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Advertencias del pasado

La historia está llena de personas que pasan por experiencias que luego resultan muchas veces relevantes en un futuro. Y en este caso, quisiera recordar a Dietrich Bonhöffer, que supo sacar conclusiones de circunstancias absolutamente aterradoras y pudo dejárnoslas. Esas conclusiones son de plena actualidad en los tiempos que corren. Es más, en mi opinión son todo un aviso para navegantes.

En 1961, Stanley Milgram llevó a cabo sus infames experimentos de obediencia en la Universidad de Yale. Exponía a voluntarios a instrucciones de una figura de autoridad, consistentes en administrar a otra persona lo que los voluntarios creían que eran descargas eléctricas y cada vez más dolorosas. A pesar de oír gritos de agonía, el 65 % de los participantes administraron descargas que creían que podían ser letales. Lo más trágico es que realmente no eran sádicos ni de enfermos mentales. Se trataba de personas normales que habían renunciado temporalmente a su capacidad de juicio moral independiente.

Esto es exactamente lo que Bonhöffer había presenciado previamente en la Alemania nazi, y lo llevó a desarrollar una de las teorías más inquietantes sobre la naturaleza humana jamás concebidas, la de la estupidez funcional. Bonhöffer fue un pastor cristiano alemán que desempeñó un papel importante en el movimiento de resistencia contra el nazismo. Siendo pastor y teólogo protestante, se comprometió con una iglesia protestante, de la cual era un destacado portavoz. Fue ejecutado por haber formado parte de la conspiración para el fracasado atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler.

Bonhöffer había visto cómo sus compatriotas alemanes, personas cultas, educadas y religiosas, comenzaban a apoyar políticas y líderes que contradecían todo lo que decían creer. Entre ellos había profesores, médicos, clérigos e intelectuales que participaban activamente en su propia rendición intelectual. Bonhöffer señaló que frente a la estupidez, estamos indefensos. Ni las protestas ni el uso de la fuerza sirven de nada. Todo razonamiento cae en saco roto. Lo escalofriante no era solo el contexto de tal afirmación, sino su precisión.

No obstante, también señaló que el mal siempre lleva consigo el germen de su propia subversión. Crea inquietud, resistencia y, finalmente, colapso. El problema está en que, mientras tanto, la estupidez cree que está haciendo el bien, lo que la hace absolutamente inmune a la corrección, con lo que quienes detentan el poder ya no necesitan suprimir activamente la información. Quizás la idea más premonitoria de Bonhöffer fue cómo la estupidez sirve a las estructuras de poder existentes en la actualidad. Solo tienen que crear condiciones en las que procesar la información de forma honesta resulte enormemente difícil. Cuando Bonhöffer utilizó la palabra estupidez, no se refería a un coeficiente intelectual bajo o a la falta de educación. Describía algo mucho más complejo, lo que podríamos llamar estupidez funcional o ignorancia deliberada.

Hoy, las plataformas de redes sociales ganan miles de millones cuando los usuarios reaccionan emocionalmente –y ven publicidad, que es donde está el negocio– en lugar de pensar críticamente. Los medios de comunicación obtienen más clics con la indignación que con los matices. Los autoritarios del mundo ganan elecciones con eslóganes simples en lugar de propuestas políticas complejas. Cuando se está pluriempleado, se está ahogado en deudas y se es bombardeado constantemente con información, la rendición intelectual se convierte en una estrategia de supervivencia.

Surge lo que los economistas llaman ignorancia racional. Para los individuos, resulta más eficiente permanecer desinformados sobre cuestiones complejas que invertir el tiempo y la energía necesarios para comprenderlas realmente. Pero esta racionalidad individual crea una irracionalidad colectiva, exactamente la dinámica que Bonhöffer observó en la Alemania nazi.

Hoy, los algoritmos de las redes sociales crean cámaras de resonancia que hacen que esta transformación resulte muy sencilla. Un estudio realizado en 2018 por investigadores del MIT descubrió que la información falsa se difunde seis veces más rápido que la información real en las plataformas sociales. Y es que la información falsa a menudo resulta emocionalmente más satisfactoria que las verdades complejas.

Las redes sociales

No es una casualidad que las redes sociales nos muestren exactamente lo que queremos ver. Cuando alguien comparte falsedades que confirman su visión del mundo, está participando en un sistema que premia los atajos intelectuales por encima del análisis minucioso. El algoritmo les proporciona más de lo mismo, creando reposts que actúan como tsunamis. Es la arquitectura de la ignorancia elegida en acción. Se abandona el pensamiento crítico en favor del consenso grupal y la certeza emocional. Cuando las personas nos sentimos inseguras, nos volvemos más susceptibles a explicaciones que reducen la complejidad a narrativas simples. Cada clic, cada pausa, cada reacción emocional se analiza y se utiliza como arma contra nuestra capacidad de pensamiento independiente.

Para defendernos de todo ello, para librarnos de la estupidez, es preciso cultivar la voluntad de pensar de forma independiente, incluso cuando es doloroso, impopular o peligroso. En nuestro ámbito individual, podemos cultivar lo que los psicólogos llaman «humildad intelectual». El reconocimiento de que nuestro conocimiento es siempre incompleto y potencialmente erróneo.

Para paliar la estupidez funcional puede ser de interés tener en cuenta cuatro pautas a seguir. La primera consiste en practicar cierta fricción intelectual. Un buen ejercicio es leer argumentos reflexivos de personas que no están de acuerdo con nuestras ideas. El objetivo es comprobar si las convicciones propias honestamente resisten al contraste lógico con otras. Un segundo ejercicio es acoger lo que se denomina la ignorancia productiva. Si estamos absolutamente seguros de algo, es muy sano preguntarse qué pruebas nos podrían hacer cambiar de opinión. El que no se nos ocurriera ninguna es una señal de alarma en toda regla. La tercera pauta consiste en reducir el ritmo a la hora de compartir cosas en redes sociales. Antes de publicar algo, es muy sano tomarse 60 segundos para verificarlo con una fuente independiente. Esa breve pausa puede romper el ciclo algorítmico que se alimenta de precisamente de nuestras reacciones emocionales y no de nuestros cerebros. Por último, también es muy sano admitir la ignorancia cuando no se sabe algo. En un mundo que premia la ignorancia segura por encima de la humilde incertidumbre, admitir las lagunas en los propios conocimientos se convierte en todo un acto radical.

La teoría de Bonhöffer sobre la estupidez funcional es inquietante precisamente porque es muy precisa. Por otra parte, si la estupidez es en parte una elección, también puede rechazarse. Si es en parte estructural, las estructuras pueden cambiarse. Si es el resultado de una sobrecarga cognitiva, podemos crear condiciones que faciliten el pensamiento en lugar de dificultarlo. El pensamiento crítico se puede adoptar como una disciplina que da muchas satisfacciones. Al principio es incómodo, pero esencial para ganar fuerza. Del mismo modo que no esperaríamos correr una maratón sin entrenar, no podemos esperar manejar información compleja sin practicar la disciplina mental. El que algo quiere, algo le cuesta. Pero para nada cabe afirmar que todo está perdido de antemano.