Sarri, el Ulises vasco

11.05.2021 | 00:07

A nuestro Ulises no le conocen los erdeldunes y, con seguridad, tampoco buena parte de los euskeldunes que, aunque le hubieran jaleado, cantado y bailado, no estarían en situación de glosar uno solo de sus poemas, sus cuentos, sus novelas, sus ensayos

Cuando Sarri llegó a Cuba, el Reino de España acababa de ser admitido en la Unión Europea y el muro de Berlín seguía todavía en pie. En pie estaba también la ilusión revolucionaria de los procesos centroamericanos y el papel de Cuba en ellos.

También ETA, ya solo adjetivada en militar –los polimilis se habían reinsertado en la legalidad española o en los milis–, se había implicado en esas causas, como nunca antes en empresa ajena alguna.

En ese tiempo, como nunca antes también y al margen de ETA, se contaban por centenares los hombres y mujeres vascos que se solidarizaban activamente desde distintos frentes y motivaciones con la revolución en Nicaragua y El Salvador. En Cuba pudo encontrarse Sarri al arribar con los pmsdeportados por Francia a Panamá y llegados a la isla luego por diversas vías, además de con otros compañeros cuya presencia, como la suya, no se había oficializado.

En ese tiempo, en la Euskadi peninsular, la izquierda abertzale y sus medios exhibían una fortaleza notable, no ajena a los desmanes de los aparatos de Estado conducidos ya por el PSOE; en la Euskadi continental, el GAL campaba por sus fueros, con la indiferencia cuando no la complicidad de la Administración francesa.

Desde entonces, hasta hoy, cuando Sarri ha regresado a casa, a una Iurreta que entonces era Durango, ha tenido ocasión el poeta errante de conocer, observar y recapacitar sobre los cambios en el mundo, en su Cuba y en su Euskal Herria, que han sido muchos, desde una atalaya y un entorno de privilegio: no le faltan argumentos, pues, a quien en Artefaktua de ETB1 sostenía hace unas semanas que el mejor libro de "nuestro Ulises" sería seguramente el que tenía pendiente, el que tal vez nos debe, el que podríamos esperar.

La figura de Joseba Sarrionandia da pie también para constatar una vez más hasta qué punto esta Euskal Herria nuestra está conformada por dos mundos distintos y distantes, el de quienes solo conocen la cultura que se expresa en erdara y el de quienes tienen acceso también a la que se manifiesta en euskara. No parece aventurado afirmar que su popularidad tiene más que ver con Sarri-Sarri-Sarri que con la lectura de su prolífica y reconocida obra, reconocimiento no regateado tampoco por críticos políticamente muy distantes: no parece aventurado afirmar que ha sido más bailado que leído.

A nuestro Ulises no le conocen los erdeldunes y, con seguridad, tampoco buena parte de los euskeldunes que, aunque le hubieran jaleado, cantado y bailado, no estarían en situación de glosar uno solo de sus poemas, sus cuentos, sus novelas, sus ensayos.

La mitificada figura de Sarri da para mucho, por lo que es, por lo que ha vivido, por lo que de él se desconoce, por lo que ha escrito, y también por lo que revela sobre la debilidad de la literatura en euskera. Se lee poco hoy en cualquier idioma, menos que hace unos años, y en euskara se lee a todas luces muy poco, y necesita, como lo dijo él, el aliento de toda la comunidad.

Debieron ser muchas las cosas que llamaron su atención en el viaje de regreso a casa tras tan larga ausencia a una persona especialmente observadora y reflexiva. Que incluyera entre las sorpresas más obvias la proliferación de algo tan literariamente sugerente como el Carrefour –uno bien grande cerca de casa– bien podría dar para titular de un ensayo sobre la Euskal Herria con la que se ha topado en este tiempo de pandemia y confinamiento.

