Cada vez que me asomo a un supermercado, me entran sudores fríos. Y no, no es porque me den repelús las grandes o medianas superficies. Es, simplemente, porque me siento incapaz de procesar la abrumadora variedad que existe en los lineales de ciertos productos. Como todo hijo de vecino, la lista de la compra en mi casa incluye el epígrafe leche. Como mucho, a ese hito se le añade la variedad desnatada. Hasta ahí, mi intelecto es capaz de asumir las circunstancias. Pero es plantarse en la sección de lácteos y empezar a sufrir. Mil colores, mil sabores, marcas sin lactosa pero con calcio extra, otras sin lactosa ni calcio extra, pero reforzadas con Omega 3. Las hay desnatadas con esteroles vegetales, otras con un poco más de grasa y más esteroles y otras enteras, pero más enteras que el resto, eso sí, sin tantos esteroles para hacer hueco a las vitaminas extras. De una misma marca comercial existen tantos envases y tan distintos que en los estantes los colores se funden en una amalgama casi cubista. Y, para más inri, se pone a la venta hasta leche que ni siquiera tiene origen animal, ya que las hay de avellana, de almendra o de soja. En fin, que creo que me quedé corto en mi formación académica. Ahora sé que me falta un máster para aprender a comprar en un supermercado.