En un artículo anterior me referí a las importantes amenazas que se ciernen sobre la Unión Europea (UE) por parte de varios líderes mundiales y corrientes ideológicas en ascenso, como el neofascismo. Pero quedo a falta de concretar el qué, quién y cómo deberían articularse en único proceso los objetivos y metodologías tendentes a minimizar los efectos de esas advertencias.

Vayamos, entonces, a una focalización y propuesta de objetivos e instrumentos para una potencial actuación, y comencemos por identificar como objetivo básico la articulación de una nueva estructura de relaciones internacionales, que, respetando las gobernanzas internacionales y la de cada Estado y unión de Estados, como la UE, funcionase como un esquema federal asimétrico. Ni somos todos iguales, ni homogéneos, el respeto a ello es, en mi opinión, política y socialmente superior a cualquier visión uniformadora y homogeneizadora.

Y este fin global y básico podría desdoblarse en varios objetivos estructurales. Por un lado, la necesidad de estabilizar el ecosistema climático y biológico global, sumado a una reducción de la pobreza y de la desigualdad, junto a un impulso hacia la igualdad real de las oportunidades para el desarrollo de un proyecto individual y colectivo de vida, blindando la idea y el funcionamiento de una economía social de mercado.

Para ello, resulta preciso activar unos cuantos ejes de actuación, como velar por un desarrollo tecnológico orientado, -y si fuese preciso limitado-, a dotar a los bienes y servicios del nivel cuantitativo y cualitativo, especialmente, los relacionados con la salud, óptimos como para satisfacer las necesidades objetivas de la población, y no caprichosas, entendidas como aquellas que producen deseconomías externas al colectivo frente al beneficio individual. El debate sobre el modelo entre salud pública y privada medido por la asunción de responsabilidades, transferencias presupuestarias, y otros elementos, presente en la Comunidad Autónoma de Madrid, es un ejemplo concreto de lo que se quiere expresar aquí.

En este marco, conviene no perder de vista la importancia de facilitar el acceso de la población a la cultura, y no al mero conocimiento por muy avanzado que sea, y cuyos elementos fundamentales sean aquellos que posibiliten una convivencia basada en el respeto real al conciudadano, en la solidaridad, la honestidad y la cooperación. Aunque cada vez parezca más difícil lograrlo , toda acción que se implemente para lograr esos objetivos, especialmente, los referentes a la dignidad de las personas y la consideración de las mismas, merecerá la pena.

La potencial consecución de esos objetivos pasa por dinamizar una serie instrumentos que incidan en el comportamiento individual y colectivo, del tenor de los que exponemos seguidamente. Comencemos por aquellos que afectan al comportamiento individual, sería conveniente que se mostrara menos hedonista y posesivo, más solidario y cooperativo, y con un mayor respeto al tercero, especialmente en lo referente a la dignidad de las personas, y consideración a la mismas.

Asimismo, el comportamiento colectivo debería identificarse con la menor presencia de poder real de minorías y una menor transgresión de las normas mayoritariamente adoptadas, junto con una mayor cooperación, complementada por una visión estratégica. El predominio del largo plazo en los análisis e implementación de políticas y acciones resulta deseable, así como la visualización del esfuerzo para lograr la excelencia formativa y educativa de manera generalizada.

La gestión pública, respecto a la cual no conviene olvidar nunca que está ejercida por individuos concretos, debe ser el resultado de su ejercicio desde un menor despotismo y un abandono paulatino del nepotismo y del amiguismo. Sería conveniente, también, la observancia de un mayor respeto a las normas, aplicándolas rigurosamente, como es el caso de la necesaria consideración a las mayorías sociológicas y del preciso respeto y satisfacción a las necesidades de las minorías no dominantes. Envuelto todo ello por la vocación de servicio para el bienestar de la población, en paralelo con el avance en la integración político-administrativa de los Estados, especialmente, en la UE.

Como resulta lógico considerar, es oportuno preguntarse acerca de quién lidera y desarrolla este esquema sintético y sistémico. Para ello, se propone dar inicio a la reflexión, ejecución y puesta en marcha en la propia UE, asumiendo ésta el papel de ejemplo a seguir para el proceso aprobatorio. Posteriormente, daría comienzo el correspondiente desarrollo en el seno de la ONU, cambiando la existencia de vetos en este organismo y articulando un pronunciamiento decisorio sujeto a una mayoría real y reforzada según los casos y temas. Priorizar la visión, cultura e historia política europeas, es decir, de la UE es una referencia aceptable.

Sugiero, así mismo, la incorporación de algunas pautas provenientes del acervo socio-cultural chino actual. No es desdeñable la evolución experimentada por ese país. Y esta sugerencia, enfrentada a la opinión y culturas generadas por determinadas élites internacionales, especialmente anglosajonas, está basada tanto en experiencias profesionales del autor de este artículo en aquél país, como en el análisis y lecturas relacionadas con la comprensión de esa milenaria forma de entender el mundo.

Hay capacidad, metodología e instrumentos tecnológicos para llevar a cabo el proceso. Probablemente, lo que flaquea es la voluntad política de determinadas minorías internacionales de hacerlo. El único medio razonable de superar esa flaqueza es facilitando contundentemente el posicionamiento de las mayorías convenientemente consultadas, en espacios geográficos ascendentes. Para el caso de la UE sería empezar por espacios político-administrativos subestatales, después los Estados y, por último, la propia Unión.

Termino este comentario indicando que el mismo no pretende plantear un modelo cerrado, todo lo contrario. Se intenta sugerir un debate, no tanto el resultado del mismo. Y, ¿por qué no?

Economista