siempre he defendido el periodismo interpretativo. La gente que nos lee espera de nosotros un por qué y no un mero qué, que para eso ya están medios más inmediatos como la tele, internet y la radio. Se supone que un periodista es algo más que una grabadora humana, algo más que un simple transimisor entre el emisor y el receptor. No debemos saber de todo, muchas veces es mejor acudir vírgenes a la fuente, pero sí se nos exige ser capaces de contextualizar lo que ocurre, de sonsacar las cuestiones que requiere la opinión pública -nuestro único cliente- , ya sean más o menos incómodas para el poseedor de la información. Las preguntas y repreguntas que hagamos los periodistas son la clave de la información que reciban ustedes. Por eso me indigna esa tendencia de los poderosos de comunicarse vía Twitter o esas comparecencias públicas ante los medios de comunicación sin derecho alguno a réplica. “Es para evitar que se tergiverse el mensaje”, defienden los muy cínicos. Qué va. Es para engañarles, para contarles solo lo que a ellos les interesa, no lo que ustedes tienen derecho a saber. El último impresentable en este sentido ha sido Trillo, en Londres. Y otra vez la prensa ha caído en la trampa. ¿Sin preguntas? No deberíamos admitirlo nunca más.