Hágase justicia, aunque perezca el mundo, frase atribuida a Ferdinand I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, expresando la idea de que la justicia siempre debe prevalecer, una cursilada parafraseando a Isabel Díaz Ayuso y sus reflexiones fruto del profundo pozo de sabiduría que adorna al personaje.
La invocación a la justicia y a los demás valores que derivaron de la II Guerra Mundial: igualdad soberana de los estados; la no intervención en los asuntos internos de otros estados; la solución pacífica de las controversias internacionales; la prohibición del uso de la fuerza; la cooperación internacional para mantener la paz y la seguridad internacionales (otras cursiladas de la extrema izquierda y de los woke) deben ser fortalecidos y compartidos por todos los que aspiren en el mundo a evitar la sociedad distópica que describió George Orwell en su obra 1984.
Empieza a observarse con preocupación que las operaciones de Donald Trump se incardinan progresivamente en el concepto de autocracia, forma de gobierno en la cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley. Esta era la tesis de Orwell, un gran líder que dominaba el mundo a través de una sofisticada represión tecnológica que iba acabando uno tras otro con todo intento de contestación.
Así vemos las características de la reciente operación de Trump contra Venezuela, que ni ha sido contra Venezuela puesto que ha mantenido el régimen político a cambio de expropiar sus riquezas naturales ni ha sido en favor de Estados Unidos sino el grupo de personajes que le rodea, Steven Witkoff (compañero de Golf y multimillonario); Marco Rubio, secretario de Estado (arquitecto de la operación venezolana y mirando a Cuba); Michael Waltz, asesor de seguridad nacional; Tom Homan, zar de la frontera; Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional; Robert F Kennedy Jr, Salud y Servicios Humanos; Howard Lutnick, secretario de Comercio y un grupo de multimillonarios menos conocido.
Clausewitz afirmaba a través del concepto más provocador de su obra: «La guerra es la continuación de la política por otros medios». Sin embargo, esta idea no tenía el menor matiz de cinismo en el contexto del libro. Clausewitz pensaba que la guerra moderna es un «acto político», y esta manifestación ponía en juego lo que él consideraba el único elemento racional de la guerra. En su concepción, los otros dos elementos de la guerra son: a) el odio, la enemistad y la violencia primitiva, y b) el juego del azar y las probabilidades.
Donald Trump en una concepción sintética de las posiciones de Clausewitz afirma que la guerra, o las llamadas eufemísticamente acciones especiales no son más que instrumentos comerciales en los que Estados Unidos, siempre beneficiario, consigue aportar a sus arcas millones de dólares. Pero ni siquiera lo anterior satisface su narcisismo patológico, afirma sin rubor que le han robado el premio Nobel de la Paz, nada menos (se comenta medio en bromas que su próximo objetivo militar son las academias suecas que conceden los premios Nobel denominándolas Nobel-Trump). Esto le ha costado el puesto a Maria Corina Machado, osar privarle a Donald Trump del Nobel de la Paz siendo Donald un hombre que acaba una guerra cada semana, según propia opinión.
Pasando de las reflexiones humorísticas que constituyen un mecanismo de defensa psicológico y que poca gracia harán en Groenlandia, Cuba, Colombia, Panamá, Canadá, países más directa o indirectamente amenazados. Observando que no hay la más mínima contestación enérgica en ninguno de los hemisferios del mundo, incluida la vieja y democrática Europa, amenazada por la ayuda de Trump a los partidos de extrema derecha, a los partidos antieuropeístas y con troyanos como Viktor Orbán, tenemos que realizar una fatal por inevitable reflexión, el mundo ya:
Puede ir amortizando las Naciones Unidas (espero que no ubique Donald Trump un resort en esos terrenos)
No existen mecanismos para la prevención de futuras guerras
Para promover la cooperación internacional
Para proteger los derechos humanos
Para fomentar el desarrollo económico y social equilibrado en el mundo.
El presidente de Estados Unidos ya ha prescindido del Congreso, al que según el art. 2 de la Constitución de Estados Unidos debía haber informado de la operación contra Venezuela. Controla el Tribunal Supremo con cargos realizados por designación propia y gobierna a través de órdenes ejecutivas entre las que destacamos: restringir la ciudadanía por nacimiento vulnerando el art. 14 de la Constitución; emergencia en la frontera sur y otras medidas migratorias; indulto para los procesados por el asalto al Capitolio; medidas contra la diversidad de género; retiro del Acuerdo Climático de París y de la OMS; funcionamiento de TikTok y otras del mismo tenor.
Las amenazas contra Groenlandia, que están por fin generando un tibio alineamiento contra Trump se consideraron inicialmente una broma hasta que Marco Rubio explicó la broma, la integración se haría en tres fases, la primera negociando con Dinamarca, la segunda comprando Groenlandia, no explica quiénes son los otros sujetos de negocio, si Dinamarca, si la Autoridad Autonómica Groenlandesa o uno a uno los 56 mil habitantes de la isla y la tercera fase consistiría en la invasión militar sencilla puesto que ya Estados Unidos tiene una base militar de control de misiles balísticos.
Empieza a preocupar que la marina norteamericana se haya apoderado de un buque de la Federación Rusa, se consiguió la exitosa operación porque los barcos y submarinos rusos no llegaron a tiempo. Uno empieza a dudar si estamos ante el juego de un niño caprichoso, una aplicación estricta de la ideología MAGA o si la distopía Orwelliana no está tan lejos.