Confundir el culo con las témporas

06.02.2021 | 01:27

La posibilidad de diagnosticar la presencia de coronavirus mediante PCR anales ha desatado la imaginación de quienes dedican su iniciativa a producir memes y ocurrencias de todo tipo. Pero que no se nos escape que esto va para largo y la guardia debe seguir alta pesea a la fatiga social. Ni que hay quienes pretenden soliviantar la convivencia travistiendo ahora su violencia en reivindicación del botellón

T endemos a olvidar lo importante que para la anatomía humana tiene el culo. Más que el culo, la cloaca por la que evacuamos normalmente los desechos que nuestro organismo produce tras el proceso de transformación y optimización de recursos variados. Si la boca es, por así decirlo, la puerta de entrada, el ano es la de salida. Al menos en teoría. Algo así como el alfa y el omega del cuerpo humano. Por eso, desde siempre, la investigación médica ha prestado mucho interés a este extremo corporal.

Cuando hace unos años caías enfermo y la gripe o cualquier otra dolencia te conducían a la cama en un proceso febril, los médicos, además de los jarabes o los vahos de eucalipto para abrir los bronquios, terminaban por recomendarte dos remedios medicinales que yo odiaba con toda mi alma; las inyecciones y los supositorios.

Con las inyecciones no podía. Don Paco, que así se llamaba el médico de cabecera, no solía ser muy proclive a recomendar inyectables pero, cuando la dolencia era más fuerte que un catarro, no dudaba en extender aquella ilegible firma en la receta. Normalmente, para administrar aquellas dosis se requería a un practicante. El nuestro era Félix y tenía un pequeño local a la vuelta de la esquina. Pocas veces fui yo allí, porque lo normal es que Félix viniera a casa. Aquel hombre pulcro, siempre trajeado y con un bolsito de mano, era muy educado. Sacaba la jeringa de un estuche metálico, colocaba la aguja hipodérmica, la introducía en el frasco, sacaba la dosis y, empujando el émbolo para eliminar el aire, se preparaba para la operación. La aguja me parecía enorme y el rito de ver cómo de su punta surtía un chorrito de líquido presagiaba el drama. Yo no me dejaba. Con las posaderas al aire me ponía duro como un pedernal y en aquellas condiciones pincharme era imposible. De lo burro que me ponía, los intentos por clavar la banderilla fracasaban, a pesar de intentarlo en múltiples ocasiones. Así que todo terminaba con un azote que relajaba momentáneamente la tensión y entonces llegaba la estocada.

El catarro solía pasar pero una de sus secuelas era terminar con el culo lleno de cardenales. De los supositorios, mejor no hablo. Qué sensación más "larri". Si el artefacto estaba demasiado frío, su lanzamiento hacia las profundidades causaba dolor. El esfínter se resentía y su tentación era expulsarlo, con lo cual el proceso tenía que repetirse. Si el cohete se calentaba, corría el riesgo de fundirse en la superficie sin alcanzar el objetivo. Y, cuando todas las condiciones propiciaban un tránsito certero hacia el interior de la caverna, fuerzas desconocidas provocaban una reacción química de descomposición. Vamos, que te cagabas y el medicamento acababa en el fondo del retrete. Asqueroso ¿verdad?

Con esos antecedentes, no me ha cogido por sorpresa la última novedad médica. No tenía ninguna duda de que terminarían por imponerse, y al fin han llegado. Los primeros en utilizarlos han sido los gallegos. Tan reservados ellos y, al mismo tiempo, innovadores como pocos. Ya están aquí los PCR anales.

El mecanismo de los nuevos test es el mismo que los que ya conocíamos. La única diferencia estriba en que, en lugar de hurgar por la garganta o las fosas nasales en la búsqueda de mucosas de cara a conocer si una persona se encuentra infectada por el virus, el bastoncillo con el reactivo correspondiente se introduce por el ojete y se recogen muestras de heces que a continuación son analizadas.

Según fuentes médicas, las PCR nasofaríngeas investigan la puerta de entrada del virus, que accede al organismo por las vías respiratorias. En el caso de la prospección rectal, según han determinado especialistas chinos, el coronavirus permanece por más tiempo en el paciente por lo que esta técnica, que se presenta como más eficaz que las anteriores, sea más adecuada a la hora de establecer la posibilidad de dar el alta hospitalaria a pacientes con COVID-19.

