La vida en una cadena

05.10.2021 | 02:02
La vida en una cadena

Cuando pasen miles de años, igual la Tierra vuelve a enfadarse y se abrirá en el mismo punto que se ha cerrado. Quizás entonces, aparezca la muñeca de Clara que se quedó sentada en el jardín viendo cómo un gigante la robaba para hundirla en la profundidad del mar. Clara se ha quedado en una esquina de la playa y mira con ojos vidriosos el final de su muñeca y de tantas muñecas aplastadas por el volcán. Ella no sabe decir qué siente. Sus vivencias son cortas, de niña. Nunca pensó que la montaña le iba a comer su casa, sus flores, su camita. Todo se lo ha llevado el volcán en un borbotón de rabia. Pienso en tantos niños y niñas que han visto su mundo sepultado dentro de las entrañas de la Tierra.

Los habitantes de La Palma deben de estar ahogados de tantos abrazos y solidaridad que les mandamos. La pena es que son solo palabras y las palabras no sirven de nada.

Saber la verdad no soluciona las incógnitas. En estos días de incertidumbre, la Tierra les echa de su lecho. Quiere ocupar ella sola la isla, por eso ha empezado a gritar desde el cráter del volcán. Sus alaridos ardientes han comido las casas que había cobijado con su presencia de paz. Pensaban que la montaña de fuego solo les iba a trasmitir el calor amoroso de su corazón.

Los latidos de la Tierra han estremecido a los habitantes de la isla que, asustados, han abandonado sus cosas y no saben si quedará un lugar para permanecer, impotentes, viendo cómo todo desaparece para convertirse en roca de infierno. La tierra no tiene piedad y ha cambiado su respiración, estornuda en el desierto y llueve, cierra la boca y se secan los icebergs. Nadie puede dominar su descontrol.

Permanecer mirando cómo el fuego va andando pausadamente por tierra firme tiene un aura mágica. Los ojos se quedan hipnotizados, impotentes, pegados como cuando vemos quemarse los leños en una chimenea. Cómo descansa –decimos– mirar el fuego. Y nos hipnotizamos siguiendo la llama que sube y baja. En este misterio real de La Palma no podemos quedarnos quietos, porque el fuego nos lleva sin posibilidad de fijar los ojos más de unos segundos. Ver el hoy y ahora del fuego estremece. Es imposible parar este lento caminar. Los hombres, la historia de la humanidad, con todos los adelantos, es incapaz de cortar el río de fuego. Solo mirar, acaso suspirar y llorar. La impotencia del hombre ante las fuerzas de la naturaleza nos cuestiona muchos porqués.

Me siento como esa niña que ha perdido su muñeca y aprieto mi cadena pensando que ella podrá librarme de los peligros que me acechan. Tengo miedo del mar, de la tormenta, de los ladrones. Tengo un miedo que se ha instalado en el final de mi vida, como el dragón de fuego del volcán.

Para quitarme el temor, llevo una cadena al cuello con toda mi historia en cada colgante. No soy supersticiosa, pero creo que cada símbolo es un recuerdo y un presente de hoy y ahora que no puedo olvidar.

Mi primitivo sello es una Virgen del Carmen. Detrás, está escrito el día de mi nacimiento y mi nombre: Mari Carmen, como siempre me llamaban hasta que mis hermanos me rebautizaron con Make.

Después, no sé el orden de llegada. Mei, una amiga de la universidad, me dijo que la Virgen del Carmen tenía que tener en el reverso el Sagrado Corazón para que fuera efectivo su valor. Y me regaló una chiquitina medalla escapulario. A su lado, tengo una Virgen Milagrosa, ovalada. Una crucecita de alguno de mis hijos cuando nació. A un centímetro de distancia, una pirámide de cuarzo que, supuestamente, me da fuerza; una florecita rosa sobre un trébol de cinco hojas que quizás sea más valioso que el de cuatro. Un escarabajo va colgado detrás. Lo compré en Egipto y empecé a valorarlo, muchos años después, cuando descubrí El escarabajo de Mújica Laínez, uno de los libros más bonitos que he leído. A tres centímetros, tengo una piedra de la luna que me trajo de la ruta de la seda Anemiren. Parece una lágrima blanca y dicen que protege a las mujeres. Casi a su lado, hay una diminuta C con un brillantito que me regaló mi hermana Viví y mi cuñado Pedro y una filigrana, con San José en el centro. Cuando la miro, me acuerdo de mi abuela que siempre la llevaba a la vista como si fuera un collar o un camafeo valioso. Es la más bonita y para mí la más evocadora porque quería mucho a mi abuela. Hay también otra cruz con brillantitos que me regaló Karmele de Gracia.

Tuve un indalo, pero lo perdí. Mi amiga Gurutze me ha regalado otro y aún no lo he engarzado. El indalo solo se puede recibir como ofrenda. Yo puedo comprar un indalo para otro, pero no sirve si yo misma me lo regalo. Así, pierde todos sus poderes. El indalo es una figura humana con los brazos hacia el cielo y rodeada de un arco como si los rayos del sol protegieran al hombre. Desde la antigüedad, en Almería, se le considera como símbolo de buena suerte. Se han quedado huecos vacíos. Perdí una mano de Fátima, un elefante verde y una cruz de Caravaca.

De día y de noche, siento la continua presencia de todo este mundo que me ha ido haciendo mayor sin darme cuenta. Es la ventaja del oro –mis figuras son minúsculas– que cada vez brilla más, aunque nunca soltaría del enganche a mi escarabajo turquesa que está rodeado de una línea de plata. Al fin, el valor carece de importancia, para mí es la memoria del tiempo continuamente sobre mi piel.

Ingenuamente quise creer que el poder del cielo y de la tierra estaban en estos diminutos símbolos que hablan con el más allá y el más acá para que no me extravíe por el camino. Aprieto mi cadena y oigo una vocecita que me dice: No sirve de nada estar quieta mirando y esperado no sé qué. No esperes –afirma un santo gurú de la India–, no dejes nada para más tarde, todo es impermanente, hasta la lava del volcán que cada segundo cambia su trayectoria.

En los momentos más difíciles de mi vida, no he tenido esta cadena. La he dejado en una mesa de algún quirófano.

Este año se la he cambiado a mi hijo Gabriel por la suya, que tiene dos sencillos colgantes. El niño Jesús recién nacido y una cruz mellada. La cruz mordida, simboliza más que todos mis colgantes.

Hemos vuelto a hacer el cambio estos días y he pensado que ahora que tengo de nuevo la colección de abalorios como un cascabel en mi cuello, pesan menos, son más ligeros porque han estado un año en manos de mi hijo que sabe conectar con la bondad del mundo.

En la corteza de ese mundo, dicen los astros que hay escrita una leyenda. Todo cambiará cuando todos los habitantes de este planeta seamos buenos.

El volcán sigue recordándonos que en su mano está el poder de la naturaleza y a su lado no somos nada. Los hombres hemos avanzado durante miles de años y tenemos que leer el latido del corazón de la Tierra, pero nunca podremos detener ese tic tac estruendoso que da tanto miedo. * Periodista y escritora

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