Ante la IA inevitable
VIENE de muy atrás la costumbre de los humanos de recordarnos que el engaño y la incapacidad de discernir lo verdadero de lo ilusorio pueden tener consecuencias devastadoras. Hacia 1184 a.C. La ciudad de Troya fue víctima de una célebre estratagema ideada por Ulises (Ilíada). Confiaron en la aparente retirada de sus rivales aqueos permitiendo introducir en sus murallas un enorme caballo de madera que éstos habían dejado a Troya como una ofrenda de paz, tras 10 años de asedio infructuoso. Sin embargo, la estructura de madera hueca ocultaba decenas de soldados que por la noche abrieron las puertas a su ejército, logrando la destrucción de Troya y de su cultura.
Es una metáfora universal que visualiza un engaño con algo aparentemente inofensivo, pero esconde intenciones destructivas o maliciosas. De hecho, un “troyano” en tecnología es un falso software que infecta un sistema informático. La distinción entre lo cierto y lo falso resulta una competencia crítica, entonces y ahora. Las redes sociales se han convertido en un campo de minas donde los adolescentes navegan entre cinco y siete horas diarias interactuando y recibiendo información saturada de afirmaciones sin bases sólidas, sin filtros. Más inquietante todavía resulta la Inteligencia Artificial (IA) porque puede convertirse en nuestro caballo de Troya si no aprendemos a reconocer sus límites y riesgos.
La irrupción de la IA nos expone a lo mejor y lo peor, en ocasiones desde creaciones manipuladoras y contenidos falsos en medio de la maraña de datos y la sobreabundancia “inteligente” que parece imponerse en la manera en que enseñamos y aprendemos. Parece, pues, que este es el momento de rescatar la capacidad de la duda razonable con actitud crítica ante las prestaciones del ingenio artificial, tan innovadoras como peligrosas. La duda ha sido siempre herramienta de discernimiento. René Descartes la definía como el punto de partida de toda filosofía. Este matemático y filósofo francés no dudaba por dudar, sino para investigar la verdad predisponiéndose a depurar lo incierto y alcanzar fundamentos sólidos.
Karl Popper, ya en el siglo XX, sostuvo que el conocimiento avanza por la constante puesta a prueba y posibilidad de refutación. Para Popper, la duda obliga a confrontar las teorías con la realidad para lograr descubrimientos aun superiores. Duda y experiencia nos ayudan a navegar, incluso ahora que nos enfrentamos a cambios drásticos en la manera de aprender y de informarnos. La imprenta de Gutenberg (s. XV) democratizó el acceso a los textos, pero también multiplicó la circulación de errores y supersticiones. Hoy, la IA nos expone a una realidad análoga, pero con capacidad para que los avances y también los destrozos sean mucho mayores: cierto es que abre un horizonte de democratización del conocimiento, pero al mismo tiempo expone a la sociedad a una proliferación de manipulaciones a una velocidad y escala inéditas que exige la tarea ineludible de la verificación crítica junto a una legislación acorde a la revolución tecnológica en marcha.
Pensemos en el entorno de la formación de estudiantes para transformar sus conocimientos en experiencia humana y profesional. Capacitar y educar personas de manera integral, ahí es nada, en tiempos de la IA generativa de la sobreabundancia de conocimiento a una velocidad desconcertante.
Reconfiguración de la educación
En el actual contexto de inestabilidad y transformación constante, la reconfiguración de la educación se presenta como una necesidad estratégica. Quiero decir que, junto a las competencias propias de cada materia se necesita, más que nunca, la integración de contenidos orientados a fortalecer las humanidades como ámbitos de formación ética y crítica. En tercer lugar, nadie duda ya de lo imprescindible que resulta ya consolidar competencias transversales, entre ellas la creatividad y las propias de la Inteligencia Emocional (escucha activa, empatía, relaciones sociales…).
La duda es necesaria para un discernimiento sano desde la formación permanente a base de reaprender y de leer la realidad crítica y éticamente, junto de los contenidos técnicos; ellos solos no nos capacitarán para la singladura en la que estamos embarcados, tratando de discernir lo verdadero de lo ilusorio, es decir, los efectos perversos del nuevo caballo de Troya en torno a la IA, a un nivel desconocido hasta ahora para el ser humano.
A nivel político nos jugamos mucho por la exigencia legal de conocer los avances en el control de los sesgos algorítmicos que pueden perpetuar algunas desigualdades básicas si mantenemos la ausencia de límites éticos y jurídicos. Innovar sí, pero para todos.
Analista