La práctica de los test anales no es dolorosa y apenas dura unos segundos si bien los detractores de la misma consideran que la exploración es mucho más "embarazosa" que las pruebas realizadas hasta ahora. Sin embargo, a pesar de la incomodidad o de la indecorosa situación del paciente, los defensores de esta práxis estiman que los análisis anales para hallar el coronavirus son más eficaces y además evitan expulsar aerosoles. Nada dicen de otros posibles efectos secundarios, bien sean sólidos, líquidos o gaseosos.

Conocida la noticia, enseguida han surgido los "memes" y las "ocurrencias" graciosas de todo tipo. Si la especie humana utilizara la mitad del ingenio demostrado en hacer chanzas en solucionar los problemas de la gente, viviríamos mucho mejor todos.

Lo que no tiene ni pizca de guasa es la evolución de la pandemia en nuestro ámbito. El número de infectados –a pesar de que las estadísticas parecen augurar un descenso en la intensidad de los contagios– continúa siendo elevadísimo. Tal magnitud de casos positivos deja tras de sí unas dolorosísimas cifras de víctimas mortales y de personas ingresadas en centros hospitalarios y en unidades de cuidados intensivos. Según nos dicen, la actual tendencia de propagación del COVID-19 parece iniciar una nueva fase decreciente. Sin embargo, no podemos pensar que el fin de la pesadilla comienza. Epidemiólogos de prestigio, indican que esto irá para largo y nos previenen de una "cuarta ola" provocada por las nuevas "cepas", unas mutaciones del virus mucho más agresivas en lo que a afecciones se refiere y que, según dichos expertos, multiplicarán, avanzado el próximo mes de marzo, el número de casos contagiados.

No, esto no se acaba y las perspectivas siguen siendo preocupantes a tenor de la lamentable actuación de las multinacionales farmacéuticas en relación a la fabricación y posterior distribución de las vacunas, incumpliendo los compromisos contraídos con la Unión Europea. Así que habrá que continuar armados de paciencia y sin olvidarse de cumplir con los elementos básicos de prevención –higiene, distanciamiento, mascarilla€– que son, a falta de compuestos de inmunización, la única garantía de hacer frente al virus.

La población en general empieza a dar muestras de fatiga social tras un año de excepción sanitaria y de restricciones en los comportamientos individuales y colectivos. Fatiga y cansancio ante la incertidumbre lo que ha generado un fenómeno inusual en nuestro ámbito; el abandono de cualquier pretensión previsora. Ya no se establecen reservas, provisiones para el mañana. Porque nadie es capaz de interpretar qué pasará en el futuro, por inmediato que este sea. Lo que se vive con intensidad es el presente, el día a día, que es la única realidad incontestable.

La fatiga puede ser observada a simple vista. Todos hemos cambiado. Nuestro temperamento, también. Los únicos que no parecen haber cambiado son los que, utilizando ahora la pandemia y la limitación de actividades, intentan soliviantar la convivencia incumpliendo normas y atacando al orden establecido con violencia e intolerancia. Los mismos que ayer amenazaban y se enfrentaban a la policía lanzando botellas y piedras y destrozaban mobiliario público. Son los mismos tarados de siempre. Los que no pueden despegar su actividad vital de la "borroka". Aunque esta se justifique ahora como reivindicación del botellón.

No es una "fake news" inventada por el PNV como desde la Izquierda Abertzale se ha señalado intentando eludir responsabilidades. Tampoco es un intento de criminalizar a la juventud, ya que muchos de quienes actúan con violencia frente a las limitaciones sociales dejaron de ser chavales hace ya un tiempo. Es un fenómeno complejo, que ha quedado como resquicio de un pasado en el que la utilización de la fuerza con intencionalidad política constituyó un hábito permanente de destrucción y protesta.

Tenemos –también la Izquierda Abertzale– un problema con inadaptados sociales que rechazan la convivencia colectiva y solo piensan y actúan en clave individual. El problema no es político ni de relato, como lo explicaría Maddalen Iriarte. La cuestión es previa a todo eso. Es que aún hay gente en este país que cree que puede imponer sus planteamientos por la fuerza y al margen de las normas de convivencia. Y poner freno a esos comportamientos totalitarios, deslegitimarlos y denunciarlos es labor de todos. También de la Izquierda Abertzale. Y quien vea en esas actitudes sectarias una manera de acción política se equivocará como quien confunde el culo con las témporas.

* Miembro del EBB de EAJ-PNV