta en la que cada uno puedo hacer valer su proyecto” recuerda en este libro el lehendakari Ardanza que gobernó Euskadi entre 1985 y 1999, un período decisivo de la historia del País Vasco y de España. Las raíces del nacionalismo democrático vasco, los rescoldos de la guerra civil y la represión del franquismo, la insoportable violencia de ETA –hubo más de trescientos muertos durante los mandatos del Lehendakari Ardanza– y de los poderes del Estado, la aparición en escena y los estragos de los GAL, la recuperación democrática y la construcción del autogobierno vasco son objeto de este relato apasionado y sin cortapisas escrito en primera persona por quien protagonizó la vida institucional de Euskadi durante casi tres lustros.
De la mano de la lectura de las memorias del lehendakari Ardanza, sabremos más sobre la verdadera historia de ETA, el 23-F, de la caída del lehendakari que le precedió, Carlos Garaikoetxea, lehendakari que pasó “de héroe a villano”, de las relaciones con Aznar, o con el Rey (“exiliado” hoy, el pobre, en tierras lejanas), y con Felipe González (hoy en día inmerso a su vez en una deriva política-ideológica sonrojante, al menos para quien escribe estas líneas). Y sin salirnos de tierras vascas, con Arzalluz, Ibarretxe y con los obispos Uriarte y Setién. El autor, se puede leer en la contraportada del libro, tras años de discreto silencio, revela lo que aún no se ha contado sobre las negociaciones entre el gobierno español y ETA, o sobre la gestación del histórico Acuerdo de Ajuria Enea (“Acuerdo” que humildemente considero, que habría que recordar y releer con suma atención, estimo que vale la pena). En estas memorias, políticas, pero también vitales, el autor radiografía toda una época en Elorrio y Ondarroa, el paso por el seminario, los primeros años de militancia política en la dura clandestinidad del momento, su carrera profesional, el compromiso con el partido, la alcaldía de Mondragón, su papel como diputado general de Gipuzkoa y, finalmente, el dilatado período al frente del Gobierno Vasco, años cruciales para la consolidación de la democracia durante los que el lehendakari Ardanza quiso ser, por encima de todo, el lehendakari de todos los vascos.
Considero, también, apasionante el prólogo de este libro titulado En los albores de una nueva época. Entiendo que hay reflexiones que vistas a día de hoy rozan lo profético. Algunas de ellas tienen vigencia y actualidad, sí. Así se dice. “Por fin empezamos a vislumbrar lo que una gran parte de los vascos soñó a finales del siglo XIX: un país moderno, europeo, con libertades para todos –hombres y mujeres–, con partidos, con elecciones libres, con democracia. Después de tantos enfrentamientos, de guerras, de dictadura y de treinta y cinco años de democracia tutelada donde también las libertades han estado coartadas por quienes se han valido de la amenaza y el terror para intentar imponer su proyecto. Durante años los vascos hemos soñado con la normalización y la paz. Dos objetivos que dieron nombre al acuerdo que todos los partidos democráticos firmamos en el Palacio de Ajuria Enea en enero de 1988, y en el que diseñamos un modelo que nos permitiera alcanzar la paz en Euskadi y fijarnos un marco para la resolución del conflicto nacional que una parte importante de la sociedad vasca considera no resuelto (recuerdo estimado lector que estamos hablando del año 2011). Y mientras trabajábamos por la paz superadora de todo terrorismo y por la normalización que solventara el contencioso político vasco, mediante el diálogo, el entendimiento, el respeto al otro, “sin condiciones previas ni límites a sus resultado”, teníamos que “construir” país cada día, ante una crisis económica e industrial que se llevó por delante una parte de nuestras empresas y empresarios, que arruinó moral y económicamente a miles de familias con niveles de desempleo que llegaron al 26%, y tuvimos que dar el último adiós a cientos de personas que cayeron en el camino, fruto del odio, de la venganza o el fanatismo”.
Y continúa: “afortunadamente, en ese tiempo hubo períodos de ilusión y de esperanza. Con un tejido industrial regenerado y competitivo, que nos llevó a superar la dura etapa de la depresión y que hoy, a pesar de los pesares, nos permite afrontar el futuro con mayores garantía que nuestro entorno; con treguas de ETA en 1989, 1998 y 2006, a las que este país se agarraba como un clavo ardiendo, necesitado de creer que era posible la paz. Y vuelta a empezar. Aportando todos con la mejor voluntad nuestro particular diagnóstico y terapia. Aportaciones que a veces embarraban la relación dando pie a acusaciones o descalificaciones, cuando no a rupturas o escisiones. El pueblo entero ha podido, por fin manifestarse en las urnas, sin la coacción de unos, los violentos, ni los impedimentos de otros, apoyados en la Ley de Partidos o en las resoluciones judiciales. Es probable que lo tantas veces soñado esté en la simiente de los resultados de las elecciones municipales que se celebraron el 22 de mayo de 2011, que tras años de amenazas y prohibiciones dieron lugar a un mapa político e institucional que durante mucho tiempo reflejó una realidad sesgada. Nadie tiene derecho a romper esta esperanza. Todos y todas hemos tenido derecho a compartir las urnas, desde la libertad, sin amenazas ni coacciones”. Continuará.