Los cooperantes religiosos y laicos que regresaban a casa tras largas estancias en lugares materialmente menos favorecidos han solido manifestar su incomodidad con algunos de nuestros nuevos valores, por un exagerado consumismo, individualismo y frivolidad en los que no se reconocían. Para alguien que llega de Cuba y conoció la solidaria y combativa sociedad vasca de la transición, por más que haya sido muy visitado e informado, el choque ha debido ser enorme. Ya se sabe, el Carrefour puede confundir si no accedes y te sitúas correctamente, pero como lugar de intersección, encrucijada y nudo de comunicación que es, puede también ser una buena imagen de ese punto de encuentro de vías distintas tan necesario hoy y aquí. Ya dijo Sarri también en una de sus escasas entrevistas en castellano que "hoy, las naciones son en esencia plurales, divididas y problemáticas. ¡Y menos mal!".

Dijo igualmente en esa entrevista que no había participado en el debate sobre el fin de la violencia, pero que ojalá ese cambio se hubiera producido 20 años antes. Ya lo había dicho entonces, pero su voz, tan jaleada en la izquierda abertzale, como la de otros, no fue atendida. En aquel Euskadi Informaciónque tomó el relevo del Egin que Garzón cerró hasta la aparición de Gara, publicó el 24 de octubre de 1998 un extenso análisis en castellano que tituló Contra la idea de necesidad ocupando tres páginas enteras del periódico.

El Acuerdo de Lizarra-Garazi no se había roto todavía y estábamos en vísperas de las elecciones del 25 octubre en la Comunidad Autónoma Vasca. En la tregua anunciada por ETA había llamado gratamente su atención que fuera unilateral e incondicional, pero lo más valioso era a su entender que se tratara de una propuesta abierta, distinta a la idea de que no existe otra salida que la victoria, porque España no iba a aceptar la autodeterminación por las buenas, que era lo que venía explicando en ETA una contestación armada de 20 años. Creía entender él entonces –octubre de 1998– que la organización había cambiado de planteamiento al reconocer el papel de los ciudadanos vascos en la toma de decisiones sobre su futuro político, antes "extrañamente ausentes", antes "mudo objeto de discusión". "ETA ha dado ahora un paso arriesgado –argumentaba– que rompe de alguna manera con esa dinámica de única vía estratégica, al declarar una tregua unilateral e incondicional que no va dirigida a los poderes fácticos del Estado, sino a los ciudadanos vascos, reconocidos como protagonistas del proceso".

Era de la opinión en aquel tiempo de que mantener la guerra era negativo para españoles y vascos, y que los daños morales eran mayores que los políticos, porque "esa dinámica de ajusticiadores y cadáveres sucesivos altera los hábitos de convivencia y conduce a la insensibilidad, cuando no a la crueldad". "Es verdad –decía– que la opción por la lucha armada tiene en su origen unas raíces tan éticas como las que pueda tener el pacifismo. Pero la propia dinámica armada lleva a veces irreparablemente a situaciones que no son deseadas ni previstas ni por quien las provoca, que son irreversibles. Quien haya estado al borde del cuerpo sin vida de un amigo, y supongo que casi todos hemos estado alguna vez en esa situación, sabe que un muerto está más cerca de la nada que de donde cualquier táctica o estrategias puedan tener sentido".

Tenía Lizarra-Garazi unos meses de vida y veía en ese acuerdo un espacio que por primera vez en mucho tiempo "puede permitirnos salir de esa dinámica de necesidad, de ese círculo de víctimas y verdugos". Y, aunque la tregua indefinida de ETA no resolvía el problema, lo replanteaba en otros términos, "desarmando a los que utilizan la violencia como pretexto para eludir las reivindicaciones nacionales vascas". Había más ideas, todas de interés en aquel inusual y clarificador análisis "nuestro Ulises", pero su voz, como la de otros, fue ignorada.

La sociedad vasca sigue estando más necesitada de análisis que de condenas y golpes de pecho. Ojalá Joseba Sarrionandia y cuantos tengan algo que decir para explicar por qué esta cruel e insensata guerra se alargó tanto no se los hurten a sus conciudadanos, ojalá encuentren el espacio y la libertad para hacerlo. ¿Mejor desde La Habana que desde Iurreta o El Antiguo?El autor es periodista

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