El pasado domingo celebramos un 8 de marzo dividido. Diversas convocatorias de manifestación y diversos también los mensajes que se solapan a la lucha por la defensa del derecho a la igualdad entre mujeres y hombres. Es curioso: mientras aumenta la variedad de causas que se le adhieren a la lucha por la igualdad de derechos, baja el apoyo al feminismo. Y lo que es aún más preocupante: esa desafección hacia la causa femenina se da especialmente entre la juventud.
Es innegable que en las últimas décadas se ha producido, en el mundo occidental, un avance sin precedentes en la defensa de los derechos de las mujeres. Dicho esto, aún nos queda mucho camino por hacer para llegar a la deseada igualdad real entre mujeres y hombres. Si queremos recorrer ese camino avanzando a mayor ritmo, es necesario considerarlo como un fin en sí mismo y disociarlo de otras reivindicaciones. La lucha por la igualdad es una causa que merece su propio tiempo y de la implicación de mujeres de todas las nacionalidades e ideologías. También, por supuesto, de aquellos hombres que se quieran unir, que son muchos.
Demasiado a menudo se ha unido la defensa de la igualdad de derechos entre mujeres y hombres a otro tipo de causas, como la defensa del medio ambiente, la diversidad y el antibelicismo, por poner algunos ejemplos. No seré yo quien diga que estas reivindicaciones no merecen la pena o que sean menos legítimas. El problema es que al mezclar demasiadas causas en los mismos canales y en las mismas fechas se acaban creando categorías y rangos. En ese escenario, la que era la causa principal termina pasando a un segundo plano.
Eso es lo que sucede desde hace tiempo con la causa feminista y la lucha por la igualdad de derechos de las mujeres. Este mismo 8 de marzo asistíamos en Bilbao –y en las principales ciudades y municipios de Euskadi– a una nueva representación en este sentido, con diferentes marchas convocadas por otras tantas asociaciones o colectivos. Una vez más el feminismo quedaba ligado a diferentes luchas: la antifascista, la antirracista, la que combate el imperialismo y un largo etcétera. Es como si la defensa por los derechos de las mujeres no tuviese entidad suficiente por sí misma.
Esto no ocurre con otras causas. Si analizamos las manifestaciones que se desarrollaron en apoyo a Palestina el pasado verano, podemos comprobar que no había ninguna otra temática que se mezclara con ellas. Quienes allí estaban consideraban que lo que defendían era lo suficientemente importante como para no diluirlo con nada más, entendían que era importante no dispersar la atención.
En cambio, ¿por qué la defensa por la igualdad de derechos entre mujeres y hombres se mezcla con otras causas? ¿Por qué ni siquiera el 8M podemos reivindicar, en exclusividad, unos derechos que nos afectan a más de la mitad de la población?
Me dirán que la igualdad está en la base de todas las reivindicaciones que se le adhieren y que tenemos que empatizar y ser sensibles a otras causas. Y lo somos. Pero para eso tenemos el resto del año. El 8M es un símbolo. Y por una vez tenemos que hacernos cargo de nuestra causa, priorizándola en exclusividad, ya que nos va mucho en ello. Creo que es contraproducente sumarle tantas causas adicionales y que haciéndolo, la igualdad queda dispersa, diluida, relegada a un segundo plano. Oculta, en consecuencia.
Si la reivindicación por la igualdad de derechos queda sepultada por otros reclamos incluso en una fecha tan importante como el 8 de marzo, imagínense qué sucede el resto del año. No le quitemos protagonismo a las mujeres y a la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres.
Es momento de pedir un tiempo “a solas”, un tiempo de calidad para la causa de las mujeres. Un tiempo en el que se asuma en exclusiva la defensa por la igualdad de derechos de las mujeres y hombres. Un tiempo en el que, sin intentar patrimonializarlo desde ninguna ideología concreta, mujeres de todas las nacionalidades e ideologías nos unamos con un sentido del propósito compartido y dedicación plena. Sin añadidos.
Parlamentaria EAJ-PNV